Aprender de un libro, aprender de un animal, aprender de la vida…

Mafalda está ahora mismo entre mis piernas. No debe encontrarse muy bien. Sus problemas estomacales derivados de su lupus han precisado de una inyección esta mañana. Sin embargo, ha querido jugar a la pelota y ahora ha hecho algo muy particular en ella que a mí me da la vida.

Mi perra ha sido un trasto en algunos aspectos. Por ejemplo, todavía, de vez en cuando, me la lía porque no traga a según qué persona o no puede ver a algún perro. Pero tiene dos cosas mágicas desde siempre. La primera es que sabe cuándo alguien se encuentra mal. Y ahí no hay favoritos o favoritas. Cuando tenía novia se acostaba a su lado si la notaba enferma, pasando por completo de mí, y, estando en casa de mis padres, me ha despertado y pedido que le abriese la puerta cuando mi madre no podía dormir por alguna molestia física o algún episodio puntual de ansiedad; nunca por insomnio sin más. La segunda es que no le gusta ver a la gente llorar. Si ve que ocurre, se acercará a quien lo haga y meterá su cabeza entre sus manos y la cara de la persona que sea hasta que las lágrimas dejen de caer por sus mejillas. Luego volverá a lo suyo.

Desde el principio he creído que mi perra es especial. No mejor o peor que otras. Especial. Y no digo que sea la única en esa suerte. Diría que todas las mascotas son especiales. Pero ella es especial a su manera. A la manera que yo necesitaba.

De las dos cosas mágicas que he mencionado, hoy ha hecho la segunda. He terminado un libro y no he podido contenerme. A veces me pasa (y no únicamente con libros), reconozco que soy muy emocional y que determinados relatos o ciertas cuestiones me afectan. Así que a veces lloro. Y menos mal, porque es algo sano. Diría que incluso valiente, al contrario de lo que pueda parecer porque la sociología del hombre así lo dictamina. Por fortuna, vamos cambiando estas estupideces, aunque el poso queda. Pero bueno, ndank ndank, que dirían muchos de mis chicos (de ahora y de antes). Significa poco a poco en wolof.

Cuando la que era mi pareja trajo a Mafalda a nuestra casa yo trabajaba organizando el transporte en una empresa de prefabricados. Ahora soy educador de menores. Curro con adolescentes migrantes.  La diferencia entre una profesión y la otra es abismal. Hay un pensamiento recurrente en mi cabeza con respecto a mi perra: ha sabido sacar una mejor versión de mí. Sinceramente, creo que ahora soy mejor persona. A lo largo de todos estos años (en octubre Mafalda hará catorce) he ido pasando por situaciones que no entendía, pero en verdad necesarias. Con ella a mi lado, enseñándome a ser paciente, comprensivo, empático. De modo que esas situaciones las he ido encarando cada vez de mejor manera (creo). A veces pienso que antes era un poco gilipollas. Habrá quien todavía lo piense. No pasa nada, está en su derecho. En el pasado me enfadaba por estupideces o mentía para evitar problemas, discusiones o, en el peor de los casos, aparentar (vaya idiota, ¿eh?). Si me he enfadado contigo o te he mentido, que sepas que ya me he dado el sermón yo solo. Y me he perdonado. Molaría que hablásemos, pero no pasa nada si no lo hacemos. Ojalá te vaya bien. Seas quien seas. De verdad.

Esto es algo importante. Aprender a perdonarse. Igual otro día tocamos el tema. Por lo pronto, diré que el perdón en uno mismo o en una misma es vital. Es volver a respirar. Es saber soltar lastre. Y liberarse. A menudo esperamos al perdón ajeno. Pero este no siempre llega. Porque no todo el mundo es como te gustaría que fuese o tiene ganas de aclarar las cosas. Y no se puede vivir con ese lastre todo el tiempo. Por eso tenemos que aprender a perdonarnos, más que a que nos perdonen.

El libro que he acabado es Hermanito, de Ibrahima Balde y Amets Arzallus Antia. Que yo pasaba por aquí a contar algo al respecto y después me he enrollado. En ocasiones la gente me pregunta por lo que hago, por qué digo que, no siendo yo importante, mi día a día sí que lo es. También pasa que leo en redes sociales o en según qué medios gilipolleces sobre la migración. Yo no puedo contar los casos de los menores con los que desempeño mi profesión. Pero conozco historias que estremecerían a cualquiera. La cuestión es que, como no puedo hacerlo, te voy a recomendar esta lectura. Con toda mi alma Quizás así entiendas un poco mejor de qué va la vida. Y no hablo sólo de la de la gente que migra. La vida, en general.

El libro apenas alcanza las 130 páginas en tres partes diferenciadas y se lee muy fácil, así que no te va a costar. Si eres de esas personas que compran discursos de mierda sobre migración y después de leer el relato de Ibrahima no varía tu pensamiento, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que además de ser muy ignorante, cuando te armaron se dejaron el corazón en la caja.

PD: mil gracias a los autores. Y a la editorial.

El éxito y la naranja

En la película ‘7 años’, cuatro socios de una empresa tecnológica han de tomar una decisión compleja. Han sido pillados evadiendo impuestos y alguien tiene que pagar. Pagar en este caso significa declararse culpable e ir a la cárcel, liberando al resto. Para tal cometido, deciden contratar a un mediador para que les ayude. Sin embargo, uno de los socios no cree que sea la mejor opción. Entonces, para hacerle ver que la mediación es una buena idea, el mediador le pone como ejemplo una naranja que dos personas desean, cuestionándole cómo podría contentar a las dos partes. La respuesta que da el interrogado es la que seguramente daría cualquiera: partirla por la mitad y repartirla. Sin embargo, como dice el mediador, ahí las dos personas involucradas saldrían perdiendo, porque ambas quieren una naranja, no media. La siguiente sugerencia es darle a una la naranja y prometerle a la otra la siguiente naranja, pero nuevamente existe una fisura: “la promesa de una naranja no es lo mismo que una naranja, como no es lo mismo casarse que prometer que te vas a casar”, explica de nuevo el mediador, quien invita al resto a aportar ideas que puedan dar con la solución. Así, otro de los socios propone dar la naranja a una parte y hacer un regalo a la otra. Pero claro, haciendo esto volverían a sentirse perjudicadas. Una porque la naranja es tan buena que la han tenido que comprar con un regalo y la otra porque el regalo sería desmedido (en el film se plantea un reloj de lujo) en comparación a su naranja. Cuando la rendición es generalizada, el mediador explica que la solución pasaría por preguntar a ambas partes para qué quieren la naranja y así averiguar que una quiere la cáscara para hacer tarta y la otra la pulpa para hacer zumo. Tras escucharlo, uno de los socios se ríe y le dice que no, que en realidad todo el mundo querría la pulpa para hacer zumo, porque, según sus palabras, “todos queremos lo mismo, lo que ocurre es que unas personas lo consiguen y otras no”. Y justo entonces llega el mejor momento. El mediador lo mira y le dice: “Tienes razón, Carlos. En esta vida todos queremos lo mismo”. Y señalando al resto de participantes en la reunión, prosigue: “tú quieres lo mismo que él, quieres lo mismo que ella y quieres exactamente lo mismo que yo”.

A mí la escena me parece brillante y siempre he pensado que es un gran ejemplo de vida. Algo a aplicar en nuestro día a día y que tiene mucho que ver con el respeto hacia las decisiones de otras personas. Supongo que a todas y a todos nos ha pasado: familiares o amistades que nos incitan a tomar uno u otro camino. «Estudia esto porque ganarás más dinero». «Sal esta noche, que igual conoces a alguien». «Cómprate una casa». «Ten un hijo». Y mil ejemplos más. La realidad es que no creo que estas personas quieran presionarte, todo lo contrario; estoy seguro de que desean lo mejor para ti. Sin embargo, se basan en su escala de valores, no en la tuya. Y esa es la clave.

Yo he tardado en encontrar un trabajo en el que me sienta realizado. Mis salarios anteriormente fueron superiores (hubo alguno inferior también) haciendo otras cosas, pero no creo que haya sido igual de feliz, haya tenido la misma motivación a la hora de desempeñar mis funciones ni me haya sentido tan realizado y en paz. Claro que el dinero es importante, aunque en su justa medida. Si tengo mis necesidades bien cubiertas y me puedo permitir algún capricho de cuando en cuando… ¿Para qué más? Vale, puede que a los ojos de determinada gente esto no puede parecer exitoso. Sin embargo, mi concepto de éxito posiblemente sea diferente al suyo.

Cuando pienso en el éxito siempre me viene a la mente Ralph Waldo Emerson, para quien era, en sus propias palabras, “ganarse el respeto de las personas inteligentes y el cariño de los niños. Apreciar la belleza de la naturaleza y de todo lo que nos rodea. Buscar y fomentar lo mejor de los demás. Dar el regalo de ti mismo a otros sin pedir nada a cambio, porque es dando como recibimos. Haber cumplido una tarea, como salvar un alma perdida, curar a un niño enfermo, escribir un libro o arriesgar tu vida por un amigo. Haber celebrado y reído con entusiasmo y alegría, y cantado con exaltación. Tener esperanza incluso en tiempos de desesperación, porque mientras hay esperanza hay vida. Amar y ser amado. Ser entendido y entender. Saber que alguien ha sido un poco más feliz porque tú has vivido”. Tal vez no se parezca mucho a lo que la sociedad de hoy entienda como éxito. Hoy, con las redes sociales proyectando la mejor imagen y siendo tan visuales. Claro que esto va, como apuntamos antes, de la escala de valores que cada persona haya establecido para sí misma. Al final, para cada ser humano el éxito puede significar una cosa diferente.

No debes tener hijos porque sea lo socialmente establecido. Igual prefieres tener la libertad de viajar, de atender tus inquietudes. Y no pasa nada. Hay gente que es madre o padre y luego son un desastre. Porque en el fondo no querían. O porque la responsabilidad que implica es superior. Si no estás dispuesta o dispuesto, no lo hagas. No pasa nada. Yo no soy padre, aunque tengo una perra. Está claro que no es lo mismo, pero es algo que también implica responsabilidad. Mafalda tiene casi 14 años y un lupus que la lleva al veterinario mucho más que a cualquier otro can sano. En lo que va de año pocas semanas no hemos pisado la clínica. Pero fue mi decisión ir con ella hasta el final. Adquirí ese compromiso con gusto. En ocasiones hay quien me dice que salga más de casa, que haga más planes. Pero, ¿y si yo prefiero estar con mi perra? ¿Está mal eso? El tiempo no vuelve y ella me ha demostrado amor todos los días. Soy feliz saliendo a cenar, por supuesto, aunque también quedándome a su lado. Es más, según cómo esté ella, puedo preferir claramente lo segundo.

No sé. Entiendo lo de tratar de aconsejar a las personas que nos importan, pero hay aristas que tal vez no controlemos. Yo tengo un piso que compré con veintipocos años. Sin embargo, entiendo que haya quien prefiera pagar alquiler y moverse cada vez que así lo sienta. Qué carajo, yo no quiero vivir en ese piso. No me arrepiento de haberlo comprado, pero en algunos momentos en los que económicamente iba un poco justo fue una carga. ¿Cómo no voy a entender la otra posición?

En fin, que me estoy enrollando y yo solo quería dejar una reflexión muy básica: la vida de cada persona es suya y sus anhelos también. Y, aunque pueda sorprenderte (porque piensas como Carlos el de la peli), pueden ser muy diferentes a los tuyos. Así que no presiones a ese amigo, a esa amiga, para que haga lo que crees que debe. Propón, claro que sí, pero ya. Porque sentir que debes hacer algo que no te apetece es molesto e incluso hay quien no lo soporta, cediendo para encajar y siendo infeliz a escondidas. Que esto también va de salud mental, por cierto.

Bueno, resumiendo, que recuerden lo de la naranja, ¿vale? Se los dejo por aquí abajo 😉

Y ya.

La película está bastante bien, por cierto…

Otro año…

Cruzo el pasillo de la casa de mi abuela. En la esquina del salón está doña Pepa, su madre. Me ve y me llama. Me dice Cubito, de Jacobito. No recuerdo que acertase correctamente el nombre de alguna de mis primas o alguno de mis primos. Mete la mano en su bolsillo y saca un par de caramelos de la vaca (aquellos de nata) y me los da a escondidas, como si nadie supiera de sus trapicheos. Una noche me tengo que quedar en casa de una de mis tías. Carmen, que vive justo encima de la casa de Lala, mi abuela. Me despierto y el ambiente está enrarecido, pero no sé muy bien por qué. Me entero yendo al colegio. La bisabuela ha fallecido, a sus 100 años. Era un enano. Lo entendí mucho más tarde. Esos caramelos serán siempre especiales.

Mi abuela Tita y mi abuelo Tomás llevan un tiempo viviendo en Guamasa, justo en la casa de al lado de la de mis padres. Ella ya no es la misma, pero él está fuerte como un roble. El mecanismo que dirige la cabeza de mi abuela va deshaciéndose poco a poco. Yo me doy cuenta, aunque me niego a aceptarlo. Es ingresada. No la voy a ver mucho, como negando lo que está ocurriendo. Llega el día y nos desplazamos a La Gomera, lugar del entierro. A pesar de acercarme a la treintena mis recuerdos no son nítidos, todo parece lejano. Volvemos a Tenerife y a los tres días suena el teléfono. Mi madre, asustada, piensa en mi hermano menor, que se ha quedado en la isla redonda con mi tía y mi abuelo. Pero es este último, que, sin más, se paró. Aguantó 72 horas sin mi abuela. Un hombre no muy mayor, con una fortaleza enorme, curtido en fincas de plataneras y terrenos escarpados, que se apaga de golpe. Barco de nuevo. El cementerio a tope. Antes de que cierren para siempre su ataúd le doy un beso en la frente. Está helado. Esa noche, cuando mi familia duerme, rompo a llorar. Demasiados veranos en Hermigua que de buenas a primeras me parecen escasos. Nunca más esas tortillas para recibirme cuando la guagua me dejaba en las escaleras que conducían a aquella humildísima casa, nunca más desayunos con huevos fritos de gallina recién puestos, nunca más aventuras con aquel hombre al que conocían en cada rincón de su tierra.

Estoy de nuevo en La Gomera. Con mi pareja de entonces. Vacaciones programadas desde hacía tiempo. Unos días en ese hotel tan famoso de siempre que es más nombre que otra cosa. El resto, en aquella pequeña casa que ahora debe llenar sola mi tía. Me confirman la noticia por teléfono e incineran a mi otro abuelo estando yo fuera de Tenerife. Pido que lean algo que escribí de él y que conservo en mi ordenador. No sé si llegó a hacerse. Pocas cosas más jodidas que ver cómo el hombre más duro que jamás conocí se acercaba al final. Puta enfermedad. Antes de ella estuvimos enfadados mucho tiempo. Da igual el porqué. Cuando le llegó hicimos las paces sin decirnos nada. Y su sonrisa cuando me reconocía la interpretaré siempre como la alegría de haber arreglado lo nuestro antes de que fuera tarde. El respeto máximo que infringía contrasta con la debilidad progresiva que se apoderaba de él a medida que avanzábamos en el calendario. Aún sabiendo que está en esa urna, no siempre que regreso a su casa me acerco a ella. Me hace sentir frágil, vulnerable.

Mi abuela tiene ya 93 años. Es la persona que más admiro en el mundo. Una cabeza privilegiada y una discreción inigualable. Cuéntale lo que quieras, que, si dice que queda entre ella y tú, nadie más va a saber de qué hablaron. La veo cansada, pero con su sonrisa de siempre. No hace mucho se rompió la cadera. Sin embargo, volvió a caminar, aunque de aquella manera y con andador. Todos los días se levanta para echarse unas partidas al parchís y resolver unas cuantas sopas de letras. Es la jefa de la familia. La que nos sostuvo al resto. La que nos dio todo. El mejor potaje de la historia, las mejores anécdotas que puedas escuchar. Su voz siempre calmada, sus explicaciones cargadas de razón y lógica. Su moral, su integridad. Últimamente la visito poco. Soy idiota. Cuando lo hago, en ocasiones, no sé muy bien qué decirle. Me quedo mirándola y vuelvo a tiempos en los que fui muy feliz. No puede ser que ya estemos en este punto. No puede ser que haya cosas que ahora le cuesten tanto. ¿Qué estoy haciendo que dejo pasar tantos días sin dejarme caer por ahí? Con todo lo que me dio, con todo lo que merece…

Mis abuelas y abuelos son solo cinco ejemplos. Personas que han estado ahí más o menos tiempo. Personas que me han importado y a las que he querido. Infinidad de momentos que serían imposibles de enumerar. Pero infinidad de cosas que me hubiera gustado hacer. O volver a hacer. Y tantas palabras que nunca pronuncié…

Ayer cumplí años. Tantos como para que mi yo del pasado me llamase señor. O pureta. Como para que ese yo no me entendiese si un día me acercara al polideportivo del barrio a tirar un poco a canasta. ¿Qué hace este, con los años que tiene? Qué rápido pasa la vida. Qué cantidad de recuerdos.

Y ayer se acordó de mí mucha gente. Gente que probablemente esté leyendo esto. Y quería decirte que si tú formas parte de este grupo, que sepas que en mi memoria también estás, aunque no te lo diga. Bueno, aunque no te lo suela decir, que ahora mismo sí lo estoy haciendo. Gracias por lo que hemos compartido. Si quieres, habrá más. Yo quiero… Y si te apetece, cuéntaselo también a quienes decidieron apartarse o aparté yo hace mucho, pero que siguen conectadas y conectados contigo. Si ves a alguna de esas personas, diles que si estuvieron en algún momento fue porque ambas quisimos. Y esos ratos me siguen valiendo. Gracias también a ellas y ellos.

A lo que voy, que me estoy liando. La vida pasa muy rápido, ¿saben? De pronto soy muy adulto y entiendo que muchas cosas no volverán y algunos sueños no podrán cumplirse. Sin embargo, hay otros tantos que sí y esperan una cantidad enorme de recuerdos por crear. En fin, que gracias a quienes dedicaron un poco de su tiempo en felicitarme. Qué regalo tan valioso.

PD: Deberíamos dedicarnos más tiempo.

Mucho amor.

Por cierto. Ayer fui a ver a mi abuela.

Un virus llamado intolerancia

Intento que no me afecte, pero es imposible. De verdad. Y no quiero enfadarme, no quiero esta sensación de tristeza conmigo. Esta decepción constante que sufro por vivir en una sociedad individualista y tan poco solidaria. Estoy harto de vídeos de bulos que rulan en whatsapp y alucino cuando escucho canciones xenófobas haciendo las veces de himnos en manifestaciones contra los que vienen de fuera. Idiotas, ¡que nacimos aquí de casualidad! En serio, estoy muy jodido.

Hoy he visto un post en Facebook. Alguien compartía una noticia sobre el drama que se vive en las islas y el rechazo que provoca el fenómeno migratorio. En él, una respuesta contra este colectivo, aderezada con insultos, justificada con información falsa y auspiciada por la frustración de quienes confunden las cosas. El comentario lo había hecho una persona que no sabía que ya no estaba en mi lista de amistades dicha red social. Supongo que es fácil entender el porqué. Yo no la eliminé (suelo ser más de silenciar, sobre todo cuando reconozco brotes de intolerancia). Sin embargo, es evidente que mi pensamiento choca directamente con sus dogmas y que ella dio ese paso. En realidad, debo decir que en el fondo estoy hasta agradecido de que tomase esa decisión. Ojalá no tener que encontrarme con publicaciones supremacistas que me provocan arcadas. Lo digo así de claro: me dan asco y siento una profunda decepción cuando me topo con algo así, ya que viene de gente de la que muchas veces no lo espero.

Las Islas Canarias están sufriendo la mayor llegada de pateras desde la crisis de 2006. La coyuntura no es la deseada. La maldita pandemia complica y condiciona todo lo que nos rodea. La economía está en horas bajas. Dependemos del turismo y si la hostelería no camina nos quedamos sin nuestro principal motor (también digo que igual deberíamos potenciar otros ámbitos, pero esto es cuestión aparte). Así, con un paro superior al 25% la inseguridad crece y el miedo alimenta la desconfianza. Un pueblo en dificultades que se encuentra acogiendo a gente aún más pobre, a personas más vulnerables, desamparadas. Lo siguiente es que luego barrios desestructurados que necesitan agarrarse a algo recelen de lo que no conocen. Porque hay que identificar al culpable, ponerle cara al enemigo.

Yo me pregunto cuántas y cuántos nos hemos parado a preguntar a esa gente por qué está aquí. Resulta que el mundo está peor que en 2006. Y lo vivimos en nuestras carnes, en el supuesto primer mundo. Así que imaginen cómo deben estar esos países donde desde hace mucho la miseria es compañía y la violencia una amenaza constante. Añadan la carencia de recursos sanitarios. Vaya cóctel. Si aquí el maldito virus está causando estragos, en lugares donde la ciencia brilla por su ausencia es la sombra de un monstruo con guadaña. Ya no es perseguir una vida mejor, es huir de la muerte.

No hace mucho leí un tweet de un trabajador de salvamento marítimo (respeto máximo a quien se juega el pellejo para salvar vidas), que se secaba las lágrimas tras imaginar en sus hijas la experiencia que vivió una niña cuando vio, en presencia de su madre, cómo el cuerpo inerte de su hermana era arrojado por la borda antes de tocar tierra. Recuerdo el nudo en la garganta y la sensación de impotencia cuando pensé en esa gentuza que niega una vida digna a quienes no tienen nada.

Lo peor de todo es esa sensación de legitimidad de ese pensamiento miserable. Porque siempre ha habido gente racista, pero jamás sacaron pecho. Precisamente porque saben de su mezquindad. Y, por el contrario, quienes siempre acogieron a aquellas personas que dejaban atrás el infierno ahora parecen asustadas ante esa caterva que justifica la xenofobia (se esconden las buenas y los buenos, es para cagarse).

Cada individuo que compra el discurso del odio se convierte en una nueva pieza de un fracaso colectivo del que forman parte medios de comunicación nauseabundos que priman el clic por encima de la dignidad, políticos que sobre el papel defienden los derechos humanos mientras eluden la confrontación directa o ministerios que no se coordinan… Cada cual debe asumir su responsabilidad y plantarse, practicar un poco la pedagogía y combatir la discriminación de una vez por todas, sin paños calientes.

No puede ser que el ruido de los bulos sea más potente que el altavoz de la verdad. Que hay peña que decide creerse mentiras tan grandes como que a los migrantes irregulares se les da una paga, que disponen de ayudas para pagar un alquiler o que reciben dotaciones en principio destinadas a otras cuestiones (lo de las pensiones como recurso recurrente de las y los ignorantes que ni se molestan en contrastar lo que leen). No puede ser, tú. Así calan después mensajes de partidos ultraderechistas en barrios humildes, joder. Y luego las protestas que crecen hasta convertirse en amenazas, reyertas, peleas, palizas… Todo este rechazo que se está generando se sostiene en el desconocimiento y las falacias. Y no pasa nada. Es terrible.

Yo trabajo con menores migrantes. Me he enfrentado a la xenofobia en administraciones públicas, centros de salud y la propia calle. Y estoy muy harto. Si es que hasta personas del sector llegan a dudar cuando reciben una avalancha de vídeos de algún conocido, o escuchan de broncas, o les llega el eco de lo religioso ligado a supuestas invasiones ideológicas. Eso es muy duro. Te cruje el piso y se tambalea la fe en el ser humano.

Ojo, sé que estamos lejos, que hay mucho trabajo por hacer. Sé que el modelo migratorio es un desastre. Entiendo que se nos compare con Lampedusa o Lesbos, porque allí también les han dificultado alcanzar el continente. Soy consciente de que la gestión es un desastre, de que hay un 60% de plazas libres en la península para personas migrantes y de ayudas económicas mal gestionadas. Y yo también creo que no hay propuestas de verdad, alternativas reales. Pero no comprendo a quienes sitúan los derechos económicos por encima de los humanos, no valido que un mierda, aspirante a rapero, componga un tema segregacionista y haya quien lo cante, y no comparto que permitamos que se vulneren derechos como si nada. Somos un pueblo mejor que todo eso, puente entre Sudamérica, África y Europa, que en un pasado no muy lejano se movió en masa buscando un mejor porvenir. Hay que ser gilipollas para posicionarse en contra de seres humanos que dejan su tierra y sus familiares movidos únicamente por el deseo de seguir con vida. Y sí, sé que ha habido incidentes. Pero es que han llegado casi 10.000 personas en los últimos meses en una situación límite; gente que quiere seguir su camino y a la que le dicen que no puede. La desesperación y la crispación van de la mano. Es un hecho y aquí también sufrimos las consecuencias, incluso con más frecuencia, aunque no se amplifica por igual.

En fin, que de verdad ando tocado. Por lo que estamos viviendo y por lo que puede venirse. Por este enfrentamiento en lo más bajo entre plebe y olvidados en una sociedad que, cada vez más, parece contagiarse del virus llamado intolerancia.

Carta de una mascota que se va

¡Hola, colega! Si estás leyendo esto es que yo ya me he ido. Lo primero que quiero hacer es pedirte disculpas, porque sé que el vacío que dejo es enorme. Pero tú y yo sabíamos que esto iba a suceder. Es la vida. Y la naturaleza dicta que mi estancia aquí debe ser más corta que la tuya.

Yo tengo una teoría: creo que muchas de las especies que habitamos este planeta venimos aquí para dar amor. Aunque nosotros, los perros, somos expertos en eso, de modo que nos basta un periodo de tiempo menor que el vuestro. Sé que piensas que es una estafa, pero… ¿A que mirado de esta manera tiene sentido? Y haz memoria; ya has visto cómo otros de mi especie se apagan cuando son ellos quienes quedan huérfanos.

Por fortuna, los humanos tenéis la capacidad de aprender y mejorar. Así, amáis mejor con el paso de los años, vuestro afecto es más sano, más sincero, más puro. Y dejáis de ser egoístas (aunque hay excepciones, claro). Nosotros traemos todo eso de fábrica y desde el primer momento demostramos lo que llevamos dentro. Además, no cargamos con ese absurdo orgullo que hace que escondamos sentimientos y que ustedes tienen, estúpidamente, tan presente. ¿Sabes aquella amiga a la que siempre ladraba? ¿Qué puedo decir? No me caía bien. Yo no sé fingir…

Pero es justo por eso que sabes que mi amor hacia ti ha sido incondicional. Y es que lo nuestro resultó único. Tú puedes pensar que me elegiste, pero te voy a confesar algo: fui yo quien te eligió a ti. Miré en el fondo de tu corazón y decidí entregarte el mío. Sin importarme tu estatus, tu condición, tu posición. A mí me importaba tu mirada, que te mostraba sin adornos, sin artificios, simple, natural. Como no podía ser de otro modo, la honestidad sentó las bases de nuestra relación.

Betty

Quiero que comprendas que yo no he querido marcharme. ¿Dónde iba a estar yo mejor que a tu lado, jugando con una pelota, paseando contigo por el parque o simplemente durmiendo entre tus piernas mientras miras fijamente esa caja que emite destellos y sonidos? ¿Acaso crees que mis noches van a ser mejores que aquellas de las que disfrutaba cuando me subía a tu cama? Ni de broma. El tacto de tu piel sobre mi pelo es la sensación más bonita del mundo, del mismo modo que saber que estás sonriendo por mí le da sentido a mi existencia.

Sin embargo, es lo que hay y ahora a ti te toca seguir. Y tendrás que aprender a vivir con eso. Sé que querrías encontrarme esperándote en la puerta del baño, que echarás de menos que te dé la lata cuando no quieras perder tu concentración delante del ordenador y que no te acostumbrarás a mi ausencia en cada comida. Ya no voy a clavarte más mi súper mirada de pena ensayada tratando de que caiga algo de esas cosas tan ricas que tú te echas a la boca, ni me adivinarás al otro lado de la puerta al llegar a casa. Lo siento, de verdad.

¿Qué puedo decir? La vida sigue. Y la vida mola. Mi vida moló. Y fue gracias a ti. Es por eso que te pido que, cuando te sepas capaz, vayas a por otra u otro como yo. Y que le des todo ese cariño que te va a sobrar, que guardabas solo para mí. Puede que pienses que no volverás a sentir esa conexión, lo sé. Mira, no te mentiré (no sé hacerlo), posiblemente estés en lo cierto, pero es un favor que te pido por mi especie. Y te lo pido porque sé de lo que eres capaz. Hiciste de mi vida un viaje increíble. Ahora conoces el camino y es el momento de que lo recorras de nuevo en otra compañía. Ese perro o perra que venga va a alucinar, en serio. Y, como yo, te va a dar todo lo que tiene. Que no va a ser igual, es cierto. Pero será mucho. Piensa que es una manera de mantener nuestro recuerdo, de honrar nuestra relación. Y no te agobies, no va a ocupar mi espacio. Va a querer el suyo. Dáselo. Quizás un día, si el paraíso existe también para los humanos (de que todos los perros van al cielo no cabe la más mínima duda), podrás presentarnos y yo le diré que es cierto todo eso que le has explicado de mí.

Yuna

Una cosa más. No he muerto, ¿vale? Jamás moriré. Solo que ahora vivo en ti, estoy en ti. En cada paso que das, en cada bocanada de aire. Iré contigo porque me quedé a vivir para siempre dentro de tu corazón. No me preguntes cómo, pero he encontrado la manera (ya sabes, los perros hacemos cosas que no pueden explicarse). Y te ayudaré siempre, en todo. Te ayudaré a sonreír cuando tengas un mal día, porque volveré a tu mente como cuando te notaba mal de ánimos, cuando pensabas que el mundo era más fuerte que tú y te examinabas insignificante (menos mal que estaba yo ahí para recordarte que para mí tú eras el mundo, enorme como el mar que se perdía en el horizonte). Pero también te ayudaré en cosas más simples y placenteras, como en la educación de esa nueva mascota; que la experiencia es importante.

Es muy probable que me encuentres a menudo en tus sueños. No será cosa tuya. Seré yo, para que sepas que todo va genial, que te estoy esperando en un lugar maravilloso. Aquí somos un montón y no nos falta de nada. Bueno, nos faltan ustedes, pero ya llegaréis. Así que no tengas prisa, estaré bien. Vive y así tendrás muchas cosas que contarme, que me encanta cuando lo haces. Y sabes que te guardaré cada uno de tus secretos. Tú y yo, como siempre ha sido.

Por último, quisiera agradecerte cada cosa que hiciste por mí. Cada caricia, cada plato de comida, cada salida, cada conversación. Te agradezco hasta las vacunas que no quería ponerme, porque lo hacías para mejorar mi existencia, para que estuviese a tope de energía y con mis defensas listas. Insisto, mi vida ha sido absolutamente fantástica. Me he sentido el animal más especial del mundo. Y, si volviera a nacer, haría lo posible por volver a tu lado para no cambiar absolutamente nada. Lo perfecto no puede mejorarse.

Bueno, que me despido. Cuando quieras verme, hazlo. No tengas miedo. Ni tristeza. Regresa a esos momentos. Estaré moviendo mi cola y correré hacia ti para llenarte de lametones. Te voy a querer hasta el fin de los tiempos. Y sé que tú a mí también. Me lo demostraste cada día.

Me marcho en paz. Hasta que volvamos a encontrarnos.

Tu querida mascota.

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El monstruo

El monstruo asomó por primera vez una noche, sin avisar. Hizo tan poco ruido que casi no recuerdo ese momento como el comienzo. No pude verlo y fue rápido. El vértigo desapareció con un abrazo y todo quedó en una anécdota.

Pasado un tiempo, el monstruo entró en la que entonces era mi casa. Y ella se despertaba sobresaltada, con el corazón a mil. Yo no lo entendía, así que trataba de restarle importancia, deseando calmarla para poder cerrar mis párpados en busca del descanso. Suspenso en empatía, materia que tuve que recuperar más adelante aún sin saber muy bien de qué iba.

Ya estando solo, el monstruo se apuntó una tarde a un partido de fútbol. Me hizo salir del mismo con las pulsaciones descontroladas y la sensación de que iba a morir ahí mismo. Un compañero puso sus dedos en mi cuello, aunque no miraba el reloj para calcular el ritmo del latido. Era secundario. Lo importante era ver cómo se desarrollaba el encuentro. Esa misma noche me acerqué a un centro de salud donde otra persona sin demasiadas ganas de trabajar y nulo deseo de saber qué ocurría me insinuó, electro en mano, que era extraño que no me hubiese pasado nada grave.

Aquello encendió la luz roja y el monstruo encontró la manera de esconderse de mí, aún estando dentro. Consulté a varios especialistas tratando de dar con el fallo de un corazón que hasta esa fecha me permitía alardes a los que jamás volví a acercarme. Taquicardias que no tenían que ver con lo físico, pero que afectaban directamente a lo físico. Cuando comenzaron a darse sin esfuerzos de por medio, el miedo creció descontrolado y cualquier aumento en la frecuencia cardíaca disparaba mis peores temores.

Que se activen las alarmas, si no hay necesidad real de huir, no es agradable.

La medicación consiguió reducir los síntomas, aunque el monstruo se dejase ver a través de mi piel, con erupciones en la cara y picores si las duchas no eran a la hora en la que mis sentidos se tomaban un receso. Y es que es agotador tenerlos disparados todo el tiempo. Estado de alerta constante. Cada día acabas extenuado. Cada día, siempre fundido…

El monstruo decidió entonces tomarse un respiro. Y yo creí haber vencido. Siempre con mi arma secreta en un bolsillo. Esa que se coloca debajo de la lengua si huele a peligro. A pesar de que ya no ocurriese. A pesar de que ya no ocurra. Aunque las pastillas acaben deshechas por el desgaste de tanto viaje sin destino. Siendo eficaces de otro modo. Al fin y al cabo, es otra manera de cumplir su función.

Entonces, creyéndome ya libre, quise solucionar el problema que tengo respecto al hecho de que el ser humano anhele volar, a pesar de que la naturaleza no le haya dotado de alas. Miré a los ojos al pánico y conseguí ganarle una batalla. Sin embargo, perdí la siguiente y evité un tercer enfrentamiento. El empate está bien cuando no se quiere perder. Esto, aunque no lo parezca, también tiene que ver con el monstruo.

El monstruo, tras comprender que evitando la lucha ya no podía atormentarme, decidió cambiar de táctica y atacar llegada la noche, cuando estuviese solo. Y comencé a no querer dormir si no compartía techo.

El monstruo se creció en mi debilidad y, poco a poco, oscureció también al sol. No tener compañía era un tormento. Ahora daba igual cuándo. Huía de casa, buscando refugio en seres queridos, sin que ellos supieran a qué se debía tanta visita. Y, por otra parte, empecé a excusarme cuando no me sentía seguro, ausentándome a última hora de reuniones de amigos o marchándome antes de tiempo si la intranquilidad se apoderaba de mi pecho.

Así fui alcanzando la peor de las estaciones, que es la apatía…

Los días pasaron a ser fotocopias grisáceas, sin motivación ni colores con los que cambiar el decorado. Y todas las cosas normales que siempre hice resultaban ser tremendamente complicadas. Los paseos con mis perras, cortos y siempre con la casa a la vista. Una simple ducha, en el menor tiempo posible y mejor si había alguien en otra habitación. Hacer ejercicio, escribir, comunicarme, comer, moverme. Tareas complejas.

Yo, que siempre supe disfrutar de mis ratos de soledad, me asfixiaba si nadie compartía el mismo aire.

Claro que en esas ocasiones no estaba solo, aunque así lo creyera. Estaba yo, sí. Pero también estaba el monstruo.

Y el monstruo me quería solo para él, así que me susurraba al oído que no hiciera planes, que todas esas oportunidades no eran para mí, o que no enfrentase ningún desafío. «Huye. Huye de esta o aquella situación. Huye de esa persona. Huye de tus deberes, de tus necesidades. Huye de todo». Y tanto huí que dejé de ser yo mismo. Y ese yo que no era yo alejó incluso a seres que me sostenían, que me iluminaban.

Ni siquiera sé todo lo que me perdí durante tanto tiempo. Se pierde tanto cuando se pierden las ganas…

Y aún al monstruo le quedaba otra carta que jugar. Su joker particular. «La gente no lo va a entender. ¿Sabes qué van a decir de ti? Que eres débil. Que te domina la mente». Y me lo creí. Porque, en su momento, yo mismo pensaba que estas cosas no eran para tanto, que no podían ser graves. Sabía lo que se pensaba desde fuera.

Qué mierda de sociedad esta que impone tabúes a las emociones. Sociología de un mundo que omite la educación emocional. Educación que enseña todo lo que se espera de cada persona, sin preguntar a esas mismas personas qué quieren ser o cómo se sienten con lo que son.

Claro que de los valores equivocados también se podría hablar largo y tendido. Y de cómo nos afectan…

Es una putada cuando no comprendes lo que ocurre. Cuando no eres capaz de expresarlo. ¿Cómo? Si de esto no se habla. Y si alguna vez has escuchado algo, ha sido negativo. Como poco lo relacionan con la tristeza, pero no es tristeza. Ojalá. Triste he escrito muchas hojas. En ese agujero negro no hay nada de lo que se pueda sacar algo de provecho.

Tuvieron que empujarme. Una tarde me presentaron a un tipo que se dedica a cazar monstruos. Y que enseña a pelear con ellos. Así que comenzamos a vernos. Primero una vez a la semana. Luego una cada dos. Más tarde, cada tres… Hasta que un día era yo el que preparaba las trampas por si el monstruo volvía. Y el cazador me dijo que ya no necesitaba de su ayuda.

El monstruo había desaparecido.

Titán

Hace unas dos semanas volví a visitar al cazador por primera vez en mucho tiempo. Y hablamos de un montón cosas. De lo que brilla de la vida, del querer o del futuro. Joder, del futuro. Queda tanto por sentir ahí… Hay tantas ganas de sentir…

Igual mucha gente ya lo ha adivinado, pero mi monstruo se llama Trastorno de Ansiedad. Y aunque sé que está en alguna parte, ya no viene conmigo a ningún lado. Hasta tengo programados dos vuelos. Dos batallas a ganar. Porque, por fin, voy a la lucha sin carga adicional.

Hoy reconozco al monstruo en otros rostros. Veo a gente lidiar con él. Y también he redescubierto a quienes tuvieron que hacerlo, cercanas o no. Familiares, amistades o incluso personas que crees inmues: iconos deportivos, tipos que con una profesión como excusa te hacen reír a diario (y que de repente una tarde publican un vídeo que sirve de bálsamo) o personalidades varias siempre bajo la poderosa luz de brillantes focos. Porque el monstruo es más común de lo que podamos imaginar. Y no respeta posición, educación o situación. No respeta nada. Una de cada cuatro personas se ha enfrentado, se enfrenta o se enfrentará a un monstruo como el mío. Y probablemente no adivinarán un motivo. No cuando asome. Y se sentirán desamparadas, incomprendidas…

Así que me he animado a compartir mi historia, a confesar mi experiencia, para hacerles saber que, por fortuna, hay un montón de cazadoras y cazadores de monstruos que están ahí para cada persona que los necesite. Para ayudar a cada una a reconocer su problema, para impulsarla a querer enfrentarlo y para darle las herramientas para vencerlo.

De modo que quiero transmitir un mensaje de optimismo, de esperanza. Se puede. Yo pude. Otras personas han podido. Así que si te ocurre y, por lo que sea, me estás leyendo, que sepas que te lo debes. Busca a tu cazadora o cazador y pídele que te adiestre.

PD: ya que he llegado a este punto, voy a permitirme dar un consejo a quienes conviven con alguien que esté sufriendo este proceso: nadie quiere tener ansiedad y es muy importante lo que se les dice a estas personas. Hay que ser amiga o amigo, no psicóloga o psicólogo (deja ese rol a la o al profesional). No hay soluciones mágicas, aunque a ti te puedan parecer lógicas. Y es que no hay un sentido racional a todo esto. Lo mejor que puedes hacer es estar. Sin más.

Aquí, un vídeo de PlayGround que explica muy bien el proceso y viene de lujo tanto para los que están dentro como para los que lo viven desde fuera:

Miento

Aquel día por fin te habías ido de un sitio al que ni siquiera fuiste. Un espacio jamás real para ti. Al alba entendí que yo solo resulté refugio de ese invierno tuyo que había durado cuatro estaciones. O puede que más. Una morada sin gavetas, porque sabías que no habría nada que guardar. Un búnker sin despensas, ya que el mañana tocaba en otra parte.

Yo creía saberte y no sabía nada. Embriagado por los insomnios de tus palabras, por la risa de tu verbo, por la magia de una sonrisa. Para mí eras tan real que me dolió hasta los huesos el posterior estruendo de tu mudez, la rabia de tus miedos, esa distancia que ya no era física.

Y mientras te reconstruías yo me iba derrumbando. Se me rompieron las costuras y sangraron mis demonios. Y me desesperé. Y disparé mil balas de fogueo para llamar tu atención. Pero ya tenías tus brazos sobre otros brazos. Ganando con tus ganas, elegiste una trinchera de verdad, sin grietas y sin tiempos finitos.

Yo entonces no era consciente.

Hoy sé que paré demasiado tarde. Luchaba contra el perfume de tu recuerdo, contra el perfecto desorden de tu caos. Contra todo aquello que me mantuvo con vida los días sin azul. Luchaba con eso que eras tú y lo que yo proyectaba de ti.

Pero un día, por fin, cerré los párpados y ya no eras protagonista. Solté cada cosa que jamás se amarró a mi espalda. Y dejé de buscarte donde nunca estuviste. Hizo tanto ruido tu silencio que no tuve más remedio que salirme de esa telaraña tan vacía de todo lo que yo anhelaba.

Mas me había inventado aquel escenario, joder. Los rincones de sinceridad, la red que nos sujetaba… No existían. Así que bloqueé el imaginarnos rozándonos la piel, el soñarme amaneciendo en tu mirada. Así dejaste de ser la protagonista de mis auroras.

Y amaneció. Y crucé mi vista con otros ojos, esta vez auténticos. Y después mis manos acariciaron otro pelo. Y mis dedos dibujaron sobre otra piel. Me topé con la vida, que sí era cierta. Dejé los pesares y los intentos de alegrar a quien no quería que le hicieran sonreír. Y comenzó a sobrarme mucha gente. Y encontré otra de la que no sabía.

Comprendí que hay personas que solo esperan lo bueno si viene de quien eligen. Tal vez fue eso, que tú no me elegiste, que jamás apostaste por mí. Quizás jugaste con las cartas marcadas. De esa manera, te serví de comodín y me sacrificaste para ganar por la mano. Bien jugado, ¿qué puedo decir?

No te lo digo, pero en ocasiones vuelvo a aquellos días y me invento cómo hubieran sido las cosas si yo hubiese actuado de otro modo. Dando un paso adelante o expandiendo un espacio que asfixiaba aún en la lejanía. Luego me río. Y agradezco a no sé qué o a no sé quién. Al universo, al destino, a lo que sea. Agradezco entender que mi búsqueda nunca tuvo que ver contigo, pero que sin ti quizás no habría encontrado el norte.

Y miento…

Miento si te digo que sigo estando. Pero miento si te digo que ya no estoy. Miento si te digo que te dejaría caer, pero miento si te digo que deseo, de suceder, que tengas que recurrir a mí. Miento si te digo que no me alegra que seas feliz, pero miento si te digo que no hubiera deseado tener algo que ver en ello.

Escribo en pasado…

Aunque, sobre todo, miento si te digo que fuiste tan importante como lo soy yo para mí mismo ahora. Y miento si te digo que no me cautivaron después. O miento si te digo que no creo que vuelvan a atraparme y que ojalá no suceda.

Miento si te digo que no agradezco ese sueño que fuiste. Aunque mentiría más fuerte si te dijese que despierto no estoy mejor.

Y miento…

Porque no es verdad que ya no hable del nunca, del ojalá y del qué vendrá.

PD: tengo vértigo de nuevo, y no miento 🙂

Salto

Tormenta

Supongo que cuando hablé con Sergio, la semana pasada, no esperaba un texto como éste. Seamos claros: yo tampoco. Salí de su consulta tras completar una sesión que invitaba al optimismo. Los deberes marcados fueron pocos, precisamente porque las sensaciones difícilmente podrían ser más positivas. Practicar algún ejercicio para poder gestionar un posible momento de debilidad y releerme aquello que escribí cuando, hace medio año, logré ganar una batalla en esta guerra que no ha acabado («Detrás del miedo», en este mismo blog).

Tengo un examen mañana. La asignatura me apasiona: Marketing Mix. Las clases son una pasada. Marisol, que así se llama la profesora, es de ese tipo de docente que encuentras muy de cuando en cuando. Una enciclopedia. Un libro abierto. Capaz de hablar horas y horas, sin repetirse, sin dejar de enseñar. Puedo contar los maestros de tales características que he tenido en algún momento de mi vida con los dedos de una mano. No he sido capaz de estudiar una sola página de los apuntes. Ni de leer. No puedo. No estoy. Esa misma tarde debería coger un vuelo con destino Lanzarote. Y en mi cabeza no cabe nada más.

Sé que, si lo comparo con otras cosas, este problema, visto desde fuera, puede parecer menor. Pero cada individuo es único, diferente. Con sus características y particularidades. Con su mente. Que no funcionan todas del mismo modo. Esto es importante. ¿Saben ese dicho de que no debemos juzgar a los demás porque cada persona está inmersa en su propia batalla? Resulta que es completamente cierto. Y lo que atañe a la mente es especialmente delicado.

No me gusta estar atrapado, odio los lugares cerrados. Y jamás me gustó volar. Cuando me agobio, salgo de donde estoy. Me subo a mi coche o doy un paseo. Ahí arriba, como mucho, podré dar unos pasos por un pasillo estrecho… Voy a confesar algo: recientemente, un día de cine, apareció esa incómoda sensación. Nunca la había experimentado en este lugar. Y en mi caso, por fortuna, me ocurre muy esporádicamente. Pero es que viene sin avisar. Se repite el patrón. Parece que te falta el aire. Te preocupas. De repente las pulsaciones suben, se disparan. Por momentos parece que no estás, que oyes todo de lejos. El miedo hace acto de presencia, alimentando el malestar. Miras alrededor, como esperando una solución. No la hay. No donde estás mirando. La solución es uno mismo. Pero explícate eso cuando tu corazón va a mil. Es complicado. Al final pude contener mis pensamientos y seguir disfrutando de la película. Aunque no sé si se repetirá en otra ocasión y si lo llevaré del mismo modo…

Pensándolo bien, este escrito no va sobre mí. O, al menos, no únicamente. Me gustaría que la sociedad fuera más consciente y compresiva con este tipo de problemas. Ojalá todas las cabezas viniesen con un interruptor de reseteo de fábrica. Uno que vaciara toda la mierda que se amontona en la sesera. Seguro que muchos hemos escuchado alguna vez a otra persona cuestionar la veracidad de una depresión o un estado de estrés, por poner un ejemplo, de una tercera; a gente que dice que eso de las enfermedades mentales es cuento y que ellos arreglaban a Fulano o Mengano con cuatro frases, que les quitaban la tontería. El individuo es inteligente; la sociedad, ignorante.

Ignoran la lucha constante en la que viven… Como si no fuesen los primeros interesados en salir adelante, en alejarse de esas cadenas que no les permiten ser al cien por cien. Igual que yo deseo volar. Tengo un hermano, al que quiero con locura, viviendo demasiado lejos de mí. Sólo lo veo cuando regresa a la isla. Es algo que me duele cada día. Ya no es visitar todos esos lugares que te pierdes y que, de todas, todas, querría conocer. Es ver a mi hermano, joder. Por eso me revienta cuando me dicen aquello de que no es para tanto, que no sea miedica. No tienen ni puta idea.

Avión

A pesar de haberlo logrado recientemente, no las tengo todas conmigo esta vez. Y es que esto va así. A veces te sientes más fuerte, otras menos… Hace tiempo que hemos reservado una preciosa villa en la costa. Está el coche esperando y un montón de planes que llevar a cabo en un fin de semana que se presenta apasionante. Tres amigos, de esos que te cuidan, han organizado todo con la idea de dar un paso más en mi lucha. Y luego yo he involucrado a otra persona, capaz de transmitirme una mayor tranquilidad, para que se desplace con nosotros, aunque luego allí tenga su itinerario propio. A poco más de veinticuatro horas, si hubiese que embarcar justo ahora, sé a ciencia cierta que no lo haría. No sé mañana, pero en este momento, no sería capaz.

Y aquí hace su aparición otro problema. La presión autoimpuesta por no joder la aventura, por no fallarles a ellos y por no decepcionar a tanta gente que piensa que voy por el buen camino. Es una carga terrible. Retroalimenta a la propia ansiedad y resulta contraproducente. Pero está ahí, rondándote la cabeza… Esto es algo que también llevan en su mochila aquellos que sufren de otro tipo de trastornos relacionados con el cerebro. No hay que decepcionar. No es una opción el mostrarse débil. O no contar el problema, porque se sentirán extraños o por el qué dirán. Es una putada. Una muy grande.

Podría seguir con esto, tratando de explicar más al respecto. Sin embargo, no creo que sea necesario. Llegado a este punto, sobran las explicaciones. Justo porque va sobre empatía. Un poco como todo en la vida. Quien haya sido capaz de entenderlo no necesitará más líneas. El que no lo haya hecho, no lo va a hacer porque yo doble estos párrafos.

Habrá quien considere que publicar esto es un signo de debilidad. Habrá quien crea lo contrario. Y en realidad solamente dos cuestiones me parecen realmente importantes: la necesidad de liberarme y la necesidad real de normalizar y concienciar sobre temas hasta no hace mucho tabú. Cada cabeza funciona de un modo distino, no hay un modelo universal.

Gracias por leer. No escribo mucho últimamente.

David a Aurora (2 años después)

Querida Aurora.

Tú no lo sabes, pero llevas varios días en mi cabeza. De haber ocurrido tiempo atrás, ya me habría dirigido a ti, seguramente llamándote trasto y explicándote que necesito contarte algo. Lo más probable es que esa madrugada sustituyese mi insomnio por una tonelada de mensajes cruzados, alguna foto, un puñado de risas y todo el margen que nos daba tu resistencia. Y es que, en algún momento, habrías caído rendida a altas horas, presa del estrés laboral y de esa manera tan particular de ver la vida que siempre te obligó a saborear cada instante, a sacar el máximo provecho al minuto en cuestión, y que dejaba tus baterías en reserva.

De pronto apareciste en un sueño. Y me desperté imaginándote. Extraña sensación. Tan habitual en el pasado, tan inconcebible ahora. Y pude proyectar una vida que no es la que me toca. No voy a extenderme en ella, porque al fin y al cabo fue sólo la fantasía de una persona. En mi defensa diré que es algo común; eso de proyectar un camino paralelo al que en realidad recorremos. Yo lo llamo los “y si…”. Ya me entiendes. Y si hubiera ocurrido aquello o lo otro. Digo ocurrir y no hablo de hacer porque nadie decide solo. Existen tantos condicionantes, tantas variables, que es una quimera pensar que de haber tomado una u otra decisión, las cosas serían diferentes ahora mismo. Es algo que jamás se sabe y eso también me resulta un jodido milagro de la existencia. No sé, pienso que si todo fuese seguro nos perderíamos mil sensaciones: decepciones incluidas. Decepciones que, felizmente, luego nos hacen valorar mejor lo bueno que llega.

La cuestión es que esbocé un universo de sonrisas y miradas, de paseos y atardeceres, de viajes y estrellas, de secretos y playas. Mi universo. Uno que incluía todo aquello que amo y todo de lo que no me puedo desprender, y al que sumar lo que tú considerases necesario. Suena bien, incluso para quien no me conozca, o no te conozca a ti. Suena bien porque a estas visiones particulares no les adjuntamos las manías, los malos entendidos, los disgustos o las diferencias. Tal vez sea justo ésa la prueba más clara de que estos paisajes son tan idílicos como irreales. Y es que, al final, en algún momento, todos tenemos nuestras desavenencias, nuestras aflicciones, nuestras rarezas.

Al despertar el otro día me toqué la cicatriz, tu cicatriz. Los puntos de sutura nunca volvieron a abrirse, pese a que una canción, película o simple amanecer pueda transportarme por un segundo a todo eso que no fue. Porque ya sabes que, como dice Sabina, no hay mayor nostalgia que añorar lo que nunca, jamás, sucedió. Nunca sucedió y quedaron como satisfacciones fallidas, regocijos de fogueo. Pero ya no importa; al pasar mi mano sobre aquella marca, me acordé de que esa herida, la que en cierto modo me hice yo solo, una mañana, sin pretenderlo, dejó de sangrar.

Lo que ocurrió tras ese breve lapso de imaginación, fue extrañamente normal: me levanté, me encogí de hombros y me puse con mis quehaceres habituales. Como si no hubiera soñado, como si no me hubiese puesto a inventar en las sábanas; aunque solo fuera por jugar un poco con la creatividad que tan fácilmente estimulan los recuerdos.

Es justo por esto que te cuento que me apeteció tanto comentarlo contigo.

La vida es asombrosa. Y cada una es, además, única. También por lo no vivido. Por los senderos que no transitamos. El renunciar a un destino nos hace descubrir otros. No diré mejores, no diré peores. Sólo distintos. Y pueden ser maravillosos. ¿Sabes? No te puedes hacer a la idea de cuántas cosas he descubierto, cuántas personas me han sorprendido o cuántos proyectos han llegado. La de veces que he estallado en carcajadas, los miedos que he superado o los retos que han ido quedando atrás.

Recuerdo lo que me costó desintoxicarme de ti. Tu veneno me había llegado hasta el tuétano. No te voy a explicar ahora lo que cuesta dejar un vicio. ¡Vaya! ¡Qué palabra esa! Le pusieron ese nombre porque nos enganchamos a todo aquello que nos hace sentir mejor, aunque nos haga daño. Vicio, le va como anillo al dedo. Tú eras mi vicio. Siempre me sentía mejor si estabas, pero pasado el efecto, el bajón era terrible. Con el síndrome de abstinencia perdí las ganas, el apetito, la sonrisa. En ocasiones rebuscaba en los bolsillos, ya vacíos de tus frases, ordenaba los cajones donde guardaba mis mejores armas para iluminarte, hurgaba en la basura, repleta de esperanza y leía aquellas declaraciones sinceras de un corazón que no me consultó antes de apostar por ti, ni se detuvo a preguntarte si tú querías participar de su júbilo. Bueno, pues no te lo vas a creer, pero hoy miro atrás y reconozco belleza en todo aquello. En recomponer agonía, en recoger pedacitos de entusiasmo útil con los que rearmar mis entrañas. Hay felicidad en la reconstrucción. Al final, la vida siempre renace, como una orquídea que encuentra sol en invierno y, cabezota ella, vuelve a florecer.

Sí, chiquilla, desde aquel sueño me ha apetecido hablar contigo. Del milagro de la vida. De la tuya, de la mía o de la de cualquier otra persona. De los renacimientos. Me ha apetecido hablar de todas las cosas que siempre nos interesaron y compartíamos, aunque ya no tanto de las que tenían que ver con el corazón. De las mascotas, la comida, el cine o el trabajo. También de las menos importantes. Hablar de lo que hablan y cómo hablan los que se quieren, pero no de aquella manera. Porque quererte, te sigo queriendo.

Sólo que no de aquella manera…

David.

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* Viene del libro «Cartas a destiempo» (https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228).

Han pasado dos años. Y David, por fin, puede dirigirse de nuevo a Aurora… 😉

 

* Fotos: Fotolia y Cartas a destiempo.

Detrás del miedo

Veinte años no es nada, cantaba Carlos Gardel. Pero vaya si lo son. Lo son cuando te dejas mil cosas por el camino. Veinte años, o veintidós en este caso. El que es mi caso. Si la salud nos respeta veinte años pueden ser prácticamente un cuarto de nuestra existencia. Pero si no somos tan afortunados pueden ser un tercio. Quizá la mitad. O pueden ser incluso menos, que nunca se sabe. La vida no pregunta.

Veinte años se van en un suspiro. Aunque también pueden parecer una eternidad. Porque todo es relativo. Porque aunque seguramente yo no haya dejado de hacer cosas, me he perdido demasiado. Veinte años regateando al miedo son mucho más que veinte años. La vida entonces deja de medirse en tiempo, para pasar a hacerlo en experiencias vividas u oportunidades desaprovechadas.

Llegué a casa ya de noche. Me senté a digerir la experiencia del día. Liberar la tensión en el sofá dio paso a un severo dolor de cabeza. Así, opté por ese remedio que es para mí una ducha hirviendo. No sé por qué me gusta tan caliente. Pero desde siempre, ahí, alejado de todo, he sido capaz de ordenar mis pensamientos y entender mis estados de ánimo. Fue entonces cuando tomé conciencia. Inmediatamente me sentí absolutamente liberado y el agua comenzó a mezclarse con mis lágrimas. Que veinte años no son nada, dicen. Y una mierda en este caso. Veinte años limitado…

El miedo es un hijo de puta. Y el miedo al miedo es el padre cabrón de ese hijo de puta. Porque tener miedo es algo inevitable. Te ocurre, en un momento u otro. Por un motivo u otro. Es natural, hasta sensato según la coyuntura. Pero anticipar ese miedo porque ya tu cabeza imagina que lo vas a sentir, eso ya tiene otro nombre.

A veces hay experiencias que te marcan. Las negativas, sobre todo, se graban a fuego. Y una de ellas consiguió bloquearme un día. Desde entonces traté de convencerme de que algunas cosas no son tan importantes. De que conocer otros lugares no es tan importante. Visitar a mis allegados o amigos que están lejos, no es tan importante (al fin y al cabo, suelen regresar cada cierto tiempo). Soñar no es tan importante. Y dejé de viajar en avión, con lo que esto supone cuando vives en una isla, alejado de demasiados sitios.

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Hay algo que debemos tener presente. El miedo hace que no seas tú al completo. El miedo te transforma en una versión menor de ti mismo. Todos tenemos miedo a algo. Puto miedo, en mi caso, a volar. Puto miedo a cambiar de trabajo. Puto miedo a pedirle el teléfono a esa persona que te mola. Puto miedo a ser sincero con un amigo por no molestarle. Puto miedo a mandar a la mierda a quien no te merece. Puto miedo a hablar en público. Puto miedo a dar un paso adelante. Puto miedo a decir te quiero cuando toca (muchas veces lo hacemos tarde). Puto miedo a fallar. Puto miedo a que te digan que no. Puto miedo a salir de la zona de confort. Puto miedo. Puto miedo.

Recientemente vi un vídeo en el que Will Smith explicaba que las mejores cosas están al otro lado del terror. El pánico nace a partir de nuestro instinto de supervivencia. Es un regalo de nuestros antepasados. Es un estado que los ponía en alerta y los preparaba para huir si por necesidad procedía. Y nosotros, de algún modo, lo hemos heredado. Sin embargo, nuestro conocimiento es más amplio. ¿O acaso yo no sé que el avión es el medio de transporte más seguro que existe? Racionalmente es absurda mi fobia. Pero es que el terror tampoco es racional. La clave está en esa frase de Will Smith y si realmente quieres alcanzar las mejores cosas.

Si la respuesta a esa cuestión es afirmativa, existen medios para ello. Por ejemplo, no pasa nada por ponerte en manos de un especialista. Yo llevo meses en terapia. Mi psicólogo se llama Sergio. Es un fenómeno. Cuando entré por primera vez en su consulta estaba aterrado. El solo hecho de hacer partícipe a un desconocido de mi problema ya me creaba angustia. Poco a poco ha sabido reconducir la situación. ¿Saben por qué? Porque se dedica a eso. Porque es un profesional de los problemas mentales. Ir a un psicólogo no significa estar loco. Y no debería dar vergüenza. ¿Acaso no vas a un médico cuando te resfrías? Esto es lo mismo. Si la materia gris te está poniendo obstáculos, intenta solucionarlo.

Y por supuesto, tampoco pasa nada por apoyarte en la gente que se preocupa por ti. Que fijo que la hay. Fíate de quien te quiere. De quien te quiere de verdad. De esas personas a las que les dices que te apetece verlas y las ves, porque ellas hacen para que así sea. A las que les propones un plan y cumplen. Filtra. Esos que son un sí, para luego ser un ya veremos y al final acaban siendo un no cuando les surge algo mejor, descártalos. Al menos para cosas serias. Yo tengo suerte. Cuando le comenté a Sergio, en nuestra última sesión, que iríamos once personas en el vuelo, me contestó que a mí deben quererme mucho. Seguramente sí. Posiblemente más de lo que merezca. Se trata de algo acojonante. Todos tenemos colegas o familia que desean lo mejor y están si es necesario. Permanece atento a quien te quiere de verdad. Y pídeles que te echen un cable. Joder, ¿no lo harías a la inversa? Que tampoco es malo dejarnos salvar alguna vez. Ojo, no quiero decir que nos acostumbremos. Solo que analicemos, y que aunque seamos nosotros quienes tengamos que resolver nuestros propios problemas, nos abramos, que no va a venir mal. Yo no sé si hubiera sido capaz de conseguir lo de hoy sin ellos. Sinceramente, pienso que no. Y no creo que sea menos digno por admitirlo. Fue grandioso ver sus rostros de satisfacción, de alegría, cuando lo logré.  Bueno, cuando lo logramos. Ellos son tan sencillos que no se ponen medallas. Pero la realidad es que lo hicimos juntos.

Yo sé que me queda mucho camino por recorrer. Lo de hoy no ha sido más que un asalto. Y esto es una carrera de fondo. Algo que me va a llevar mucho tiempo normalizar. ¿Pero saben qué? Me voy a la cama mucho más feliz. Porque he sido capaz de mirar a los ojos al miedo. Y le he dicho que ahora no le va a ser tan fácil. Que llevo tiempo preparándome para hacerle frente. Porque, sencillamente, quiero dejar de perderme todo eso que se esconde tras él.