Mis primeras palabras para ti

Hola chiquitina. No me conoces, no me has advertido. Pero yo a ti sí. Hace unos días, a través de la pantalla de un pequeño monitor. Aun no estás, pero en realidad, sí que estás. Y nos veremos pronto. Yo de nuevo a ti, y tú por primera vez a mí. No creo que te enteres de nada, ni que recuerdes mi cara, pero ya me encargaré yo de que sea habitual para ti. Porque resulta que vamos a estar unidos. Por un hilo invisible e irrompible a pesar de la distancia. Y es que no viviré todo lo cerca que quizás me gustaría, pero estaré todo lo cerca que sea necesario.

¿Sabes? Tus padres se han encargado de hacerme sentir importante. Y, aunque no soy de demostrar emociones, el shock aun me dura pasados los días. Pienso en ello y no puedo evitar sentirme afortunado. Tu padre y yo no nos conocimos hasta hace unos años. La manera te va a resultar extraña, aunque seguro que reirás cuando te la cuente. No crecimos juntos, no fuimos al mismo colegio ni instituto, y tampoco compartíamos vestuario en un equipo de fútbol. Ni siquiera sabíamos de la existencia del otro. Y es que era complicado, estando separados por un pedazo de océano. Lo que quiero decir es que no soy un amigo de su infancia, ni parte de su familia (a pesar de que tengamos ambos la sospecha de que nos separaron de pequeños, otra historia que algún día habrá que explicarte), lo que hace que le dé más valor a lo que significa la amistad que mantenemos. Y a tu madre la he visto apenas un puñado de veces. Eso sí, las justas para saber de qué pasta está hecha. Por todo ello, que hayan pensado en mí para la responsabilidad que tendré contigo es motivo de orgullo por mi parte. Intentaré estar siempre a la altura.

Dicho esto… Te voy a dirigir mis primeras palabras, si me lo permites.

Fíjate en tu entorno. Ése que empieza en tus progenitores. Son el mejor ejemplo que podrás tener. Y pídeles consejo cada vez que lo necesites. No habrá nadie en este mundo que quiera más lo mejor para ti que ellos dos. Ten esto presente siempre. No existirá una persona que pueda amarte más que ellos, que sufran más por ti que ellos, que deseen verte brillar más que ellos. De modo que cada vez que dudes, que sean tu primera opción para aclarar tus pensamientos. No temas que no te entiendan, porque ya habrán pasado por cualquier edad en la que te encuentres, y han vivido lo que tú. Además, difícilmente encontrarás mentes más abiertas que las suyas, créeme.

Respétate y hazte respetar. Eres única. Irrepetible, inigualable. Que nadie te haga sentir menos de lo que seas. Márcate objetivos. Piensa en grande. Aunque no alcances tus metas, el intentar llegar lejos será una gran recompensa. Puede que esto no tenga sentido cuando lo leas, pero lo comprenderás pasado el tiempo. Te lo prometo.

Conoce gente y dales la oportunidad de que te conozcan. Ríe, vive, aprende. Cada día, aprende. De eso se trata esto. De crecer. Incluso cuando empieces a menguar, sigue creciendo. Piensa en ti, pero no olvides que convives con otros seres humanos. Sé eso, humana. Una personita, con todo. No te dejes accesorios. Sé consciente de lo que te rodea. Entiende que eres afortunada. Mantén tu esencia y que nadie te la robe. No cambies por agradar, ya que gustarle a gente por ser como eres es lo más grande que te puede ocurrir.

Diviértete. No sufras sin sentido. Y que no se te quede nada por hacer. Volver atrás y pensar que te dejaste algo produce sensaciones nada recomendables. Equivócate. Eso también es vivir. Pero edúcate con tus errores. Si algo te hace daño, no lo repitas. Si un camino es inaccesible para llegar al fin que te has propuesto, toma otro para alcanzarlo.

Da amor. Y acéptalo cuando te lo entreguen. Llena tu corazón. Sé feliz.

No quiero alargarme, ni resultarte pesado así de primeras. Tendremos tiempo para ello en el futuro. Ya lo verás. Pero antes de despedirme, una última cosa: yo siempre estaré para cuando me necesites.

Columpio

Nos vemos pronto, Tindaya.

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Maldita distancia necesaria

De cuando dos se entienden y valoran, pero crece el sentimiento por una de las partes, solo por una. Una historia que se repite a menudo, aquí y allá, con diferentes protagonistas.

Una mañana él se dio cuenta. Lo que le ocurría, lo que descubría, quería contárselo, enseñárselo a ella antes que a nadie. Tratarlo, hablarlo… Siempre brotaba en su mente cuando se sorprendía con cada nueva revelación, con cada hallazgo. Desde lo trascendental a lo más sencillo. Cualquier detalle sin importancia sabía que iba a ser de su agrado, pues tenían tantas cosas en común que incluso llegó a asombrarse por ello. El deseo de compartir le reveló entonces que en sus ideas ella brillaba con luz propia y brotaba por encima de cualquier fantasía. Él no sabe por qué le sorprendió, pues todo en esa mujer apuntaba directamente a la base de sus cimientos.

El cambio propició que de pronto, motivado porque la pensaba más de la cuenta, los días acabaran pareciéndose demasiado a su reflejo. Había caído irremediablemente en sus manos y quería vivir. En solo un instante aquella muchacha dejó de ser una más, a pesar de que ella ni se inmutara. Era como si no fuera consigo, como si se tratase de algo trivial. No parecía percatarse de que el mundo se había frenado en seco. De un modo inevitable, se convertiría para él en el estribillo de sus mejores ratos y de pronto comenzó a descontar los minutos que precedían su siguiente conversación. Presentía adivinar sus gestos en la distancia y casi creía poder respirar el mismo aire que ella.

Una utopía. Ella no quería compartir su oxígeno. No con él. O, al menos, no así. A pesar de que le reservara en su mente una fracción de su tiempo cada día… Puedo llegar a asegurar sin temor al error que le consideraba su amigo, incluso tal vez, no cualquier amigo. De manera que igualmente, a ella él le dolía, solo que distinto.

Tras poner las cartas sobre la mesa, perdió claramente la partida. Boca arriba la bajara y una jugada que no admitía ni siquiera un farol. Consecuentemente, él debió alejarse. No importan las maneras, o lo adecuado del momento. Se presentaba una herida cada vez más enconada que no cerraba, y por la que se le escapaba el sentido sin querer. Correspondía huir, porque después de cada rato compartido, el vacío posterior lo volvía todo gris. Intentando salir ileso, acabó recogiendo los escombros de lo que quedaba tras el huracán de su musa. Mientras ella intentaba conservar todo lo bueno que creó aquel extraño vínculo, a él le pesaban cada una de las frases que deseaba decirle y ya no podía. De modo que a sabiendas de que le haría daño con sus palabras, las usó como lanza para atravesar su entereza, para romper su insistencia, para minar su paciencia. Y es que no, no podía flotar con ella cerca, no de ese modo, pese a que la chica se ofreciese a tender su mano si se hundía. Aquellas alas no soportaban el peso de todo lo que él aglomeró en su pecho. Tuvo que partir, sin consenso, sin conformidad. Era la única manera de que el tiempo y el espacio hicieran su trabajo y reparasen esa grieta por la que se le escapaba el alma.

Enfado. Decepción. Dolor. Rabia. Impotencia. Tristeza.

Maldita distancia necesaria.

Irse

Él ahora es mudo, sordo, ciego. Es invisible. Queriendo Sabiendo (no) estar. A una distancia prudencial. La correcta, la adecuada. La debida para no volver a mostrarle sus adentros, a diseccionar de nuevo su corazón. Aunque la justa para, si algún día a ella le duele el entendimiento o necesita de sus remedios, poder llegar a su lado en tan solo un suspiro.

Y hoy… Hoy él simplemente anhela algo que ella ya sabe. Que más adelante ojalá vuelvan a ser amigos, a hablar cada día y cada noche, a contarse y aconsejarse. Ojalá vuelvan a saber cómo hacerse sentir mejor, a alegrarse las horas y reírse de nuevo. Ojalá adivinen que vuelven a provocar la sonrisa del otro en la distancia. Ojalá todo vuelva. Él vuelva y ella vuelva. Sin saber de qué manera. Pero que vuelvan. Y sobre todo, que estén de acuerdo en el modo.

Porque él la echa de menos cada día. Y puede que, a su manera, ella a él también.

La historia de ellos. La historia de tantos…