Tormenta

Supongo que cuando hablé con Sergio, la semana pasada, no esperaba un texto como éste. Seamos claros: yo tampoco. Salí de su consulta tras completar una sesión que invitaba al optimismo. Los deberes marcados fueron pocos, precisamente porque las sensaciones difícilmente podrían ser más positivas. Practicar algún ejercicio para poder gestionar un posible momento de debilidad y releerme aquello que escribí cuando, hace medio año, logré ganar una batalla en esta guerra que no ha acabado (“Detrás del miedo”, en este mismo blog).

Tengo un examen mañana. La asignatura me apasiona: Marketing Mix. Las clases son una pasada. Marisol, que así se llama la profesora, es de ese tipo de docente que encuentras muy de cuando en cuando. Una enciclopedia. Un libro abierto. Capaz de hablar horas y horas, sin repetirse, sin dejar de enseñar. Puedo contar los maestros de tales características que he tenido en algún momento de mi vida con los dedos de una mano. No he sido capaz de estudiar una sola página de los apuntes. Ni de leer. No puedo. No estoy. Esa misma tarde debería coger un vuelo con destino Lanzarote. Y en mi cabeza no cabe nada más.

Sé que, si lo comparo con otras cosas, este problema, visto desde fuera, puede parecer menor. Pero cada individuo es único, diferente. Con sus características y particularidades. Con su mente. Que no funcionan todas del mismo modo. Esto es importante. ¿Saben ese dicho de que no debemos juzgar a los demás porque cada persona está inmersa en su propia batalla? Resulta que es completamente cierto. Y lo que atañe a la mente es especialmente delicado.

No me gusta estar atrapado, odio los lugares cerrados. Y jamás me gustó volar. Cuando me agobio, salgo de donde estoy. Me subo a mi coche o doy un paseo. Ahí arriba, como mucho, podré dar unos pasos por un pasillo estrecho… Voy a confesar algo: recientemente, un día de cine, apareció esa incómoda sensación. Nunca la había experimentado en este lugar. Y en mi caso, por fortuna, me ocurre muy esporádicamente. Pero es que viene sin avisar. Se repite el patrón. Parece que te falta el aire. Te preocupas. De repente las pulsaciones suben, se disparan. Por momentos parece que no estás, que oyes todo de lejos. El miedo hace acto de presencia, alimentando el malestar. Miras alrededor, como esperando una solución. No la hay. No donde estás mirando. La solución es uno mismo. Pero explícate eso cuando tu corazón va a mil. Es complicado. Al final pude contener mis pensamientos y seguir disfrutando de la película. Aunque no sé si se repetirá en otra ocasión y si lo llevaré del mismo modo…

Pensándolo bien, este escrito no va sobre mí. O, al menos, no únicamente. Me gustaría que la sociedad fuera más consciente y compresiva con este tipo de problemas. Ojalá todas las cabezas viniesen con un interruptor de reseteo de fábrica. Uno que vaciara toda la mierda que se amontona en la sesera. Seguro que muchos hemos escuchado alguna vez a otra persona cuestionar la veracidad de una depresión o un estado de estrés, por poner un ejemplo, de una tercera; a gente que dice que eso de las enfermedades mentales es cuento y que ellos arreglaban a Fulano o Mengano con cuatro frases, que les quitaban la tontería. El individuo es inteligente; la sociedad, ignorante.

Ignoran la lucha constante en la que viven… Como si no fuesen los primeros interesados en salir adelante, en alejarse de esas cadenas que no les permiten ser al cien por cien. Igual que yo deseo volar. Tengo un hermano, al que quiero con locura, viviendo demasiado lejos de mí. Sólo lo veo cuando regresa a la isla. Es algo que me duele cada día. Ya no es visitar todos esos lugares que te pierdes y que, de todas, todas, querría conocer. Es ver a mi hermano, joder. Por eso me revienta cuando me dicen aquello de que no es para tanto, que no sea miedica. No tienen ni puta idea.

Avión

A pesar de haberlo logrado recientemente, no las tengo todas conmigo esta vez. Y es que esto va así. A veces te sientes más fuerte, otras menos… Hace tiempo que hemos reservado una preciosa villa en la costa. Está el coche esperando y un montón de planes que llevar a cabo en un fin de semana que se presenta apasionante. Tres amigos, de esos que te cuidan, han organizado todo con la idea de dar un paso más en mi lucha. Y luego yo he involucrado a otra persona, capaz de transmitirme una mayor tranquilidad, para que se desplace con nosotros, aunque luego allí tenga su itinerario propio. A poco más de veinticuatro horas, si hubiese que embarcar justo ahora, sé a ciencia cierta que no lo haría. No sé mañana, pero en este momento, no sería capaz.

Y aquí hace su aparición otro problema. La presión autoimpuesta por no joder la aventura, por no fallarles a ellos y por no decepcionar a tanta gente que piensa que voy por el buen camino. Es una carga terrible. Retroalimenta a la propia ansiedad y resulta contraproducente. Pero está ahí, rondándote la cabeza… Esto es algo que también llevan en su mochila aquellos que sufren de otro tipo de trastornos relacionados con el cerebro. No hay que decepcionar. No es una opción el mostrarse débil. O no contar el problema, porque se sentirán extraños o por el qué dirán. Es una putada. Una muy grande.

Podría seguir con esto, tratando de explicar más al respecto. Sin embargo, no creo que sea necesario. Llegado a este punto, sobran las explicaciones. Justo porque va sobre empatía. Un poco como todo en la vida. Quien haya sido capaz de entenderlo no necesitará más líneas. El que no lo haya hecho, no lo va a hacer porque yo doble estos párrafos.

Habrá quien considere que publicar esto es un signo de debilidad. Habrá quien crea lo contrario. Y en realidad solamente dos cuestiones me parecen realmente importantes: la necesidad de liberarme y la necesidad real de normalizar y concienciar sobre temas hasta no hace mucho tabú. Cada cabeza funciona de un modo distino, no hay un modelo universal.

Gracias por leer. No escribo mucho últimamente.

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David a Aurora (2 años después)

Querida Aurora.

Tú no lo sabes, pero llevas varios días en mi cabeza. De haber ocurrido tiempo atrás, ya me habría dirigido a ti, seguramente llamándote trasto y explicándote que necesito contarte algo. Lo más probable es que esa madrugada sustituyese mi insomnio por una tonelada de mensajes cruzados, alguna foto, un puñado de risas y todo el margen que nos daba tu resistencia. Y es que, en algún momento, habrías caído rendida a altas horas, presa del estrés laboral y de esa manera tan particular de ver la vida que siempre te obligó a saborear cada instante, a sacar el máximo provecho al minuto en cuestión, y que dejaba tus baterías en reserva.

De pronto apareciste en un sueño. Y me desperté imaginándote. Extraña sensación. Tan habitual en el pasado, tan inconcebible ahora. Y pude proyectar una vida que no es la que me toca. No voy a extenderme en ella, porque al fin y al cabo fue sólo la fantasía de una persona. En mi defensa diré que es algo común; eso de proyectar un camino paralelo al que en realidad recorremos. Yo lo llamo los “y si…”. Ya me entiendes. Y si hubiera ocurrido aquello o lo otro. Digo ocurrir y no hablo de hacer porque nadie decide solo. Existen tantos condicionantes, tantas variables, que es una quimera pensar que de haber tomado una u otra decisión, las cosas serían diferentes ahora mismo. Es algo que jamás se sabe y eso también me resulta un jodido milagro de la existencia. No sé, pienso que si todo fuese seguro nos perderíamos mil sensaciones: decepciones incluidas. Decepciones que, felizmente, luego nos hacen valorar mejor lo bueno que llega.

La cuestión es que esbocé un universo de sonrisas y miradas, de paseos y atardeceres, de viajes y estrellas, de secretos y playas. Mi universo. Uno que incluía todo aquello que amo y todo de lo que no me puedo desprender, y al que sumar lo que tú considerases necesario. Suena bien, incluso para quien no me conozca, o no te conozca a ti. Suena bien porque a estas visiones particulares no les adjuntamos las manías, los malos entendidos, los disgustos o las diferencias. Tal vez sea justo ésa la prueba más clara de que estos paisajes son tan idílicos como irreales. Y es que, al final, en algún momento, todos tenemos nuestras desavenencias, nuestras aflicciones, nuestras rarezas.

Al despertar el otro día me toqué la cicatriz, tu cicatriz. Los puntos de sutura nunca volvieron a abrirse, pese a que una canción, película o simple amanecer pueda transportarme por un segundo a todo eso que no fue. Porque ya sabes que, como dice Sabina, no hay mayor nostalgia que añorar lo que nunca, jamás, sucedió. Nunca sucedió y quedaron como satisfacciones fallidas, regocijos de fogueo. Pero ya no importa; al pasar mi mano sobre aquella marca, me acordé de que esa herida, la que en cierto modo me hice yo solo, una mañana, sin pretenderlo, dejó de sangrar.

Lo que ocurrió tras ese breve lapso de imaginación, fue extrañamente normal: me levanté, me encogí de hombros y me puse con mis quehaceres habituales. Como si no hubiera soñado, como si no me hubiese puesto a inventar en las sábanas; aunque solo fuera por jugar un poco con la creatividad que tan fácilmente estimulan los recuerdos.

Es justo por esto que te cuento que me apeteció tanto comentarlo contigo.

La vida es asombrosa. Y cada una es, además, única. También por lo no vivido. Por los senderos que no transitamos. El renunciar a un destino nos hace descubrir otros. No diré mejores, no diré peores. Sólo distintos. Y pueden ser maravillosos. ¿Sabes? No te puedes hacer a la idea de cuántas cosas he descubierto, cuántas personas me han sorprendido o cuántos proyectos han llegado. La de veces que he estallado en carcajadas, los miedos que he superado o los retos que han ido quedando atrás.

Recuerdo lo que me costó desintoxicarme de ti. Tu veneno me había llegado hasta el tuétano. No te voy a explicar ahora lo que cuesta dejar un vicio. ¡Vaya! ¡Qué palabra esa! Le pusieron ese nombre porque nos enganchamos a todo aquello que nos hace sentir mejor, aunque nos haga daño. Vicio, le va como anillo al dedo. Tú eras mi vicio. Siempre me sentía mejor si estabas, pero pasado el efecto, el bajón era terrible. Con el síndrome de abstinencia perdí las ganas, el apetito, la sonrisa. En ocasiones rebuscaba en los bolsillos, ya vacíos de tus frases, ordenaba los cajones donde guardaba mis mejores armas para iluminarte, hurgaba en la basura, repleta de esperanza y leía aquellas declaraciones sinceras de un corazón que no me consultó antes de apostar por ti, ni se detuvo a preguntarte si tú querías participar de su júbilo. Bueno, pues no te lo vas a creer, pero hoy miro atrás y reconozco belleza en todo aquello. En recomponer agonía, en recoger pedacitos de entusiasmo útil con los que rearmar mis entrañas. Hay felicidad en la reconstrucción. Al final, la vida siempre renace, como una orquídea que encuentra sol en invierno y, cabezota ella, vuelve a florecer.

Sí, chiquilla, desde aquel sueño me ha apetecido hablar contigo. Del milagro de la vida. De la tuya, de la mía o de la de cualquier otra persona. De los renacimientos. Me ha apetecido hablar de todas las cosas que siempre nos interesaron y compartíamos, aunque ya no tanto de las que tenían que ver con el corazón. De las mascotas, la comida, el cine o el trabajo. También de las menos importantes. Hablar de lo que hablan y cómo hablan los que se quieren, pero no de aquella manera. Porque quererte, te sigo queriendo.

Sólo que no de aquella manera…

David.

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* Viene del libro “Cartas a destiempo” (https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228).

Han pasado dos años. Y David, por fin, puede dirigirse de nuevo a Aurora… 😉

 

* Fotos: Fotolia y Cartas a destiempo.

Detrás del miedo

Veinte años no es nada, cantaba Carlos Gardel. Pero vaya si lo son. Lo son cuando te dejas mil cosas por el camino. Veinte años, o veintidós en este caso. El que es mi caso. Si la salud nos respeta veinte años pueden ser prácticamente un cuarto de nuestra existencia. Pero si no somos tan afortunados pueden ser un tercio. Quizá la mitad. O pueden ser incluso menos, que nunca se sabe. La vida no pregunta.

Veinte años se van en un suspiro. Aunque también pueden parecer una eternidad. Porque todo es relativo. Porque aunque seguramente yo no haya dejado de hacer cosas, me he perdido demasiado. Veinte años regateando al miedo son mucho más que veinte años. La vida entonces deja de medirse en tiempo, para pasar a hacerlo en experiencias vividas u oportunidades desaprovechadas.

Llegué a casa ya de noche. Me senté a digerir la experiencia del día. Liberar la tensión en el sofá dio paso a un severo dolor de cabeza. Así, opté por ese remedio que es para mí una ducha hirviendo. No sé por qué me gusta tan caliente. Pero desde siempre, ahí, alejado de todo, he sido capaz de ordenar mis pensamientos y entender mis estados de ánimo. Fue entonces cuando tomé conciencia. Inmediatamente me sentí absolutamente liberado y el agua comenzó a mezclarse con mis lágrimas. Que veinte años no son nada, dicen. Y una mierda en este caso. Veinte años limitado…

El miedo es un hijo de puta. Y el miedo al miedo es el padre cabrón de ese hijo de puta. Porque tener miedo es algo inevitable. Te ocurre, en un momento u otro. Por un motivo u otro. Es natural, hasta sensato según la coyuntura. Pero anticipar ese miedo porque ya tu cabeza imagina que lo vas a sentir, eso ya tiene otro nombre.

A veces hay experiencias que te marcan. Las negativas, sobre todo, se graban a fuego. Y una de ellas consiguió bloquearme un día. Desde entonces traté de convencerme de que algunas cosas no son tan importantes. De que conocer otros lugares no es tan importante. Visitar a mis allegados o amigos que están lejos, no es tan importante (al fin y al cabo, suelen regresar cada cierto tiempo). Soñar no es tan importante. Y dejé de viajar en avión, con lo que esto supone cuando vives en una isla, alejado de demasiados sitios.

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Hay algo que debemos tener presente. El miedo hace que no seas tú al completo. El miedo te transforma en una versión menor de ti mismo. Todos tenemos miedo a algo. Puto miedo, en mi caso, a volar. Puto miedo a cambiar de trabajo. Puto miedo a pedirle el teléfono a esa persona que te mola. Puto miedo a ser sincero con un amigo por no molestarle. Puto miedo a mandar a la mierda a quien no te merece. Puto miedo a hablar en público. Puto miedo a dar un paso adelante. Puto miedo a decir te quiero cuando toca (muchas veces lo hacemos tarde). Puto miedo a fallar. Puto miedo a que te digan que no. Puto miedo a salir de la zona de confort. Puto miedo. Puto miedo.

Recientemente vi un vídeo en el que Will Smith explicaba que las mejores cosas están al otro lado del terror. El pánico nace a partir de nuestro instinto de supervivencia. Es un regalo de nuestros antepasados. Es un estado que los ponía en alerta y los preparaba para huir si por necesidad procedía. Y nosotros, de algún modo, lo hemos heredado. Sin embargo, nuestro conocimiento es más amplio. ¿O acaso yo no sé que el avión es el medio de transporte más seguro que existe? Racionalmente es absurda mi fobia. Pero es que el terror tampoco es racional. La clave está en esa frase de Will Smith y si realmente quieres alcanzar las mejores cosas.

Si la respuesta a esa cuestión es afirmativa, existen medios para ello. Por ejemplo, no pasa nada por ponerte en manos de un especialista. Yo llevo meses en terapia. Mi psicólogo se llama Sergio. Es un fenómeno. Cuando entré por primera vez en su consulta estaba aterrado. El solo hecho de hacer partícipe a un desconocido de mi problema ya me creaba angustia. Poco a poco ha sabido reconducir la situación. ¿Saben por qué? Porque se dedica a eso. Porque es un profesional de los problemas mentales. Ir a un psicólogo no significa estar loco. Y no debería dar vergüenza. ¿Acaso no vas a un médico cuando te resfrías? Esto es lo mismo. Si la materia gris te está poniendo obstáculos, intenta solucionarlo.

Y por supuesto, tampoco pasa nada por apoyarte en la gente que se preocupa por ti. Que fijo que la hay. Fíate de quien te quiere. De quien te quiere de verdad. De esas personas a las que les dices que te apetece verlas y las ves, porque ellas hacen para que así sea. A las que les propones un plan y cumplen. Filtra. Esos que son un sí, para luego ser un ya veremos y al final acaban siendo un no cuando les surge algo mejor, descártalos. Al menos para cosas serias. Yo tengo suerte. Cuando le comenté a Sergio, en nuestra última sesión, que iríamos once personas en el vuelo, me contestó que a mí deben quererme mucho. Seguramente sí. Posiblemente más de lo que merezca. Se trata de algo acojonante. Todos tenemos colegas o familia que desean lo mejor y están si es necesario. Permanece atento a quien te quiere de verdad. Y pídeles que te echen un cable. Joder, ¿no lo harías a la inversa? Que tampoco es malo dejarnos salvar alguna vez. Ojo, no quiero decir que nos acostumbremos. Solo que analicemos, y que aunque seamos nosotros quienes tengamos que resolver nuestros propios problemas, nos abramos, que no va a venir mal. Yo no sé si hubiera sido capaz de conseguir lo de hoy sin ellos. Sinceramente, pienso que no. Y no creo que sea menos digno por admitirlo. Fue grandioso ver sus rostros de satisfacción, de alegría, cuando lo logré.  Bueno, cuando lo logramos. Ellos son tan sencillos que no se ponen medallas. Pero la realidad es que lo hicimos juntos.

Yo sé que me queda mucho camino por recorrer. Lo de hoy no ha sido más que un asalto. Y esto es una carrera de fondo. Algo que me va a llevar mucho tiempo normalizar. ¿Pero saben qué? Me voy a la cama mucho más feliz. Porque he sido capaz de mirar a los ojos al miedo. Y le he dicho que ahora no le va a ser tan fácil. Que llevo tiempo preparándome para hacerle frente. Porque, sencillamente, quiero dejar de perderme todo eso que se esconde tras él.

Instrospección

Es martes. Bastante tarde. Casi miércoles. Y me ha apetecido darle a las teclas. Ayer un amigo pasó un texto, por un grupo de whatsapp, que alguien había escrito el día en el que cumplía 39 años. Me vi reflejado de inmediato. Una niña había llamado ‘señor’ al autor y ello provocó en él una profunda reflexión sobre el tiempo que llevaba en este mundo y el que le quedaba por delante. Acto seguido, justo tras hacer esa valoración, enumeraba en ese escrito una lista de 21 cosas que hace 10 años no sabía. Debo admitir que el repertorio es maravilloso. Al completo. En mi caso, algunos de esos puntos han provocado que le dé al coco. Irremediablemente. Quizá porque voy madurando y, con ello, entendiendo. Ojo, madurar no es añadir otro dígito a la cuenta en cada aniversario, como tampoco es ser adulto. Creo que pese a la edad, nunca nos vemos mayores (aunque reconozcamos costumbres de, según nuestra perspectiva, gente mayor). Desde mi punto de vista, madurar es saber valorar más determinadas cosas o cambiar procedimientos buscando propósitos concretos. Uno de ellos podría ser actuar diferente para, de este modo, ser mejores; buena gente, vamos. Porque queremos que nos piensen así. Pero, aunque a veces lo creamos, en ocasiones no lo somos tanto. Principalmente porque el ser humano es egoísta por naturaleza. Consciente o inconscientemente, no deja de ser una realidad, nos guste más o menos.

Cuidado. Que yo no digo que esté mal pensar en primera persona. Incluso añado: el auto respeto es igual de importante que el respeto por el otro. Por tanto, considero obligatorio buscar nuestra propia felicidad. Hace años, cuando yo no lo tenía tan claro, una amiga me envió una postal con la siguiente frase: “La relación más importante y significativa de la vida es la que tenemos con nosotros mismos”. Aún la conservo. De hecho, acabo de cogerla para releerla. La tengo siempre a mano porque para mí tiene un valor sentimental inexplicable. Por el momento en el que me llegó (que no era bueno), por quién me la envió, y porque desde entonces esa amistad no ha hecho más que crecer. Y esto me da pie para exponer los pensamientos que brotaron a partir de lo que leí, ya que tienen que ver con el significado e importancia de la amistad.

Respeta a tus amigos. Y trátalos bien. Decía el listado que contestemos cuando nuestros amigos nos llamen o escriban, y que no le echemos cebolla a la tortilla si sabemos que no les gusta. Me hizo gracia ese punto. Los pequeños detalles son la clave. ¿Sabéis? Igual hay cosas que nosotros intuimos triviales, pero que no lo son para ellos. Procede pues hacer un ejercicio de empatía; ponernos en su lugar y darles el valor que tienen. Sobre todo, no debemos dejarles llevar solos el peso de la amistad. Que en ocasiones nos abandonamos, y si ellos no nos envían un mensaje, ni nos acordamos. Y encima hay momentos en que somos capaces de no responder. A mí me ha pasado, lo he hecho, bien lo saben quiénes me rodean. Porque soy un despistado, aunque no sea justificación. No sé ni cuántas veces me he avergonzado tras encontrar una conversación en el móvil que dejé para luego. Y luego’ no llegó hasta tarde. ¿Qué nos pasa? No es tan difícil escribir un “después te respondo” o dedicar un par de minutos a esa persona que se acordó de nosotros.

¿Os cuento un secreto? Todos la jodemos. Y este es otro aspecto a tener en cuenta. Las decepciones forman parte de la vida. Lo que ocurre es que solo nos decepcionan las personas que nos importan, precisamente porque son ellas las que significan algo para nosotros. La decepción trae enfados. Y si es constante, indiferencia. Personalmente prefiero, de personas a las que quiero, lo primero a lo segundo. Que un enfado es de arreglo más sencillo. Oye, que tampoco es hacer un drama con las decepciones en general, se trata de la magnitud de las mismas: somos humanos, no siempre nos van a gustar las decisiones o actitudes de otros, ni a ellos las nuestras. A veces, incluso, decepcionamos sin querer, sin voluntad de hacerlo. Sin embargo, hay acciones reconocibles que sabemos que no van a gustar. Esas son las que podemos solucionar. ¡Yo qué sé! Si le hemos fallado a alguien, mejor intentar no volver a hacerlo, Y tampoco está de más pedir disculpas. Eso sí, si vas a excusarte con algo, que sea creíble. Se trata de mostrar respeto.

Volviendo a las llamadas y mensajes. A mí me pasa que soy muy malo por teléfono. Cuando digo malo me refiero a que a veces puedo parecer seco (y eso que he dejado de poner el punto al final de la frase en los mensajes…) No, en serio. Me ocurre. Me lo han explicado más de una vez. De modo que por eso me gusta, siempre que puedo, quedar en persona. Si hay algo bonito que entregar a los amigos es tiempo. Ni regalos, ni leches. Tiempo. Y que no se nos olvide, el tiempo de cualquiera de ellos vale exactamente lo mismo que el nuestro. No los pongas como segunda opción. Alguien una vez me dijo: “si un día no puedes quedar, no lo hagas”. En aquella época yo quería estar en todas partes a la vez. Eso no funciona. Si crees que no vas a poder, no des largas. Sé claro. Queriendo quedar bien, en ocasiones quedamos mal. Que todos tenemos prioridades o días tontos en los que nos apetece no salir de casa y ver una peli. Pero oye, si te has comprometido, intenta cumplir. Que lo contrario jode mucho.

Y para finalizar, cambio de tercio. Uno de esos 21 puntos comentados al principio hacía referencia a plantearnos qué somos o cómo nos ven. Yo quiero apuntar que somos un poco gilipollas si pensamos que nos define aquello que creemos que somos. O lo que mostramos en redes sociales. No somos nada de eso. Igual que no somos nuestra profesión, ni nuestro dinero, ni nuestra vestimenta, ni nuestra casa o coche. No somos lo que podemos permitirnos. Y en mi caso, tampoco lo que pueda escribir aquí. Únicamente somos lo que hacemos. Nos definen nuestros actos. Ni más, ni menos. Intentar ser mejor sencillamente es tratar de ser bueno. Si todos pensamos en ello, sabemos cómo. Claro que hay que desearlo de verdad. Y llevarlo a la práctica. Como todo, es una rutina. Igual que salir a correr, ir al gimnasio o habituarse a unos horarios. Pongo ejemplos que nos ayudan lucir (por fuera). Pero lo de dentro se cultiva igual, con interés.

Bueno, no sé por qué hoy me dio el punto. Y no sé si esto es un escrito para los demás o una declaración de intenciones. Porque yo tampoco soy el paradigma de lo que he expuesto. Se me escapan muchas cosas. Eso sí, quiero intentar serlo. O, al menos, acercarme a serlo. Estaría bien.

Bonus: mientras redactaba este post una canción no dejaba de sonar en mi cabeza…

Mi fobia

FOBIA (RAE): Temor angustioso e incontrolable ante ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión.

La clave de todo es esta definición. Se sabe absurdo. Tal cual. Pero no importa. Dan igual todas esas explicaciones lógicas que intenten contrarrestar esa situación. Esto no atiende a cuestiones razonables, va por su cuenta y es muy complicado hacer frente a ello.

Esta semana varias personas me han dicho que ya no escribo. No es del todo exacto. Sí que lo hago. En realidad no paro de escribir. Casi siempre para mí. Es oxígeno. Claro que ellas se referían al blog. A este blog, que he tenido aparcado porque al fin y al cabo, no vivo de él. Y aunque volcar en este espacio todo eso que me ronda por la cabeza sigue siendo una gran vía de escape, en ocasiones simplemente no salen palabras óptimas merecedoras de compartirse, o no apetece… O lo que sea. Hay periodos de mayor inspiración que otros y ya está. Aparte de que un propósito que tengo entre manos, y que de momento camina correctamente, me exprime y por eso quede tan poco para demás menesteres. Pero hoy hago una pausa, necesaria, y me vengo a este rincón.

El motivo no es otro que compartir mi mayor fobia. Tal vez relatarla, normalizarla, me ayude progresivamente a superarla. O tal vez un lector cualquiera se vea en mis frases y sienta alivio, ¿por qué no? Por otra parte entiendo, pese a todo, que no es algo de lo que avergonzarse. Aunque el hecho de que pocas personas me comprendan, es en ocasiones una presión añadida que desnivela mi balanza. Y sin equilibrio, sin estabilidad, voy jodido. Al menos yo.

Quizás saque esto a la luz justo ahora porque una circunstancia choca frontalmente con mi problema. Porque estoy frustrado con lo que estoy viviendo estos días, pese a que deberían ser de esperanza total. No voy a contar exactamente el asunto en cuestión, pero voy a hacer un paralelismo tratando de que cada cual pueda identificarse. Creemos la atmósfera: imagínense en su puesto de trabajo. Cada uno en lo que haga. O en casa, o estudiando una carrera, da igual. Pero siendo conscientes de las aspiraciones que tienen en la vida. Y por lo que sea se dan una serie de factores, situaciones y coincidencias que acaban en la oportunidad de hacer eso que saben, con el mejor en su campo. Llega esa empresa o persona referente en el sector X del que sienten que forman parte, y tras observar una muestra de tu trabajo, les comunica que el interés es alto y que fija una fecha para un encuentro cara a cara. La ocasión que esperabas está ahí, solo tienes que cogerla.

Volvemos a mí. Cuando duermo, a lo largo de muchos años, un sueño se ha repetido con diferentes grados de frecuencia. Voy por la calle. Da igual el contexto. Puedo ir conduciendo, caminando con un amigo, paseando a mi perra, charlando por fin con la chica que me gusta (como ya he dicho, es mi sueño), o respondiendo a un whatsapp. Lo que quieran imaginar. Y un avión se precipita contra el suelo. Sin más. Levanto la cabeza y sé que va a pasar. Y sucede. Entonces despierto.

Hacía tiempo que no lloraba. Esto de decir que se llora igual no está bien visto, pero es lo que hay. Quienes creen que es síntoma de debilidad no se enteran. Para mí es todo lo contrario. La gente llora. Y no se es menos valiente por ello. Responde a nuestra naturaleza. En la vida pasamos por etapas en las que derramamos más o menos lágrimas. Es así. Ayer me ocurrió. No pude más. Angustia, rabia, agotamiento. Me sentía como una olla exprés a punto de estallar.

Lo explico…

El martes por la mañana debería estar en Madrid (vivo en Tenerife). Tengo esa reunión que todos siempre esperamos. En la que puede que no ocurra nada y el proyecto se vaya por el sumidero, o en la que puede cambiarme la vida y sea el comienzo de algo grande. Resulta que no voy a estar presente. Lo bueno es que el proyecto en cuestión es bicéfalo. La otra mitad de esto que tanto me ilusiona vive en Madrid, y sé que puedo estar tranquilo. Mi confianza y fe en su capacidad son absolutas. Y salga bien o mal, es algo que no hubiera hecho sin su participación. Así que en ese sentido, me siento respaldado y seguro. Pero por otra parte, entiendo que en esta toma de contacto lo normal sería que yo también estuviese presente. Porque se trata de lo que se trata, con todo lo que ello conlleva. E incluso por respeto.

He comentado esto en mi círculo más cercano. Dos horas y media no son nada, insisten. Y la recompensa puede ser gigantesca. Sé que me quieren y que tras su insistencia está ese deseo de que todo me vaya bien. Me desean lo mejor, no tengo dudas. Jamás recelaría de la gente que ha querido rodearme. Pero no viven dentro de mí. Cada persona es un mundo y sus demonios son solo suyos. Por más que yo intente explicarles, no van a discernirlo. En las últimas 72 horas he abierto páginas para buscar vuelos e inmediatamente han aparecido signos que acaban derivando en ansiedad. No sé cuántos de los que leen esto han sufrido un ataque de pánico o han pasado por estados de ansiedad prolongados. Hace algunos años, una vida cuyos cimientos parecían sólidos se me vino abajo. No quedó más pilar que el de mi familia y amigos que nunca dejaron de estar, y no hablo de presencia física. Esto desencadenó en crisis de ansiedad que me provocaban taquicardias. Recuerdo haber sentido que perdía el conocimiento en más de una ocasión. El cuerpo va así; te crea un estado de alerta máxima ante una realidad diferente. Y si no le haces caso, desconecta. Mi vía de escape era mi coche. Conducir me calmaba. Aún hoy, cuando tengo nubarrones en mi cabeza y necesito aclararme con respecto a algo, cojo las llaves y me doy un paseo. Abro la ventana y respiro. Hace mucho de aquel proceso y por fortuna es pasado. Sin embargo, lo de volar ha permanecido, y la sensación se asemeja.

Imaginen lo peor que pueden vivir. La peor situación. ¿A qué le tienen pánico? Mi terror siguen siendo los aviones. Y no me veo encerrado en uno tanto tiempo. Cuando alguien me invita a que le cuente mis porqués, sé que todo le va a resultar irracional. Me hablan del despegue y aterrizaje como si fuese eso lo que me preocupa. Son los mejores momentos para mí, sobre todo el segundo. Luego me saltan con las estadísticas. Que si en un coche es más probable que te ocurra algo. Por supuesto. Se trata de la sensación de control. En un coche puede llegar un loco y sesgar mi vida, pero mientras, el que lleva el volante en mi vehículo soy yo. Incluso tengo un buen amigo piloto que realmente me convenció de que ahí arriba no le va a ocurrir nada a la aeronave. Y sé que es verdad. Pero es que es otra cosa. Una crisis de ansiedad a 12.000 metros suena fatal. En medio del océano, peor. Y siendo consciente de que pueden quedar horas para salir de allí, ni te cuento.

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La gente me dice que no tiene sentido, que ya he volado antes. Claro. Si he ido un puñado de veces a la península y no me he movido a todas mis islas en barco. Pero eso fue, no es… Otros me miran y me dicen que debo conocer mundo, que a dónde voy así, que lo que me estoy perdiendo. ¡Joder! ¿Acaso alguien en su sano juicio puede llegar a pensar que no me apetecería? ¿Que no quiero contemplar el Big Ben o pasear por los Campos Elíseos? ¿Qué no deseo visitar museos, estadios, monumentos y paisajes? ¿Que no me he imaginado descubriendo Dubrovnik, San Petersburgo, Ámsterdam o Venecia? Es absurdo. Quiero como el que más. Posiblemente más que toda esa gente que no para de viajar. Me muero de ganas. Y por si fuera poco, añado; quienes conocen a mi familia saben que tengo un hermano que ha viajado más que el tío de los Fraggle Rock. Se ha recorrido casi cada rincón de Europa, ha estado varias veces en Sudamérica, ha disfrutado de Irán o ha veraneado en Bali… En serio, claro que a mí también me gustaría.

Lo peor que llevo es sentirme culpable. La sensación de imposibilidad, de no ser capaz, va minando la moral. Siento el abrazo de la frustración y la rabia de la impotencia. Miro alrededor y veo caras tristes, porque mi rival me esté ganando la partida. Porque me tiene cogido por donde más me duele y no soy capaz revertir el escenario. Me siento culpable por decepcionar a gente que planea viajes imaginando que el día menos pensado me voy a unir en la aventura. Me siento culpable porque mi cabeza sufre las consecuencias hasta que llega el momento en que me subo por las paredes, quiero gritar para no asfixiarme y lagrimeo persiguiendo el desahogo.

Comparto esto hoy porque estoy cansado de mensajes positivos. Del “tú puedes” de los Mr. Wonderful o la repetición de frases motivacionales sacadas de cualquier libro del Coelho de turno. La realidad es que esto solo se supera con terapia… Cuando se logra superar. Yo estoy en ello. En octubre tengo decidido desplazarme a La Palma en avión. Vuelo corto acompañado por mis hermanos y primos. Tratar de gestionar media hora es el primer paso. ¡Mierda! Quiero ser capaz…

El asunto que ha provocado este post, si nada se tuerce, acabará llevándome a Madrid próximamente. Un barco, que sale cada jueves, tarda 28 horas en alcanzar el Puerto de Huelva. Tal vez ese sea el remedio. Ya que si no consigo volar, tampoco pienso bajar la mirada, pues no hay afrenta. Sigo siendo yo.

El propósito real de este escrito (una vez explicado el motivo que lo origina) es normalizar una situación, un trauma, una traba. Poder extenderlo al resto. Que mucha gente está bregando su propia batalla y no hay nada de malo en ello. Que no, que no se es menos digno por reconocer que existen grietas, o que ante determinadas coyunturas jugamos en desventaja. Porque no todo tiene por qué ser fantástico, solo auténtico. Nuestras complejidades no nos hacen mejores ni peores, únicamente diferentes. Pero tan válidos como los demás.

Y como último objetivo, una sugerencia a todas esas personas que desde fuera presionan a otras, la mayoría de las veces inconscientemente: no sean tan exigentes, no insistan si la afectada o el afectado dice que no se siente cómodo. Porque resulta contraproducente. Sé de lo que hablo.

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“Yo comprendí que la vida es linda, pero no es un cuento de hadas”. Danay Suárez.

PD: gracias, Hari. Pequeñas cosas como las de ayer son las que me salvan la vida.

Esfuerzos

¿Cuánto cuestan nuestros esfuerzos? Así, en general. ¿Qué tanto te involucras en lo que haces? Te venden desde los rincones del optimismo que si pones todo de tu parte la recompensa llegará tarde o temprano. Pero esto no es cierto. No quiero decir que no debamos dar lo que esté en nuestra mano por lograr un fin, sino que también sería bueno reconocer el terreno. Y, por encima de todo, tener presente que nadie puede controlar todos los factores que intervienen en la causa referida.

Así, cuando pensamos en aventurarnos en un proyecto empresarial, lo suyo es hacer una valoración previa de mercado que incluya la mayor cantidad de variables y factores posibles, para, después de ponernos en el peor escenario, saber con qué garantías contamos.

Hasta ahí todo correcto, ¿eh? Y es que siempre resulta más sencillo cuando no hay personas de por medio. Es más fácil todo lo que no tiene que ver con emociones.

De modo que vamos lo que vamos…

El otro día tropecé con un tweet que rezaba: “SPOILER: todo el mundo os decepcionará”. Esto no es para nada cierto. Solo existe decepción cuando se crean expectativas. Y ahí la culpa casi siempre es nuestra. Porque nos venimos arriba en menos de nada. Quizás debido a que nos apetece. A que adivinamos particularidades en otros que se asemejan a nuestra personalidad. Y pensamos en lo que molaría compartir tal o cual cosa. De modo que perdemos perspectiva, con todo lo que ello conlleva. No nos va a decepcionar cada individuo, por supuesto que no. Nos decepcionarán aquellos en quien nos empeñamos cuando no actúen como pretendemos. Así que tal vez esa decepción la proyectamos nosotros mismos.

Por otra parte, seguro que nos ha pasado que nos esforzamos en agradar a alguien. A alguien que nos gusta, principalmente. Sin embargo, no se puede forzar a nadie a que nos conozca. Porque puede tener otras prioridades. O sencillamente otros modelos en los que tú no encajas.

A veces pasa que tampoco damos tiempo. Por ese asunto de la inmediatez de una sociedad que nos ha hecho impacientes. Esto es un problema para quienes les cuesta hablar de sí mismos, porque jamás van a impresionar a la primera. Y casi seguro que tampoco a la segunda. Hay quien tarda bastante en mostrarse. Tiene gracia que luego, en ocasiones, que sea la gente a la que más mola conocer. Claro que esto va por ritmos, y no siempre hay sujetos dispuestos a descubrir o dejar que los descubran.

También están las situaciones en las que para alguien no eres lo que tú desearías. A mí me ha pasado. Y a todas las personas les ocurre. Que una conversación profunda, una mirada, un beso, o un directamente un polvo, no tiene que significar lo mismo para una que para la otra. Que en esto de los sentimientos la reciprocidad no es obligación. Lo grandioso sería que se diera. Pero… ¿Quién domina eso? Es una putada tremenda. Si estás atrapado y despiertas con un mensaje de buenos días una mañana cualquiera, ya piensas que eres especial. O, yendo más lejos, si duermes en (la) cama ajena, te vienes arriba y crees que hay algo real. Es una jodienda, porque puedes estar equivocado en ambos casos. Y no es culpa de la otra persona. Reconócelo, si no te molase tanto, ¿le darías tú esa gran importancia? Aquí volvemos a aquello de las expectativas.

Me estoy liando… ¡Al grano!

El otro día debatíamos unos amigos sobre todas estas cuestiones. Poniendo sobre la mesa experiencias varias (véanse los ejemplos expuestos antes). Y, como en tantas oportunidades ocurre, una voz femenina nos dio la clave: “a veces centramos nuestros esfuerzos en personas equivocadas; no porque no sean buenas, sino porque simplemente están a otra cosa, o porque no es el momento”. Yo añado: o por lo que sea.

Las cuestión es que sus palabras fueron todo un directo de realidad para algunos de los presentes. Y es que soñar está bien, pero solo si ello no te impide seguir despierto.

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Entendiendo esto, ahora vuelvo a soltar la pregunta: ¿cuánto cuestan nuestros esfuerzos? ¿Y cuándo realmente lo valen?

En lo personal, digo…

Por otra parte, sería bueno apuntar hacia quien muestre interés real.

Rocío

Breve extracto de “Cartas a Destiempo”.

Rocío, un personaje real. El único de ellos que conserva su verdadero nombre en el libro. Rocío, un milagro. Un ejemplo de actitud ante la adversidad.

Únicamente quería compartir este párrafo, en el que ella es protagonista…

“Mientras caminaba rumbo a casa, David regresó varios lustros en el tiempo. Cuando tenía 19 años, compaginaba sus estudios con un trabajo que le daba para ir pagando sus gastos. Asistía por las noches al instituto para sacar ese curso que no pudo completar debido a que las necesidades de la familia le obligaron a tomar una decisión. Y dos de esos años solo trabajó. Una vez aliviada la economía, aceptó un empleo de media jornada como celador en una empresa de transportes. Cada mañana su despertador sonaba a las seis, y tres cuartos de hora más tarde, debía estar en el garaje. A lo largo de la jornada completaba hasta cinco desplazamientos. El primero de la mañana era su favorito. Su compañero, el chófer, y él, recogían y llevaban en autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psíquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos treinta muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarse de que todo estaba en orden antes de arrancar, se dirigía a la parte anterior del vehículo, para sentarse siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía una enfermedad degenerativa que iba paralizando sus músculos lentamente. Rocío, una joven inteligente, amable, y siempre sonriente. Se trataba de alguien tan especial… Apenas superaba la veintena de años, pero le enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada había logrado. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, iban a tener que fallecer todos los que se tropezaron en un momento u otro con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Cuando David sentía que el día se teñía de gris, Rocío conseguía apartar las nubes y colar a través de ellas rayos de sol. Dibujaba un arcoíris de la nada, y con su actitud contagiaba a todo el que le rodeaba. A veces, David la notaba pensativa. Imaginaba que le estaba dando vueltas a la cabeza, y a su estado. Sin embargo, ella jamás se entristeció por ello. Daba gracias por cada día extra que se le permitía disfrutar, y planeaba las cosas como si no hubiese un final. Vivía el presente, que, al fin y al cabo, es lo que nos corresponde. Con la sencillez de un niño, con la calma de un anciano. No dejando escapar ni un solo momento, pero entendiendo los tiempos de los mismos. Sin duda, Rocío era una persona exitosa, y lo iba a ser durante el resto de su vida. Durase lo que durase”.

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