Rocío

Breve extracto de “Cartas a Destiempo”.

Rocío, un personaje real. El único de ellos que conserva su verdadero nombre en el libro. Rocío, un milagro. Un ejemplo de actitud ante la adversidad.

Únicamente quería compartir este párrafo, en el que ella es protagonista…

“Mientras caminaba rumbo a casa, David regresó varios lustros en el tiempo. Cuando tenía 19 años, compaginaba sus estudios con un trabajo que le daba para ir pagando sus gastos. Asistía por las noches al instituto para sacar ese curso que no pudo completar debido a que las necesidades de la familia le obligaron a tomar una decisión. Y dos de esos años solo trabajó. Una vez aliviada la economía, aceptó un empleo de media jornada como celador en una empresa de transportes. Cada mañana su despertador sonaba a las seis, y tres cuartos de hora más tarde, debía estar en el garaje. A lo largo de la jornada completaba hasta cinco desplazamientos. El primero de la mañana era su favorito. Su compañero, el chófer, y él, recogían y llevaban en autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psíquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos treinta muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarse de que todo estaba en orden antes de arrancar, se dirigía a la parte anterior del vehículo, para sentarse siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía una enfermedad degenerativa que iba paralizando sus músculos lentamente. Rocío, una joven inteligente, amable, y siempre sonriente. Se trataba de alguien tan especial… Apenas superaba la veintena de años, pero le enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada había logrado. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, iban a tener que fallecer todos los que se tropezaron en un momento u otro con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Cuando David sentía que el día se teñía de gris, Rocío conseguía apartar las nubes y colar a través de ellas rayos de sol. Dibujaba un arcoíris de la nada, y con su actitud contagiaba a todo el que le rodeaba. A veces, David la notaba pensativa. Imaginaba que le estaba dando vueltas a la cabeza, y a su estado. Sin embargo, ella jamás se entristeció por ello. Daba gracias por cada día extra que se le permitía disfrutar, y planeaba las cosas como si no hubiese un final. Vivía el presente, que, al fin y al cabo, es lo que nos corresponde. Con la sencillez de un niño, con la calma de un anciano. No dejando escapar ni un solo momento, pero entendiendo los tiempos de los mismos. Sin duda, Rocío era una persona exitosa, y lo iba a ser durante el resto de su vida. Durase lo que durase”.

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“Cartas a Destiempo” (Editorial Círculo Rojo) está disponible en Amazon: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228  

 

 

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Sé tú mismo, y que les den

Llevo unos días bastante intensos. Y apenas he tenido tiempo de pararme a pensar. Esto de publicar un libro tiene su punto, es una gran experiencia. Aunque durante el periodo previo y justo posterior al hecho en sí, vas dejando cosas pendientes, y además, no te paras a valorar cuestiones que en otro momento inspirarían uno de esos posts que he dejado de escribir en un blog que he tenido ciertamente abandonado. En mi defensa, alegaré que la falta de tiempo y el deber de cumplir con otras responsabilidades también influyen. Sin embargo, el día siguiente de la presentación de “Cartas a destiempo” (así se llama esta pequeña obra), que celebramos en “El Libro en Blanco”, una imagen provocó una reflexión que hoy me apetece compartir.

Un amigo de hace muchos años me fotografió dedicándole su ejemplar. Subió a una red social dos instantáneas (una en la que estábamos juntos sonriendo, y luego otra que es a la que hago referencia), y las acompañó de un breve texto en el que comentaba un poco el origen de nuestra amistad. Dejando de lado lo emotivo de sus palabras, me fijé en mi cabeza. Evidentemente, estaba agachado, bolígrafo en mano, estampando mi rúbrica en una de las primeras hojas de su copia. Y claro, en la foto se ve lo evidente: mi cartón. Contrariamente a lo imaginado, me dio por reírme. Es lo que hay, no hay más (pelo). Cuando superas la barrera de los treinta (hace un tiempo en mi caso), no hay vuelta atrás en varias cuestiones: cuesta cada vez más recuperar el hábito del entrenamiento y no siempre mantenemos la forma física adecuada, las resacas de esos ratos de fiesta o reuniones alcanzan otro nivel, y nuestra cara (que comienza a mostrar a modo de pliegues lo que ocurre) ya no va a mejorar.

Sin embargo, lejos de lo que podría pensar no hace demasiado, me ha gustado reconocerme así. No puedo engañar a nadie. Y eso es bueno. Yo soy lo que soy, no lo que otra gente podría esperar que fuese. No sé muy bien por qué, pero a raíz de esto me vienen a la cabeza esos individuos que valoran, o que buscan admiración, amor y respeto, a partir de lo que tienen. Si me pides que te califique en base a todo ello, es que no estás a gusto con lo que eres. Así que, posiblemente, lo que seas no valga tanto. Lo siento, es un poco como aquello del valor real y el precio. No son lo mismo.

Hace no mucho, estando de vinos con mi grupo cercano, entablé una charla con uno de mis compis. Él andaba medio pillado por una chica, que por lo visto es fantástica, y lo tenía patas arriba. Me comentó, entre otras muchas cuestiones, que esa chica suele ir siempre con otra amiga. Como es de prever, mi colega me contó un poco acerca de ella. Ya saben cómo va esto… A veces un amigo tiene un lío con una chica o viceversa, y de manera colateral se conocen otras personas (amistades de las directamente implicadas). Así, por ejemplo, hace ya una década, conocí a una de las tías más fascinantes con las que me haya cruzado. Aquel amorío que me llevó a ella acabó mal, pero nosotros (ella y yo, los amigos de los amigos) continuamos nuestra buena relación en el tiempo. En fin, volviendo al compañero al que me refería en el principio del párrafo, noches más tarde coincidimos en la calle. Era un día de celebración en la ciudad, y estaba el ambiente muy animado. Él iba con estas dos chicas, y yo me acerqué a saludar. Ni siquiera hubo conversación con la amiga. Hay cosas que se notan: cuando conectas mucho con alguien, cuando hay buen rollo, cuando simplemente eres cortés, cuando no te interesa lo más mínimo el asunto, o cuando directamente hay rechazo. Entre los dos últimos puntos valoraría la actuación de esta muchacha. Al cabo de unos días, cuando mi camarada y yo nos vimos, le hice saber que me había parecido un gesto feo, y que las maneras de esa chavala me resultaban un poco estúpidas. A lo que él respondió que era muy particular; que hay que conocerla, pero que de primeras era así, luego ya mola lo suyo. Vale, aunque me pregunto… ¿Cómo va a conocer a alguien si cuando tiene la ocasión se cierra en banda? ¿Cómo vas a convencerme pues, de lo genial que te pintan, si no entablas conversación? Y, lo más importante… ¿Por qué, sin conocer a la otra persona, muestras esa actitud? Imagino que si mi amigo le había hablado de mí, ella imaginaba determinadas cosas y, al seguramente no gustarle físicamente, siguió a lo suyo. Primero: ¿pero en qué estás pensando? Conocer a alguien no implica nada más allá de eso. Segundo: qué alma más vacía, ¿no? Y voy a dejar aparte lo que vemos en otras ocasiones: eso de ir de reina o rey según género (va de suapuras y postureo).

Bueno, hay un cosa que con el tiempo uno va aprendiendo. O que debería intentar llevar a cabo. Es tratar de que no te gusten las personas a las que tú no les gustas. Esto no es sencillo. Porque somos unos caprichosos. En lo que a mí atañe, que me pondré como ejemplo para explicar todo esto, está claro que no me va a salir pelo nuevo que cubra la parte de la azotea que comienza a brillar. De hecho, iré a peor cada día. Tampoco voy a crecer más. Y posiblemente nunca pueda permitirme lujos excesivos. Yo lo que ofrezco es mi persona. Si ello no basta, poco puedo hacer. Y eso es lo que todos deberíamos mostrar. Las señoritas o señoritos que van detrás sólo del pibón de turno, no parecen entender que los años nos van cascando a todos (y ojo, que cuando lleguemos a los 40, si todo va bien, aún nos quedará la mitad del camino. Esa segunda parte toca en plan desfavorecido, versión chunga). No vamos a más jóvenes, con lo que eso acarrea. Y de acuerdo, seamos claros: sí que me gusta ver a una chica guapa. Pero cada vez más creo que es la mente la que las hace así, o potencia su belleza. Son más guapas las chicas seguras de sí mismas, las que no están pendientes de si las miras cuando caminan por la acera, las que no dependen de nadie, o las que se visten como quieren, pasando de modas o esa necesidad de deslumbrar con su silueta. En mi caso, son las conversaciones las que me atraviesan. Quizás por ello me reserve tanto. Confieso que la última vez que me abrí no salí bien parado. Pese a todo, mantengo mi estrategia. La de las charlas, la de las risas, la de compartir. La de la esencia. Aunque en estos días sea una mierda, cuando funcione, hablando claro, va a ser la puta bomba.

Resumiendo, que si nos empieza a faltar pelo, o nos cuesta cada vez más volver a perder los kilos que ganamos a final de año, o no tenemos un trabajo que impresione, o una posición social determinada, o lo que sea que le suceda a cada cual, no pasa nada. Todo eso son adornos. Algunos temporales, otros huecos. Cuando le moles a alguien por lo que eres (tus pensamientos, tu actitud, tu fondo) y no por lo que tengas o aparentes, va a merecer la pena. ¡Qué digo pena! ¡Hala, a ser uno mismo y que les den a los que esperan algo que no seas tú para darte alguna opción!

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PD: y aquí va la cuña; pueden adquirir el libro al que me refería al principio del texto en este enlace: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228