Mecanismos incorrectos

Hay personas que funcionan de otra manera, que son más complicadas. Les cuesta mucho decir según qué cosas. No todo el mundo lo entiende. Quizá porque en realidad es difícil de entender. Estas personas también vienen con sentimientos, aunque no lo parezca. Pero a veces, no son capaces de expresar lo que llevan dentro. Y en otras ocasiones, se lo guardan. Normalmente porque ya les han hecho daño antes. O porque creen que la respuesta que van a obtener de quien les interesa será un no.

Esta gente quiere avanzar, y no puede. Y se frustran. De modo que no hacen nada. Se quedan ahí, parados, en stand-by, creyendo erróneamente que el tiempo pondrá las cosas en su lugar… O a lo mejor creyendo acertadamente. Y es que igual lo pone en su lugar, solo que no es el que ellos creían que debía ser. Imagino que si no muestran interés de un modo más serio, si no son capaces de decir que sienten otro tipo de atracción, o si una vez dicho se impacientan, lo lógico sea que se vayan de vacío; habiendo perdido con ello un tiempo precioso.

Para estos sujetos fue una mierda en su día perder lo que tuvieron, y ahora es una mierda perder lo que ni siquiera han tenido. O lo que sí tienen pero no como aspiran a tenerlo. O lo que sin darse cuenta tal vez tienen solo que de una forma diferente.

Hay que hacer algo con ellos.

Por fortuna, la mayoría de estos individuos están rodeados de amigos que les demuestran amor. Y que independientemente de los “te o dije”, les tienden la mano y los levantan tantas veces como sea necesario. Resulta extraño como para esas amistades son tan fantásticos, cuando ni ellos mismos son muchas veces capaces de verlo.

¿Y sabéis qué pienso? Que aunque sea por esos que siempre empujan, esta gente tiene que convencerse de que no queda otra que seguir avanzando. Y modificar comportamientos. Ni unos ni otros merecen que no levanten la cabeza…

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Para los wawers y mis hermanos de enfrente.

Aparco el blog por un tiempo. Tengo cosas que hacer.

¡Hasta la vista!

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Maldita distancia necesaria

De cuando dos se entienden y valoran, pero crece el sentimiento por una de las partes, solo por una. Una historia que se repite a menudo, aquí y allá, con diferentes protagonistas.

Una mañana él se dio cuenta. Lo que le ocurría, lo que descubría, quería contárselo, enseñárselo a ella antes que a nadie. Tratarlo, hablarlo… Siempre brotaba en su mente cuando se sorprendía con cada nueva revelación, con cada hallazgo. Desde lo trascendental a lo más sencillo. Cualquier detalle sin importancia sabía que iba a ser de su agrado, pues tenían tantas cosas en común que incluso llegó a asombrarse por ello. El deseo de compartir le reveló entonces que en sus ideas ella brillaba con luz propia y brotaba por encima de cualquier fantasía. Él no sabe por qué le sorprendió, pues todo en esa mujer apuntaba directamente a la base de sus cimientos.

El cambio propició que de pronto, motivado porque la pensaba más de la cuenta, los días acabaran pareciéndose demasiado a su reflejo. Había caído irremediablemente en sus manos y quería vivir. En solo un instante aquella muchacha dejó de ser una más, a pesar de que ella ni se inmutara. Era como si no fuera consigo, como si se tratase de algo trivial. No parecía percatarse de que el mundo se había frenado en seco. De un modo inevitable, se convertiría para él en el estribillo de sus mejores ratos y de pronto comenzó a descontar los minutos que precedían su siguiente conversación. Presentía adivinar sus gestos en la distancia y casi creía poder respirar el mismo aire que ella.

Una utopía. Ella no quería compartir su oxígeno. No con él. O, al menos, no así. A pesar de que le reservara en su mente una fracción de su tiempo cada día… Puedo llegar a asegurar sin temor al error que le consideraba su amigo, incluso tal vez, no cualquier amigo. De manera que igualmente, a ella él le dolía, solo que distinto.

Tras poner las cartas sobre la mesa, perdió claramente la partida. Boca arriba la bajara y una jugada que no admitía ni siquiera un farol. Consecuentemente, él debió alejarse. No importan las maneras, o lo adecuado del momento. Se presentaba una herida cada vez más enconada que no cerraba, y por la que se le escapaba el sentido sin querer. Correspondía huir, porque después de cada rato compartido, el vacío posterior lo volvía todo gris. Intentando salir ileso, acabó recogiendo los escombros de lo que quedaba tras el huracán de su musa. Mientras ella intentaba conservar todo lo bueno que creó aquel extraño vínculo, a él le pesaban cada una de las frases que deseaba decirle y ya no podía. De modo que a sabiendas de que le haría daño con sus palabras, las usó como lanza para atravesar su entereza, para romper su insistencia, para minar su paciencia. Y es que no, no podía flotar con ella cerca, no de ese modo, pese a que la chica se ofreciese a tender su mano si se hundía. Aquellas alas no soportaban el peso de todo lo que él aglomeró en su pecho. Tuvo que partir, sin consenso, sin conformidad. Era la única manera de que el tiempo y el espacio hicieran su trabajo y reparasen esa grieta por la que se le escapaba el alma.

Enfado. Decepción. Dolor. Rabia. Impotencia. Tristeza.

Maldita distancia necesaria.

Irse

Él ahora es mudo, sordo, ciego. Es invisible. Queriendo Sabiendo (no) estar. A una distancia prudencial. La correcta, la adecuada. La debida para no volver a mostrarle sus adentros, a diseccionar de nuevo su corazón. Aunque la justa para, si algún día a ella le duele el entendimiento o necesita de sus remedios, poder llegar a su lado en tan solo un suspiro.

Y hoy… Hoy él simplemente anhela algo que ella ya sabe. Que más adelante ojalá vuelvan a ser amigos, a hablar cada día y cada noche, a contarse y aconsejarse. Ojalá vuelvan a saber cómo hacerse sentir mejor, a alegrarse las horas y reírse de nuevo. Ojalá adivinen que vuelven a provocar la sonrisa del otro en la distancia. Ojalá todo vuelva. Él vuelva y ella vuelva. Sin saber de qué manera. Pero que vuelvan. Y sobre todo, que estén de acuerdo en el modo.

Porque él la echa de menos cada día. Y puede que, a su manera, ella a él también.

La historia de ellos. La historia de tantos…

Renacimiento

Ésta es la historia de un muchacho que había olvidado sentir, pero que se curó sanando…

Se conocieron por casualidad. Aunque realmente no es así. Supieron de la existencia del otro, que no es lo mismo. Buena sintonía propiciada por intereses comunes crearon un vínculo de amistad fuera del círculo habitual de cada uno. Conversaciones distendidas que lograban evadirlos de la realidad y les daban un enfoque de la vida que no iba a ser parcial, pues no estarían condicionadas por intereses, ni viciadas por un mundo repetido hasta el infinito. Ratitos de escape, tiempo desocupado a rellenar. Ni más, ni menos.

Hasta que de pronto, un día él la vio sangrar. Reconoció sus heridas en ese espejo y en una noche de arrebato creó en papel virtual un apósito para ella, una venda para un alma que en aquel instante amagaba teñirse de gris. Y no, no esperaba nada a cambio.

Por entonces él había dejado su esencia a un lado, cambió su forma tiempo atrás. Recubrió su corazón con cemento y, aunque seguía pensando en los demás, comenzó a existir de otro modo. Sin arriesgarse, sin grietas, sin daños. Sus entrañas ya no eran cosa de nadie; terreno vedado para quien quisiera acercarse a comprobar si conservaba el pulso tras su piel. Más tranquilo, más seguro, más confiado… Menos vulnerable. Jamás expuesto.

Pero poniendo tiritas en interior ajeno, fue sonriendo a sus propias cicatrices. A medida que ella se sentía mejor, él llenaba su espíritu; y poco a poco, su armadura alumbraba fisuras por las que el brillo de esa otra persona penetraba, debilitando una coraza algo oxidada, que si bien le había defendido del daño foráneo, negaba el paso a pasiones potencialmente peligrosas para su cordura.

Una tarde, ella intuitivamente le preguntó directamente si quería hacerle saber algo más, y su evasiva fue tan sorprendente para sí mismo como la certeza de que todo había cambiado. No quería, claro que no. Pero una cosa es querer y otra despertar. Aseguró que no, impulsado por ese ánimo de sobreprotección forjado a la fuerza día tras día. Pero pensó que sí, queriendo saltar al vacío. En ese momento entendió que aquella madrugada, tras esas líneas trazadas de remiendos, él comenzó a modificar su interior. Y en el momento actual, hubiera deseado cambiarse por ella, pasar por todo aquello con tal de mitigar el dolor que la tuvo presa. Recuperándola, ella sin pretenderlo también lo había rescatado a él, poniendo otra vez en marcha el motor de sus aspiraciones.

De repente, él volvía a respirar

Hoy las aguas han vuelto a su curso, él la observa desde la distancia por si ella precisa de su presencia. Le prometió un día que no la dejaría caer, y así será, para siempre. En el fondo, le alegra que no lo reclame, pese a que sin su figura le faltan cosas y los espacios reservados a deshoras ahora queden huecos. Porque sabe que esas alas rotas han vuelto a brotar. Y no ambicionaría otra cosa que saberla riendo, de nuevo inhalando a todo pulmón, comiéndose el mundo como siempre hizo, con actitud guerrera.

Él, por su parte, sabe que vuelve a estar preparado. Que su pasión no había desaparecido. Simplemente estaba dormida, esperando el rescate de quien de verdad valiese la pena. Y, aunque tal vez ella haya pasado, consiguió que renaciera. Es algo que él nunca olvidará. Y es que ha vuelto a la vida.

Y vivir es increíble.

Cima