Esfuerzos

¿Cuánto cuestan nuestros esfuerzos? Así, en general. ¿Qué tanto te involucras en lo que haces? Te venden desde los rincones del optimismo que si pones todo de tu parte la recompensa llegará tarde o temprano. Pero esto no es cierto. No quiero decir que no debamos dar lo que esté en nuestra mano por lograr un fin, sino que también sería bueno reconocer el terreno. Y, por encima de todo, tener presente que nadie puede controlar todos los factores que intervienen en la causa referida.

Así, cuando pensamos en aventurarnos en un proyecto empresarial, lo suyo es hacer una valoración previa de mercado que incluya la mayor cantidad de variables y factores posibles, para, después de ponernos en el peor escenario, saber con qué garantías contamos.

Hasta ahí todo correcto, ¿eh? Y es que siempre resulta más sencillo cuando no hay personas de por medio. Es más fácil todo lo que no tiene que ver con emociones.

De modo que vamos lo que vamos…

El otro día tropecé con un tweet que rezaba: “SPOILER: todo el mundo os decepcionará”. Esto no es para nada cierto. Solo existe decepción cuando se crean expectativas. Y ahí la culpa casi siempre es nuestra. Porque nos venimos arriba en menos de nada. Quizás debido a que nos apetece. A que adivinamos particularidades en otros que se asemejan a nuestra personalidad. Y pensamos en lo que molaría compartir tal o cual cosa. De modo que perdemos perspectiva, con todo lo que ello conlleva. No nos va a decepcionar cada individuo, por supuesto que no. Nos decepcionarán aquellos en quien nos empeñamos cuando no actúen como pretendemos. Así que tal vez esa decepción la proyectamos nosotros mismos.

Por otra parte, seguro que nos ha pasado que nos esforzamos en agradar a alguien. A alguien que nos gusta, principalmente. Sin embargo, no se puede forzar a nadie a que nos conozca. Porque puede tener otras prioridades. O sencillamente otros modelos en los que tú no encajas.

A veces pasa que tampoco damos tiempo. Por ese asunto de la inmediatez de una sociedad que nos ha hecho impacientes. Esto es un problema para quienes les cuesta hablar de sí mismos, porque jamás van a impresionar a la primera. Y casi seguro que tampoco a la segunda. Hay quien tarda bastante en mostrarse. Tiene gracia que luego, en ocasiones, que sea la gente a la que más mola conocer. Claro que esto va por ritmos, y no siempre hay sujetos dispuestos a descubrir o dejar que los descubran.

También están las situaciones en las que para alguien no eres lo que tú desearías. A mí me ha pasado. Y a todas las personas les ocurre. Que una conversación profunda, una mirada, un beso, o un directamente un polvo, no tiene que significar lo mismo para una que para la otra. Que en esto de los sentimientos la reciprocidad no es obligación. Lo grandioso sería que se diera. Pero… ¿Quién domina eso? Es una putada tremenda. Si estás atrapado y despiertas con un mensaje de buenos días una mañana cualquiera, ya piensas que eres especial. O, yendo más lejos, si duermes en (la) cama ajena, te vienes arriba y crees que hay algo real. Es una jodienda, porque puedes estar equivocado en ambos casos. Y no es culpa de la otra persona. Reconócelo, si no te molase tanto, ¿le darías tú esa gran importancia? Aquí volvemos a aquello de las expectativas.

Me estoy liando… ¡Al grano!

El otro día debatíamos unos amigos sobre todas estas cuestiones. Poniendo sobre la mesa experiencias varias (véanse los ejemplos expuestos antes). Y, como en tantas oportunidades ocurre, una voz femenina nos dio la clave: “a veces centramos nuestros esfuerzos en personas equivocadas; no porque no sean buenas, sino porque simplemente están a otra cosa, o porque no es el momento”. Yo añado: o por lo que sea.

Las cuestión es que sus palabras fueron todo un directo de realidad para algunos de los presentes. Y es que soñar está bien, pero solo si ello no te impide seguir despierto.

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Entendiendo esto, ahora vuelvo a soltar la pregunta: ¿cuánto cuestan nuestros esfuerzos? ¿Y cuándo realmente lo valen?

En lo personal, digo…

Por otra parte, sería bueno apuntar hacia quien muestre interés real.