Instrospección

Es martes. Bastante tarde. Casi miércoles. Y me ha apetecido darle a las teclas. Ayer un amigo pasó un texto, por un grupo de whatsapp, que alguien había escrito el día en el que cumplía 39 años. Me vi reflejado de inmediato. Una niña había llamado ‘señor’ al autor y ello provocó en él una profunda reflexión sobre el tiempo que llevaba en este mundo y el que le quedaba por delante. Acto seguido, justo tras hacer esa valoración, enumeraba en ese escrito una lista de 21 cosas que hace 10 años no sabía. Debo admitir que el repertorio es maravilloso. Al completo. En mi caso, algunos de esos puntos han provocado que le dé al coco. Irremediablemente. Quizá porque voy madurando y, con ello, entendiendo. Ojo, madurar no es añadir otro dígito a la cuenta en cada aniversario, como tampoco es ser adulto. Creo que pese a la edad, nunca nos vemos mayores (aunque reconozcamos costumbres de, según nuestra perspectiva, gente mayor). Desde mi punto de vista, madurar es saber valorar más determinadas cosas o cambiar procedimientos buscando propósitos concretos. Uno de ellos podría ser actuar diferente para, de este modo, ser mejores; buena gente, vamos. Porque queremos que nos piensen así. Pero, aunque a veces lo creamos, en ocasiones no lo somos tanto. Principalmente porque el ser humano es egoísta por naturaleza. Consciente o inconscientemente, no deja de ser una realidad, nos guste más o menos.

Cuidado. Que yo no digo que esté mal pensar en primera persona. Incluso añado: el auto respeto es igual de importante que el respeto por el otro. Por tanto, considero obligatorio buscar nuestra propia felicidad. Hace años, cuando yo no lo tenía tan claro, una amiga me envió una postal con la siguiente frase: “La relación más importante y significativa de la vida es la que tenemos con nosotros mismos”. Aún la conservo. De hecho, acabo de cogerla para releerla. La tengo siempre a mano porque para mí tiene un valor sentimental inexplicable. Por el momento en el que me llegó (que no era bueno), por quién me la envió, y porque desde entonces esa amistad no ha hecho más que crecer. Y esto me da pie para exponer los pensamientos que brotaron a partir de lo que leí, ya que tienen que ver con el significado e importancia de la amistad.

Respeta a tus amigos. Y trátalos bien. Decía el listado que contestemos cuando nuestros amigos nos llamen o escriban, y que no le echemos cebolla a la tortilla si sabemos que no les gusta. Me hizo gracia ese punto. Los pequeños detalles son la clave. ¿Sabéis? Igual hay cosas que nosotros intuimos triviales, pero que no lo son para ellos. Procede pues hacer un ejercicio de empatía; ponernos en su lugar y darles el valor que tienen. Sobre todo, no debemos dejarles llevar solos el peso de la amistad. Que en ocasiones nos abandonamos, y si ellos no nos envían un mensaje, ni nos acordamos. Y encima hay momentos en que somos capaces de no responder. A mí me ha pasado, lo he hecho, bien lo saben quiénes me rodean. Porque soy un despistado, aunque no sea justificación. No sé ni cuántas veces me he avergonzado tras encontrar una conversación en el móvil que dejé para luego. Y luego’ no llegó hasta tarde. ¿Qué nos pasa? No es tan difícil escribir un “después te respondo” o dedicar un par de minutos a esa persona que se acordó de nosotros.

¿Os cuento un secreto? Todos la jodemos. Y este es otro aspecto a tener en cuenta. Las decepciones forman parte de la vida. Lo que ocurre es que solo nos decepcionan las personas que nos importan, precisamente porque son ellas las que significan algo para nosotros. La decepción trae enfados. Y si es constante, indiferencia. Personalmente prefiero, de personas a las que quiero, lo primero a lo segundo. Que un enfado es de arreglo más sencillo. Oye, que tampoco es hacer un drama con las decepciones en general, se trata de la magnitud de las mismas: somos humanos, no siempre nos van a gustar las decisiones o actitudes de otros, ni a ellos las nuestras. A veces, incluso, decepcionamos sin querer, sin voluntad de hacerlo. Sin embargo, hay acciones reconocibles que sabemos que no van a gustar. Esas son las que podemos solucionar. ¡Yo qué sé! Si le hemos fallado a alguien, mejor intentar no volver a hacerlo, Y tampoco está de más pedir disculpas. Eso sí, si vas a excusarte con algo, que sea creíble. Se trata de mostrar respeto.

Volviendo a las llamadas y mensajes. A mí me pasa que soy muy malo por teléfono. Cuando digo malo me refiero a que a veces puedo parecer seco (y eso que he dejado de poner el punto al final de la frase en los mensajes…) No, en serio. Me ocurre. Me lo han explicado más de una vez. De modo que por eso me gusta, siempre que puedo, quedar en persona. Si hay algo bonito que entregar a los amigos es tiempo. Ni regalos, ni leches. Tiempo. Y que no se nos olvide, el tiempo de cualquiera de ellos vale exactamente lo mismo que el nuestro. No los pongas como segunda opción. Alguien una vez me dijo: “si un día no puedes quedar, no lo hagas”. En aquella época yo quería estar en todas partes a la vez. Eso no funciona. Si crees que no vas a poder, no des largas. Sé claro. Queriendo quedar bien, en ocasiones quedamos mal. Que todos tenemos prioridades o días tontos en los que nos apetece no salir de casa y ver una peli. Pero oye, si te has comprometido, intenta cumplir. Que lo contrario jode mucho.

Y para finalizar, cambio de tercio. Uno de esos 21 puntos comentados al principio hacía referencia a plantearnos qué somos o cómo nos ven. Yo quiero apuntar que somos un poco gilipollas si pensamos que nos define aquello que creemos que somos. O lo que mostramos en redes sociales. No somos nada de eso. Igual que no somos nuestra profesión, ni nuestro dinero, ni nuestra vestimenta, ni nuestra casa o coche. No somos lo que podemos permitirnos. Y en mi caso, tampoco lo que pueda escribir aquí. Únicamente somos lo que hacemos. Nos definen nuestros actos. Ni más, ni menos. Intentar ser mejor sencillamente es tratar de ser bueno. Si todos pensamos en ello, sabemos cómo. Claro que hay que desearlo de verdad. Y llevarlo a la práctica. Como todo, es una rutina. Igual que salir a correr, ir al gimnasio o habituarse a unos horarios. Pongo ejemplos que nos ayudan lucir (por fuera). Pero lo de dentro se cultiva igual, con interés.

Bueno, no sé por qué hoy me dio el punto. Y no sé si esto es un escrito para los demás o una declaración de intenciones. Porque yo tampoco soy el paradigma de lo que he expuesto. Se me escapan muchas cosas. Eso sí, quiero intentar serlo. O, al menos, acercarme a serlo. Estaría bien.

Bonus: mientras redactaba este post una canción no dejaba de sonar en mi cabeza…

Anuncios

Mi fobia

FOBIA (RAE): Temor angustioso e incontrolable ante ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión.

La clave de todo es esta definición. Se sabe absurdo. Tal cual. Pero no importa. Dan igual todas esas explicaciones lógicas que intenten contrarrestar esa situación. Esto no atiende a cuestiones razonables, va por su cuenta y es muy complicado hacer frente a ello.

Esta semana varias personas me han dicho que ya no escribo. No es del todo exacto. Sí que lo hago. En realidad no paro de escribir. Casi siempre para mí. Es oxígeno. Claro que ellas se referían al blog. A este blog, que he tenido aparcado porque al fin y al cabo, no vivo de él. Y aunque volcar en este espacio todo eso que me ronda por la cabeza sigue siendo una gran vía de escape, en ocasiones simplemente no salen palabras óptimas merecedoras de compartirse, o no apetece… O lo que sea. Hay periodos de mayor inspiración que otros y ya está. Aparte de que un propósito que tengo entre manos, y que de momento camina correctamente, me exprime y por eso quede tan poco para demás menesteres. Pero hoy hago una pausa, necesaria, y me vengo a este rincón.

El motivo no es otro que compartir mi mayor fobia. Tal vez relatarla, normalizarla, me ayude progresivamente a superarla. O tal vez un lector cualquiera se vea en mis frases y sienta alivio, ¿por qué no? Por otra parte entiendo, pese a todo, que no es algo de lo que avergonzarse. Aunque el hecho de que pocas personas me comprendan, es en ocasiones una presión añadida que desnivela mi balanza. Y sin equilibrio, sin estabilidad, voy jodido. Al menos yo.

Quizás saque esto a la luz justo ahora porque una circunstancia choca frontalmente con mi problema. Porque estoy frustrado con lo que estoy viviendo estos días, pese a que deberían ser de esperanza total. No voy a contar exactamente el asunto en cuestión, pero voy a hacer un paralelismo tratando de que cada cual pueda identificarse. Creemos la atmósfera: imagínense en su puesto de trabajo. Cada uno en lo que haga. O en casa, o estudiando una carrera, da igual. Pero siendo conscientes de las aspiraciones que tienen en la vida. Y por lo que sea se dan una serie de factores, situaciones y coincidencias que acaban en la oportunidad de hacer eso que saben, con el mejor en su campo. Llega esa empresa o persona referente en el sector X del que sienten que forman parte, y tras observar una muestra de tu trabajo, les comunica que el interés es alto y que fija una fecha para un encuentro cara a cara. La ocasión que esperabas está ahí, solo tienes que cogerla.

Volvemos a mí. Cuando duermo, a lo largo de muchos años, un sueño se ha repetido con diferentes grados de frecuencia. Voy por la calle. Da igual el contexto. Puedo ir conduciendo, caminando con un amigo, paseando a mi perra, charlando por fin con la chica que me gusta (como ya he dicho, es mi sueño), o respondiendo a un whatsapp. Lo que quieran imaginar. Y un avión se precipita contra el suelo. Sin más. Levanto la cabeza y sé que va a pasar. Y sucede. Entonces despierto.

Hacía tiempo que no lloraba. Esto de decir que se llora igual no está bien visto, pero es lo que hay. Quienes creen que es síntoma de debilidad no se enteran. Para mí es todo lo contrario. La gente llora. Y no se es menos valiente por ello. Responde a nuestra naturaleza. En la vida pasamos por etapas en las que derramamos más o menos lágrimas. Es así. Ayer me ocurrió. No pude más. Angustia, rabia, agotamiento. Me sentía como una olla exprés a punto de estallar.

Lo explico…

El martes por la mañana debería estar en Madrid (vivo en Tenerife). Tengo esa reunión que todos siempre esperamos. En la que puede que no ocurra nada y el proyecto se vaya por el sumidero, o en la que puede cambiarme la vida y sea el comienzo de algo grande. Resulta que no voy a estar presente. Lo bueno es que el proyecto en cuestión es bicéfalo. La otra mitad de esto que tanto me ilusiona vive en Madrid, y sé que puedo estar tranquilo. Mi confianza y fe en su capacidad son absolutas. Y salga bien o mal, es algo que no hubiera hecho sin su participación. Así que en ese sentido, me siento respaldado y seguro. Pero por otra parte, entiendo que en esta toma de contacto lo normal sería que yo también estuviese presente. Porque se trata de lo que se trata, con todo lo que ello conlleva. E incluso por respeto.

He comentado esto en mi círculo más cercano. Dos horas y media no son nada, insisten. Y la recompensa puede ser gigantesca. Sé que me quieren y que tras su insistencia está ese deseo de que todo me vaya bien. Me desean lo mejor, no tengo dudas. Jamás recelaría de la gente que ha querido rodearme. Pero no viven dentro de mí. Cada persona es un mundo y sus demonios son solo suyos. Por más que yo intente explicarles, no van a discernirlo. En las últimas 72 horas he abierto páginas para buscar vuelos e inmediatamente han aparecido signos que acaban derivando en ansiedad. No sé cuántos de los que leen esto han sufrido un ataque de pánico o han pasado por estados de ansiedad prolongados. Hace algunos años, una vida cuyos cimientos parecían sólidos se me vino abajo. No quedó más pilar que el de mi familia y amigos que nunca dejaron de estar, y no hablo de presencia física. Esto desencadenó en crisis de ansiedad que me provocaban taquicardias. Recuerdo haber sentido que perdía el conocimiento en más de una ocasión. El cuerpo va así; te crea un estado de alerta máxima ante una realidad diferente. Y si no le haces caso, desconecta. Mi vía de escape era mi coche. Conducir me calmaba. Aún hoy, cuando tengo nubarrones en mi cabeza y necesito aclararme con respecto a algo, cojo las llaves y me doy un paseo. Abro la ventana y respiro. Hace mucho de aquel proceso y por fortuna es pasado. Sin embargo, lo de volar ha permanecido, y la sensación se asemeja.

Imaginen lo peor que pueden vivir. La peor situación. ¿A qué le tienen pánico? Mi terror siguen siendo los aviones. Y no me veo encerrado en uno tanto tiempo. Cuando alguien me invita a que le cuente mis porqués, sé que todo le va a resultar irracional. Me hablan del despegue y aterrizaje como si fuese eso lo que me preocupa. Son los mejores momentos para mí, sobre todo el segundo. Luego me saltan con las estadísticas. Que si en un coche es más probable que te ocurra algo. Por supuesto. Se trata de la sensación de control. En un coche puede llegar un loco y sesgar mi vida, pero mientras, el que lleva el volante en mi vehículo soy yo. Incluso tengo un buen amigo piloto que realmente me convenció de que ahí arriba no le va a ocurrir nada a la aeronave. Y sé que es verdad. Pero es que es otra cosa. Una crisis de ansiedad a 12.000 metros suena fatal. En medio del océano, peor. Y siendo consciente de que pueden quedar horas para salir de allí, ni te cuento.

aircraft-1818342_960_720

La gente me dice que no tiene sentido, que ya he volado antes. Claro. Si he ido un puñado de veces a la península y no me he movido a todas mis islas en barco. Pero eso fue, no es… Otros me miran y me dicen que debo conocer mundo, que a dónde voy así, que lo que me estoy perdiendo. ¡Joder! ¿Acaso alguien en su sano juicio puede llegar a pensar que no me apetecería? ¿Que no quiero contemplar el Big Ben o pasear por los Campos Elíseos? ¿Qué no deseo visitar museos, estadios, monumentos y paisajes? ¿Que no me he imaginado descubriendo Dubrovnik, San Petersburgo, Ámsterdam o Venecia? Es absurdo. Quiero como el que más. Posiblemente más que toda esa gente que no para de viajar. Me muero de ganas. Y por si fuera poco, añado; quienes conocen a mi familia saben que tengo un hermano que ha viajado más que el tío de los Fraggle Rock. Se ha recorrido casi cada rincón de Europa, ha estado varias veces en Sudamérica, ha disfrutado de Irán o ha veraneado en Bali… En serio, claro que a mí también me gustaría.

Lo peor que llevo es sentirme culpable. La sensación de imposibilidad, de no ser capaz, va minando la moral. Siento el abrazo de la frustración y la rabia de la impotencia. Miro alrededor y veo caras tristes, porque mi rival me esté ganando la partida. Porque me tiene cogido por donde más me duele y no soy capaz revertir el escenario. Me siento culpable por decepcionar a gente que planea viajes imaginando que el día menos pensado me voy a unir en la aventura. Me siento culpable porque mi cabeza sufre las consecuencias hasta que llega el momento en que me subo por las paredes, quiero gritar para no asfixiarme y lagrimeo persiguiendo el desahogo.

Comparto esto hoy porque estoy cansado de mensajes positivos. Del “tú puedes” de los Mr. Wonderful o la repetición de frases motivacionales sacadas de cualquier libro del Coelho de turno. La realidad es que esto solo se supera con terapia… Cuando se logra superar. Yo estoy en ello. En octubre tengo decidido desplazarme a La Palma en avión. Vuelo corto acompañado por mis hermanos y primos. Tratar de gestionar media hora es el primer paso. ¡Mierda! Quiero ser capaz…

El asunto que ha provocado este post, si nada se tuerce, acabará llevándome a Madrid próximamente. Un barco, que sale cada jueves, tarda 28 horas en alcanzar el Puerto de Huelva. Tal vez ese sea el remedio. Ya que si no consigo volar, tampoco pienso bajar la mirada, pues no hay afrenta. Sigo siendo yo.

El propósito real de este escrito (una vez explicado el motivo que lo origina) es normalizar una situación, un trauma, una traba. Poder extenderlo al resto. Que mucha gente está bregando su propia batalla y no hay nada de malo en ello. Que no, que no se es menos digno por reconocer que existen grietas, o que ante determinadas coyunturas jugamos en desventaja. Porque no todo tiene por qué ser fantástico, solo auténtico. Nuestras complejidades no nos hacen mejores ni peores, únicamente diferentes. Pero tan válidos como los demás.

Y como último objetivo, una sugerencia a todas esas personas que desde fuera presionan a otras, la mayoría de las veces inconscientemente: no sean tan exigentes, no insistan si la afectada o el afectado dice que no se siente cómodo. Porque resulta contraproducente. Sé de lo que hablo.

airplane-1938971_960_720

“Yo comprendí que la vida es linda, pero no es un cuento de hadas”. Danay Suárez.

PD: gracias, Hari. Pequeñas cosas como las de ayer son las que me salvan la vida.

Esfuerzos

¿Cuánto cuestan nuestros esfuerzos? Así, en general. ¿Qué tanto te involucras en lo que haces? Te venden desde los rincones del optimismo que si pones todo de tu parte la recompensa llegará tarde o temprano. Pero esto no es cierto. No quiero decir que no debamos dar lo que esté en nuestra mano por lograr un fin, sino que también sería bueno reconocer el terreno. Y, por encima de todo, tener presente que nadie puede controlar todos los factores que intervienen en la causa referida.

Así, cuando pensamos en aventurarnos en un proyecto empresarial, lo suyo es hacer una valoración previa de mercado que incluya la mayor cantidad de variables y factores posibles, para, después de ponernos en el peor escenario, saber con qué garantías contamos.

Hasta ahí todo correcto, ¿eh? Y es que siempre resulta más sencillo cuando no hay personas de por medio. Es más fácil todo lo que no tiene que ver con emociones.

De modo que vamos lo que vamos…

El otro día tropecé con un tweet que rezaba: “SPOILER: todo el mundo os decepcionará”. Esto no es para nada cierto. Solo existe decepción cuando se crean expectativas. Y ahí la culpa casi siempre es nuestra. Porque nos venimos arriba en menos de nada. Quizás debido a que nos apetece. A que adivinamos particularidades en otros que se asemejan a nuestra personalidad. Y pensamos en lo que molaría compartir tal o cual cosa. De modo que perdemos perspectiva, con todo lo que ello conlleva. No nos va a decepcionar cada individuo, por supuesto que no. Nos decepcionarán aquellos en quien nos empeñamos cuando no actúen como pretendemos. Así que tal vez esa decepción la proyectamos nosotros mismos.

Por otra parte, seguro que nos ha pasado que nos esforzamos en agradar a alguien. A alguien que nos gusta, principalmente. Sin embargo, no se puede forzar a nadie a que nos conozca. Porque puede tener otras prioridades. O sencillamente otros modelos en los que tú no encajas.

A veces pasa que tampoco damos tiempo. Por ese asunto de la inmediatez de una sociedad que nos ha hecho impacientes. Esto es un problema para quienes les cuesta hablar de sí mismos, porque jamás van a impresionar a la primera. Y casi seguro que tampoco a la segunda. Hay quien tarda bastante en mostrarse. Tiene gracia que luego, en ocasiones, que sea la gente a la que más mola conocer. Claro que esto va por ritmos, y no siempre hay sujetos dispuestos a descubrir o dejar que los descubran.

También están las situaciones en las que para alguien no eres lo que tú desearías. A mí me ha pasado. Y a todas las personas les ocurre. Que una conversación profunda, una mirada, un beso, o un directamente un polvo, no tiene que significar lo mismo para una que para la otra. Que en esto de los sentimientos la reciprocidad no es obligación. Lo grandioso sería que se diera. Pero… ¿Quién domina eso? Es una putada tremenda. Si estás atrapado y despiertas con un mensaje de buenos días una mañana cualquiera, ya piensas que eres especial. O, yendo más lejos, si duermes en (la) cama ajena, te vienes arriba y crees que hay algo real. Es una jodienda, porque puedes estar equivocado en ambos casos. Y no es culpa de la otra persona. Reconócelo, si no te molase tanto, ¿le darías tú esa gran importancia? Aquí volvemos a aquello de las expectativas.

Me estoy liando… ¡Al grano!

El otro día debatíamos unos amigos sobre todas estas cuestiones. Poniendo sobre la mesa experiencias varias (véanse los ejemplos expuestos antes). Y, como en tantas oportunidades ocurre, una voz femenina nos dio la clave: “a veces centramos nuestros esfuerzos en personas equivocadas; no porque no sean buenas, sino porque simplemente están a otra cosa, o porque no es el momento”. Yo añado: o por lo que sea.

Las cuestión es que sus palabras fueron todo un directo de realidad para algunos de los presentes. Y es que soñar está bien, pero solo si ello no te impide seguir despierto.

brazil-2268071_960_720

Entendiendo esto, ahora vuelvo a soltar la pregunta: ¿cuánto cuestan nuestros esfuerzos? ¿Y cuándo realmente lo valen?

En lo personal, digo…

Por otra parte, sería bueno apuntar hacia quien muestre interés real.

Rocío

Breve extracto de “Cartas a Destiempo”.

Rocío, un personaje real. El único de ellos que conserva su verdadero nombre en el libro. Rocío, un milagro. Un ejemplo de actitud ante la adversidad.

Únicamente quería compartir este párrafo, en el que ella es protagonista…

“Mientras caminaba rumbo a casa, David regresó varios lustros en el tiempo. Cuando tenía 19 años, compaginaba sus estudios con un trabajo que le daba para ir pagando sus gastos. Asistía por las noches al instituto para sacar ese curso que no pudo completar debido a que las necesidades de la familia le obligaron a tomar una decisión. Y dos de esos años solo trabajó. Una vez aliviada la economía, aceptó un empleo de media jornada como celador en una empresa de transportes. Cada mañana su despertador sonaba a las seis, y tres cuartos de hora más tarde, debía estar en el garaje. A lo largo de la jornada completaba hasta cinco desplazamientos. El primero de la mañana era su favorito. Su compañero, el chófer, y él, recogían y llevaban en autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psíquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos treinta muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarse de que todo estaba en orden antes de arrancar, se dirigía a la parte anterior del vehículo, para sentarse siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía una enfermedad degenerativa que iba paralizando sus músculos lentamente. Rocío, una joven inteligente, amable, y siempre sonriente. Se trataba de alguien tan especial… Apenas superaba la veintena de años, pero le enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada había logrado. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, iban a tener que fallecer todos los que se tropezaron en un momento u otro con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Cuando David sentía que el día se teñía de gris, Rocío conseguía apartar las nubes y colar a través de ellas rayos de sol. Dibujaba un arcoíris de la nada, y con su actitud contagiaba a todo el que le rodeaba. A veces, David la notaba pensativa. Imaginaba que le estaba dando vueltas a la cabeza, y a su estado. Sin embargo, ella jamás se entristeció por ello. Daba gracias por cada día extra que se le permitía disfrutar, y planeaba las cosas como si no hubiese un final. Vivía el presente, que, al fin y al cabo, es lo que nos corresponde. Con la sencillez de un niño, con la calma de un anciano. No dejando escapar ni un solo momento, pero entendiendo los tiempos de los mismos. Sin duda, Rocío era una persona exitosa, y lo iba a ser durante el resto de su vida. Durase lo que durase”.

_20170306_114947

“Cartas a Destiempo” (Editorial Círculo Rojo) está disponible en Amazon: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228  

 

 

Sé tú mismo, y que les den

Llevo unos días bastante intensos. Y apenas he tenido tiempo de pararme a pensar. Esto de publicar un libro tiene su punto, es una gran experiencia. Aunque durante el periodo previo y justo posterior al hecho en sí, vas dejando cosas pendientes, y además, no te paras a valorar cuestiones que en otro momento inspirarían uno de esos posts que he dejado de escribir en un blog que he tenido ciertamente abandonado. En mi defensa, alegaré que la falta de tiempo y el deber de cumplir con otras responsabilidades también influyen. Sin embargo, el día siguiente de la presentación de “Cartas a destiempo” (así se llama esta pequeña obra), que celebramos en “El Libro en Blanco”, una imagen provocó una reflexión que hoy me apetece compartir.

Un amigo de hace muchos años me fotografió dedicándole su ejemplar. Subió a una red social dos instantáneas (una en la que estábamos juntos sonriendo, y luego otra que es a la que hago referencia), y las acompañó de un breve texto en el que comentaba un poco el origen de nuestra amistad. Dejando de lado lo emotivo de sus palabras, me fijé en mi cabeza. Evidentemente, estaba agachado, bolígrafo en mano, estampando mi rúbrica en una de las primeras hojas de su copia. Y claro, en la foto se ve lo evidente: mi cartón. Contrariamente a lo imaginado, me dio por reírme. Es lo que hay, no hay más (pelo). Cuando superas la barrera de los treinta (hace un tiempo en mi caso), no hay vuelta atrás en varias cuestiones: cuesta cada vez más recuperar el hábito del entrenamiento y no siempre mantenemos la forma física adecuada, las resacas de esos ratos de fiesta o reuniones alcanzan otro nivel, y nuestra cara (que comienza a mostrar a modo de pliegues lo que ocurre) ya no va a mejorar.

Sin embargo, lejos de lo que podría pensar no hace demasiado, me ha gustado reconocerme así. No puedo engañar a nadie. Y eso es bueno. Yo soy lo que soy, no lo que otra gente podría esperar que fuese. No sé muy bien por qué, pero a raíz de esto me vienen a la cabeza esos individuos que valoran, o que buscan admiración, amor y respeto, a partir de lo que tienen. Si me pides que te califique en base a todo ello, es que no estás a gusto con lo que eres. Así que, posiblemente, lo que seas no valga tanto. Lo siento, es un poco como aquello del valor real y el precio. No son lo mismo.

Hace no mucho, estando de vinos con mi grupo cercano, entablé una charla con uno de mis compis. Él andaba medio pillado por una chica, que por lo visto es fantástica, y lo tenía patas arriba. Me comentó, entre otras muchas cuestiones, que esa chica suele ir siempre con otra amiga. Como es de prever, mi colega me contó un poco acerca de ella. Ya saben cómo va esto… A veces un amigo tiene un lío con una chica o viceversa, y de manera colateral se conocen otras personas (amistades de las directamente implicadas). Así, por ejemplo, hace ya una década, conocí a una de las tías más fascinantes con las que me haya cruzado. Aquel amorío que me llevó a ella acabó mal, pero nosotros (ella y yo, los amigos de los amigos) continuamos nuestra buena relación en el tiempo. En fin, volviendo al compañero al que me refería en el principio del párrafo, noches más tarde coincidimos en la calle. Era un día de celebración en la ciudad, y estaba el ambiente muy animado. Él iba con estas dos chicas, y yo me acerqué a saludar. Ni siquiera hubo conversación con la amiga. Hay cosas que se notan: cuando conectas mucho con alguien, cuando hay buen rollo, cuando simplemente eres cortés, cuando no te interesa lo más mínimo el asunto, o cuando directamente hay rechazo. Entre los dos últimos puntos valoraría la actuación de esta muchacha. Al cabo de unos días, cuando mi camarada y yo nos vimos, le hice saber que me había parecido un gesto feo, y que las maneras de esa chavala me resultaban un poco estúpidas. A lo que él respondió que era muy particular; que hay que conocerla, pero que de primeras era así, luego ya mola lo suyo. Vale, aunque me pregunto… ¿Cómo va a conocer a alguien si cuando tiene la ocasión se cierra en banda? ¿Cómo vas a convencerme pues, de lo genial que te pintan, si no entablas conversación? Y, lo más importante… ¿Por qué, sin conocer a la otra persona, muestras esa actitud? Imagino que si mi amigo le había hablado de mí, ella imaginaba determinadas cosas y, al seguramente no gustarle físicamente, siguió a lo suyo. Primero: ¿pero en qué estás pensando? Conocer a alguien no implica nada más allá de eso. Segundo: qué alma más vacía, ¿no? Y voy a dejar aparte lo que vemos en otras ocasiones: eso de ir de reina o rey según género (va de suapuras y postureo).

Bueno, hay un cosa que con el tiempo uno va aprendiendo. O que debería intentar llevar a cabo. Es tratar de que no te gusten las personas a las que tú no les gustas. Esto no es sencillo. Porque somos unos caprichosos. En lo que a mí atañe, que me pondré como ejemplo para explicar todo esto, está claro que no me va a salir pelo nuevo que cubra la parte de la azotea que comienza a brillar. De hecho, iré a peor cada día. Tampoco voy a crecer más. Y posiblemente nunca pueda permitirme lujos excesivos. Yo lo que ofrezco es mi persona. Si ello no basta, poco puedo hacer. Y eso es lo que todos deberíamos mostrar. Las señoritas o señoritos que van detrás sólo del pibón de turno, no parecen entender que los años nos van cascando a todos (y ojo, que cuando lleguemos a los 40, si todo va bien, aún nos quedará la mitad del camino. Esa segunda parte toca en plan desfavorecido, versión chunga). No vamos a más jóvenes, con lo que eso acarrea. Y de acuerdo, seamos claros: sí que me gusta ver a una chica guapa. Pero cada vez más creo que es la mente la que las hace así, o potencia su belleza. Son más guapas las chicas seguras de sí mismas, las que no están pendientes de si las miras cuando caminan por la acera, las que no dependen de nadie, o las que se visten como quieren, pasando de modas o esa necesidad de deslumbrar con su silueta. En mi caso, son las conversaciones las que me atraviesan. Quizás por ello me reserve tanto. Confieso que la última vez que me abrí no salí bien parado. Pese a todo, mantengo mi estrategia. La de las charlas, la de las risas, la de compartir. La de la esencia. Aunque en estos días sea una mierda, cuando funcione, hablando claro, va a ser la puta bomba.

Resumiendo, que si nos empieza a faltar pelo, o nos cuesta cada vez más volver a perder los kilos que ganamos a final de año, o no tenemos un trabajo que impresione, o una posición social determinada, o lo que sea que le suceda a cada cual, no pasa nada. Todo eso son adornos. Algunos temporales, otros huecos. Cuando le moles a alguien por lo que eres (tus pensamientos, tu actitud, tu fondo) y no por lo que tengas o aparentes, va a merecer la pena. ¡Qué digo pena! ¡Hala, a ser uno mismo y que les den a los que esperan algo que no seas tú para darte alguna opción!

_20170221_134055

PD: y aquí va la cuña; pueden adquirir el libro al que me refería al principio del texto en este enlace: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

4 de febrero

Hoy he abierto Facebook. De todas las tonterías que se van añadiendo en esta red social, hay una que solemos chequear habitualmente, casi siempre por curiosidad. Es el botoncito de “un día como hoy”.  En ocasiones una imagen o un estado se convierte en una puñalada inesperada. Luego, por el contrario hay momentos que nos sacan una sonrisa, o simplemente hacen que nuestro humor sea mejor. La lotería de remover el pasado…

No es ni el primer caso ni el segundo lo que motiva esta pequeña entrada.

El 4 de febrero es el Día Mundial contra el Cáncer, una enfermedad de mierda que convive con nosotros. En silencio. Un silencio insoportable. No podía ser un recuerdo alegre. Pero sí que lo considero importante. Bueno, pues hace justo un año, publiqué esto en mi muro…

Ayer hubo cáncer, también hoy lo hay. Y mañana…

El cáncer existe durante la enfermedad, terrible para quien la padece.
Y también existe después, por el vacío que deja, la ausencia en los demás.
El cáncer es el dolor sufrido por el paciente.
Pero además por quienes lo rodean, por quienes lo aman.

El cáncer se lleva por delante las esperanzas de un adolescente.
O el futuro de un niño. Y con ello a sus padres.
Acaba con la madre de tu amigo, o con el primo del vecino.
Hace pedazos familias y destroza las entrañas.

Dicen que ataca a cualquier órgano salvo al corazón
Pero es mentira. La mentira más grande.
Porque ha roto más corazones que el desamor.
Porque un solo caso puede atacar a mil corazones.

Y tristemente el cáncer es más, no es solo eso…

El cáncer es una INDUSTRIA FARMACÉUTICA que negocia.
El cáncer es un GOBIERNO que no invierte en investigación.
El cáncer son los RECORTES en sanidad.
El cáncer son las OTRAS PRIORIDADES de los que mandan.
El cáncer es la POCA SOLIDARIDAD de quienes tienen mucho y no aportan.
El cáncer es mi ESCASA COLABORACIÓN activa, o la tuya.

El cáncer es creer que a ti no te afecta.
Porque no te ha tocado convivir con él.

El cáncer, como el alzheimer, el sida, el ébola…
Algún día será gripe. Cuando nos propongamos que sea gripe.
Pero mientras, nos va dejando por el camino.
Directa o indirectamente, nos va jodiendo.

Y pienso que el mayor cáncer somos nosotros.
Porque al final, somos los que tenemos que plantarle cara.
Y no…
No hacemos todo lo que podemos.

Mucha fuerza a quienes están luchando hoy contra esta terrible enfermedad. No estáis solos.

Agua fría y mis abuelos

Hoy he llegado a casa ya de madrugada y me he encontrado sin agua caliente. Odio el agua fría, y en la zona en la que vivo hay que tener mucho valor para ducharse en diciembre si el termo no te ayuda. La solución ha sido calentar agua en el caldero más grande de los que dispongo, e ir mezclándola con la que sale del grifo de la mejor manera posible.

No es algo nuevo…

Cuando era pequeño, mis padres me enviaban a casa de mis abuelos maternos durante el verano. A veces un mes, otras dos… El tiempo que tocase. Yo vivía entonces en Santa Cruz de Tenerife, y estaba acostumbrado a todas las comodidades frecuentes. La vivienda de mis abuelos se encontraba (se encuentra, puesto que ahí sigue) en un pueblecito de la isla de La Gomera. Y no era como mi casa. En aquella época, ese hogar ni siquiera tenía un acceso normal. Tras atravesar un camino, dabas con un porche y un pasillo descubierto con habitaciones a ambos lados del mismo. Las puertas eran de madera, y cada una tenía una llave de esas antiguas que hoy parecen sacadas de baúles viejos donde se guarda algún recuerdo que jamás revisamos. En los cuartos, las camas eran metálicas, y apenas había muebles. Teníamos una televisión en la que veía la serie favorita de cualquier niño por entonces (El coche fantástico) en blanco y negro. Ojo, que hablo de finales de los ochenta, principios de los noventa. Y, como imaginarán, tampoco gozábamos de agua caliente. El baño no disponía de bañera, ni plato de ducha. En el suelo, un desagüe. Suficiente. Por las noches, llegada la hora del aseo, mi abuela calentaba agua en la cocina, que pasaba a un barreño grande, y con un viejo cazo yo me manejaba como podía.

No, lo de hoy no ha sido nuevo. Y durante un rato he regresado a mi infancia…

Recuerdo que siempre quise tener un aro de baloncesto. En Tenerife era imposible, pese a disponer de una gran azotea en mi casa terrera. Pero en La Gomera mi abuelo fabricó uno, hecho con alambres, al que le tenía el truco cogido: era mejor que el lanzamiento quedase un poco corto a excederse con la fuerza, puesto que el peso del balón (si mi memoria no me falla, uno siempre desinflado) hacía que la parte anterior cediera, cayendo continuamente dentro de la circunferencia. Fueron increíbles los partidos que disputaba con los vecinos, o solo. Por las mañanas, mi abuela se levantaba de madrugada para atender unas tierrillas que, tras décadas de servicio a una familia adinerada, de algún modo consiguieron adquirir. Los huevos de gallina recién puestos, fritos, con pan, era el mejor de los manjares cuando me despertaba. A decir verdad, la comida de mi abuela era fantástica. El almuerzo,el gran momento del día. Porque me gustaba, y porque justo después, partía hacia la piscina natural pueblo (y al Peñón, un rincón único para darse un baño si conocías las corrientes del mar), en un trayecto de más de una hora a pie. Bajar no era nada duro. La subida sí que costaba. Hablamos de un puñado de kilómetros. Ya de vuelta, a veces, si debía volver a la finca por la tarde, acompañaba a mi abuela para contemplar a los animales. Así de simple. Otro entretenimiento habitual se vivía en un pequeño muro de la carretera; por el pueblo circulaban pocos coches, así que, de cuando en cuando, me sentaba con otros niños a ver algunos pasar. Tan acostumbrado en Tenerife, tan sorprendido allí. Los días se tornaban en gloriosos si aparecía mi abuelo con alguna caña de azúcar antes del ocaso. Y cuando oscurecía, el sonido de las ranas y el calor que proporcionaba la más suave de las mantas me acompañaba hasta la llegada de Morfeo.

03-Hermigua piscinas naturales.jpg

Recuerdo ser inmensamente feliz. Sin necesitar de nada material.

Y todo ello me ha hecho pensar en cómo esto también forma parte de mi manera de entender la vida. Detesto el dinero, aunque lo necesite. Yo prefiero otras cosas. Esas que te dan las personas que no se guardan nada. Esas que me daban mis abuelos.

No hace tanto, por estas mismas fechas, tuve el mismo problema una noche con el agua. Y además, ese día se había ido la luz. Por entonces me enviaba muchos mensajes con alguien. Recuerdo aquel momento. El agua, como hoy, estaba fría, y tuve que tirar del viejo recurso de los calderos. En el baño me manejaba con una linterna que enfocaba a la ducha mientras hacía malabares para darme un remojón en condiciones. Pero yo solo miraba el incesante parpadeo de mi móvil. Un sábado, ya de madrugada (?) Mi única preocupación, que regresase la corriente. No para iluminarme o disponer de todo lo que conlleva la electricidad, sino para poder cargarlo. Para que aquella conversación que en ese instante me llenaba no se detuviese. Para seguir hablando.

Resulta que la felicidad son momentos. Y casi siempre el afecto tiene que ver. Ya sea porque lo recibes, ya sea porque lo entregas. De la forma que sea y para quien sea. Todo lo demás, sobra. Una tele en color, un aro de baloncesto reglamentario, o incluso el agua caliente.

Con cualquier persona, se trate de una chica, un familiar, o un amigo, a mí dame una buena conversación, dame unas risas, dame un ratito… Y olvida el resto. Que yo no necesito lujos o lugares exclusivos. Mis abuelos, tal vez sin darse cuenta, me enseñaron que lo más valioso no es lo que se tiene, lo valioso es quién eres. Lo que puedes ofrecer de ti, sin adornos. El fondo.

Concluyo que quien más te da, quien más te enseña, suele ser quien menos tiene.

Igual en los tiempos que corren, y para según qué cosas, no es una buena táctica eso de vender realidad, sin aderezo. Pero yo no conozco otra mejor. Y no debe ser tan mala, en serio: quizá con otra me rodease más gente, pero difícilmente de la misma calidad humana.

Reflexiones de agua fría en la madrugada de un sábado de diciembre.