Agua fría y mis abuelos

Hoy he llegado a casa ya de madrugada y me he encontrado sin agua caliente. Odio el agua fría, y en la zona en la que vivo hay que tener mucho valor para ducharse en diciembre si el termo no te ayuda. La solución ha sido calentar agua en el caldero más grande de los que dispongo, e ir mezclándola con la que sale del grifo de la mejor manera posible.

No es algo nuevo…

Cuando era pequeño, mis padres me enviaban a casa de mis abuelos maternos durante el verano. A veces un mes, otras dos… El tiempo que tocase. Yo vivía entonces en Santa Cruz de Tenerife, y estaba acostumbrado a todas las comodidades frecuentes. La vivienda de mis abuelos se encontraba (se encuentra, puesto que ahí sigue) en un pueblecito de la isla de La Gomera. Y no era como mi casa. En aquella época, ese hogar ni siquiera tenía un acceso normal. Tras atravesar un camino, dabas con un porche y un pasillo descubierto con habitaciones a ambos lados del mismo. Las puertas eran de madera, y cada una tenía una llave de esas antiguas que hoy parecen sacadas de baúles viejos donde se guarda algún recuerdo que jamás revisamos. En los cuartos, las camas eran metálicas, y apenas había muebles. Teníamos una televisión en la que veía la serie favorita de cualquier niño por entonces (El coche fantástico) en blanco y negro. Ojo, que hablo de finales de los ochenta, principios de los noventa. Y, como imaginarán, tampoco gozábamos de agua caliente. El baño no disponía de bañera, ni plato de ducha. En el suelo, un desagüe. Suficiente. Por las noches, llegada la hora del aseo, mi abuela calentaba agua en la cocina, que pasaba a un barreño grande, y con un viejo cazo yo me manejaba como podía.

No, lo de hoy no ha sido nuevo. Y durante un rato he regresado a mi infancia…

Recuerdo que siempre quise tener un aro de baloncesto. En Tenerife era imposible, pese a disponer de una gran azotea en mi casa terrera. Pero en La Gomera mi abuelo fabricó uno, hecho con alambres, al que le tenía el truco cogido: era mejor que el lanzamiento quedase un poco corto a excederse con la fuerza, puesto que el peso del balón (si mi memoria no me falla, uno siempre desinflado) hacía que la parte anterior cediera, cayendo continuamente dentro de la circunferencia. Fueron increíbles los partidos que disputaba con los vecinos, o solo. Por las mañanas, mi abuela se levantaba de madrugada para atender unas tierrillas que, tras décadas de servicio a una familia adinerada, de algún modo consiguieron adquirir. Los huevos de gallina recién puestos, fritos, con pan, era el mejor de los manjares cuando me despertaba. A decir verdad, la comida de mi abuela era fantástica. El almuerzo,el gran momento del día. Porque me gustaba, y porque justo después, partía hacia la piscina natural pueblo (y al Peñón, un rincón único para darse un baño si conocías las corrientes del mar), en un trayecto de más de una hora a pie. Bajar no era nada duro. La subida sí que costaba. Hablamos de un puñado de kilómetros. Ya de vuelta, a veces, si debía volver a la finca por la tarde, acompañaba a mi abuela para contemplar a los animales. Así de simple. Otro entretenimiento habitual se vivía en un pequeño muro de la carretera; por el pueblo circulaban pocos coches, así que, de cuando en cuando, me sentaba con otros niños a ver algunos pasar. Tan acostumbrado en Tenerife, tan sorprendido allí. Los días se tornaban en gloriosos si aparecía mi abuelo con alguna caña de azúcar antes del ocaso. Y cuando oscurecía, el sonido de las ranas y el calor que proporcionaba la más suave de las mantas me acompañaba hasta la llegada de Morfeo.

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Recuerdo ser inmensamente feliz. Sin necesitar de nada material.

Y todo ello me ha hecho pensar en cómo esto también forma parte de mi manera de entender la vida. Detesto el dinero, aunque lo necesite. Yo prefiero otras cosas. Esas que te dan las personas que no se guardan nada. Esas que me daban mis abuelos.

No hace tanto, por estas mismas fechas, tuve el mismo problema una noche con el agua. Y además, ese día se había ido la luz. Por entonces me enviaba muchos mensajes con alguien. Recuerdo aquel momento. El agua, como hoy, estaba fría, y tuve que tirar del viejo recurso de los calderos. En el baño me manejaba con una linterna que enfocaba a la ducha mientras hacía malabares para darme un remojón en condiciones. Pero yo solo miraba el incesante parpadeo de mi móvil. Un sábado, ya de madrugada (?) Mi única preocupación, que regresase la corriente. No para iluminarme o disponer de todo lo que conlleva la electricidad, sino para poder cargarlo. Para que aquella conversación que en ese instante me llenaba no se detuviese. Para seguir hablando.

Resulta que la felicidad son momentos. Y casi siempre el afecto tiene que ver. Ya sea porque lo recibes, ya sea porque lo entregas. De la forma que sea y para quien sea. Todo lo demás, sobra. Una tele en color, un aro de baloncesto reglamentario, o incluso el agua caliente.

Con cualquier persona, se trate de una chica, un familiar, o un amigo, a mí dame una buena conversación, dame unas risas, dame un ratito… Y olvida el resto. Que yo no necesito lujos o lugares exclusivos. Mis abuelos, tal vez sin darse cuenta, me enseñaron que lo más valioso no es lo que se tiene, lo valioso es quién eres. Lo que puedes ofrecer de ti, sin adornos. El fondo.

Concluyo que quien más te da, quien más te enseña, suele ser quien menos tiene.

Igual en los tiempos que corren, y para según qué cosas, no es una buena táctica eso de vender realidad, sin aderezo. Pero yo no conozco otra mejor. Y no debe ser tan mala, en serio: quizá con otra me rodease más gente, pero difícilmente de la misma calidad humana.

Reflexiones de agua fría en la madrugada de un sábado de diciembre.

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Cartas a destiempo

Esto no es una entrada cualquiera. Es una explicación y un anuncio, a la par.

He estado muy desconectado del blog estos últimos meses. No había demasiado ánimo para escribir, puesto que mi trabajo y las publicaciones para terceros me ocupaban casi todo el tiempo. Pero, por contra, sí que a ratitos he dado forma a una idea que ahora está cercana a materializarse. Con algunos textos de este mismo sitio y otros que no han visto la luz, he creado una historia paralela que los engloba, y el resultado es un pequeño libro que estará disponible próximamente.

Para financiarlo hemos creado una campaña de crowdfunding, con obsequios para quienes aporten su granito de arena. Si queréis, podéis echarle un vistazo en esta dirección: http://www.verkami.com/projects/15866-publicacion-del-libro-cartas-a-destiempo

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Agradezco la simple visita. Y esto. Puesto que, al fin y al cabo, todo parte de aquí.

Ausencia

Hola gente.

Sé que tengo abandonado el blog. Ahora mismo no encuentro inspiración para escribir según de qué cosas. Pero por contra, sí que estoy más activo en una web dedicada al deporte (http://www.spherasports.com/). A veces, en ella cuento historias que tendrían cabida en este espacio, de modo que he pensado compensar mi ausencia colgando algunos enlaces de textos que podrían resultar interesantes.

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Sé que hay quien me lee aquí. Quizá reanude la actividad pronto. De momento, dejo esto. Espero que guste. ¡Besos y abrazos!

 

Mecanismos incorrectos

Hay personas que funcionan de otra manera, que son más complicadas. Les cuesta mucho decir según qué cosas. No todo el mundo lo entiende. Quizá porque en realidad es difícil de entender. Estas personas también vienen con sentimientos, aunque no lo parezca. Pero a veces, no son capaces de expresar lo que llevan dentro. Y en otras ocasiones, se lo guardan. Normalmente porque ya les han hecho daño antes. O porque creen que la respuesta que van a obtener de quien les interesa será un no.

Esta gente quiere avanzar, y no puede. Y se frustran. De modo que no hacen nada. Se quedan ahí, parados, en stand-by, creyendo erróneamente que el tiempo pondrá las cosas en su lugar… O a lo mejor creyendo acertadamente. Y es que igual lo pone en su lugar, solo que no es el que ellos creían que debía ser. Imagino que si no muestran interés de un modo más serio, si no son capaces de decir que sienten otro tipo de atracción, o si una vez dicho se impacientan, lo lógico sea que se vayan de vacío; habiendo perdido con ello un tiempo precioso.

Para estos sujetos fue una mierda en su día perder lo que tuvieron, y ahora es una mierda perder lo que ni siquiera han tenido. O lo que sí tienen pero no como aspiran a tenerlo. O lo que sin darse cuenta tal vez tienen solo que de una forma diferente.

Hay que hacer algo con ellos.

Por fortuna, la mayoría de estos individuos están rodeados de amigos que les demuestran amor. Y que independientemente de los “te o dije”, les tienden la mano y los levantan tantas veces como sea necesario. Resulta extraño como para esas amistades son tan fantásticos, cuando ni ellos mismos son muchas veces capaces de verlo.

¿Y sabéis qué pienso? Que aunque sea por esos que siempre empujan, esta gente tiene que convencerse de que no queda otra que seguir avanzando. Y modificar comportamientos. Ni unos ni otros merecen que no levanten la cabeza…

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Para los wawers y mis hermanos de enfrente.

Aparco el blog por un tiempo. Tengo cosas que hacer.

¡Hasta la vista!

El sitio equivocado, el momento incorrecto

Siempre a la sombra. Cuesta un mundo cuando creas barreras. Levantas un muro para que no vuelvan a hacerte daño. Nunca más. Un pasado que decidiste dejar atrás. Para siempre. Ya no más caídas por querer, por arriesgar.

Mejor avanzar solo. Si acaso tontear; y dejar que se acerque gente que en realidad sabes que no te va a gustar más allá del corto plazo. Relaciones del momento sin momentos reservados en el futuro. Si te aproximas a alguien, es porque sabes que no será nada serio. Duermes en paz.

Pero todo llega. Un día sonríes con un pensamiento. Y luego un encuentro inevitable que se te va de las manos. O más bien del pecho; las manos no se mueven. Usas la boca, la lengua. El instrumento de la comunicación es el más poderoso, es lo que aborda el alma. Que ya el físico lo ve cualquiera.

Más tarde, ya a solas, los miedos. Brotando de nuevo.

A la mente lo que te ocurrió esa vez. Y también aquella otra cuando lo habías olvidado. Sí, te volvió a suceder en más ocasiones. Así que crea cierta distancia, te dices. Piensa coño: ¡mira cuántas cicatrices! No te expongas.

Muéstrate impasible, lo que empiezas a experimentar es un error. No se lo digas. No vuelvas a condenarte. Mantente firme. Que no sepa de tus sentimientos. No es eso lo que tenías planeado, sé consciente.

¡Pero mierda! Pese a que lo niegues, te gusta. Cuando compartes tanto tiempo… Es de verdad y no puedes esconderlo.

Ni esconderte.

Tarde o temprano, queda de manifiesto, las cartas sobre la mesa. Y ya no hay retorno. Sin excusas, vas de frente.

Y se lo cuentas:

“Esto es lo que hay y me gustaría saber si hay camino.

…Contigo”.

No sé si arriesgarse te hace débil… O un valiente, por ofrecer el corazón para que hagan y deshagan.

Sé que cuando la otra persona permanece impasible, duele. Que cuando no te tiene en cuenta, duele. Que cuando tus mariposas mudan obligadas en espejismo y la sonrisa que se adueñó entonces de tus labios va menguando, duele.

Que cuando te toca renunciar, duele.

Vuelves entonces a lamerte las heridas.

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Aunque yo pregunto…

Si no se ha alegrado cuando se lo contaste, si no planteó un después, si la ventana se cerró de golpe… ¿Sigues creyendo que se trataba de la persona correcta?

En realidad no hay buenos y malos en estas historias.

Ella. O tú. Uno de los dos estaba en el sitio equivocado, o en el momento incorrecto.

Introducción

Finales de diciembre de aquel año. Como cada tarde en jueves al salir del trabajo, David entró en la cafetería de su amigo. Sería Silvia, la camarera, la que alertaría a Fabio de su llegada.

Fabio acostumbraba a hacer una pausa cuando su viejo compañero de colegio lo visitaba. Dejaba su paño en una esquina de la barra y se preparaba un café cargado con el que apuraría sus contados 5 minutos de charla. David era más de infusiones. A sus treinta y largos ya jamás se sentía preso de las prisas. Una vez terminada su jornada laboral, asistía cada cuarto día de la semana al establecimiento de Fabio para renunciar a las urgencias. Tras un abrazo y una breve conversación, solía leer algunas páginas del libro que entonces tuviese entre manos o bien encendía su portátil para escribir algunas líneas desordenadas que pasarían a ser otro más de sus archivos en aquella carpeta de pensamientos puntuales. En cierto modo, siempre se consideró un escritor frustrado, aunque no por aptitud; a su edad ya había aceptado que su vida no sería diferente a la de tantas otras personas. Un lugar donde intercambiar tiempo por salario, un modesto piso, un vehículo con el que moverse y algunas aficiones que disfrutar en su tiempo libre. Pero dentro, imperecedero, permaneció eterno ese niño risueño que dibujaba con palabras.

Aquel día gris algo llamaría su atención. O más bien alguien. Al fondo, en una mesa, una joven con cabeza gacha y semblante triste tomaba un chocolate caliente mientras susurraba improperios. Saltaba a la vista que ni mucho menos era su día. Antes de que Fabio volviera a sus quehaceres, David acabó por preguntar

  • ¿Quién es ella? No recuerdo haberla visto antes.
  • Lleva poco tiempo en la ciudad. Suele venir algunas tardes a tomar algo, siempre sola.
  • ¿Siempre sola?
  • Sí. Quizás aún no conoce a nadie. Por lo que me ha contado Silvia, que ha cruzado algunas palabras con ella, está aquí por trabajo. Algo relacionado con la publicidad. Una buena oferta. De esas que no se pueden rechazar.
  • La veo triste. No me gusta ver a la gente triste.
  • Sí. No parece feliz. A veces la veo escribir en una agenda que lleva consigo. Y la ves hablar sola con su teléfono. Lo mira mucho. Luego teclea. Después susurra.
  • ¿Sabes su nombre?
  • Aurora, se llama Aurora.
  • ¡Gracias! Voy a acercarme…
  • Suerte
  • No se trata de eso.

No, no era eso. Al menos no entonces. David se dirigió a la mesa en la que se sentaba Aurora. Tomó una silla, llamó su atención y se dispuso a convertirse en su primer amigo.

  • Te he visto desde la barra aquí sentada. ¿Esperas a alguien? ¿Te importa que te acompañe?
  • ¿Tienen relación las dos preguntas? Quiero decir… ¿Si me esperase alguien te sentarías?

Buena jugada, pensó él. No está mal como primera impresión. La suya, claro. La propia dependía de su pronta respuesta.

  • Me sentaría. Pero tal vez en otra mesa – dijo esbozando una sonrisa cómplice- Lo que quiero decir es si te apetece que compartir un rato. No sé… Suelo sentarme solo, como tú. Y leer. Pero no está mal socializar de vez en cuando. ¿Qué me dices?
  • Que puedes sentarte. ¿Tu nombre?
  • David.
  • Yo soy Aurora. Encantada.

Fabio observaba desde su posición. Tenía la impresión de que harían buenas migas. David era un tipo con el que se podía hablar de casi cualquier tema, y saltaba a la vista que a Aurora no le vendría mal alguien con quien pasar esos ratos. Al fin y al cabo, hasta las personas más solitarias necesitan de otros para no perder la perspectiva.

Esa tarde duró más de lo normal. Aurora le hablaría a David de su decisión de cambiar de aires, de la ilusión de trabajar en lo que le apasionaba o de lo mucho que echaba de menos a su mascota, a la cual se traería una vez asentada; y le preguntaría por sitios que visitar, lugares de ocio y dónde ir a comer entre semana, qué hacer un sábado por la noche y el camino más rápido para llegar a la playa. Hasta que llegó el momento en que ella recordó que debía madrugar al día siguiente.

Y no volvieron a verse… Hasta el siguiente jueves.

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Borrador original (este ha sido modificado) de la introducción de algo mucho más grande que espero que pronto vea la luz. 

Volver

A ratos sigo queriendo volver. Sobre todo por las noches, cuando lograba bajarme del mundo y no me apetecía irme a dormir.

Este blog cumple un año y tuvo un motivo de inicio…

Creo que la vida te pone delante a personas que solo estarán en la tuya durante un tiempo. El necesario. Para ti o para ellas. Es algo tan cíclico como natural. Llegan para sacudirte y limpiarte la cabeza, para que cambies tu perspectiva y te abras a nuevos horizontes. Avanzas de la mano y te sorprendes con todo aquello que desconocías. A veces es recíproco. Y en otras situaciones eres tú quien enseña. Solo que el conocimiento es limitado. De modo que un día alcanzas el umbral de la puerta de salida y termina la novedad. A partir de ahí no queda nada que mostrar. Entonces se plantean dos opciones: agarrarse y explorar lo que de repente se presenta extraño o soltarse para seguir caminando por separado.

Las amistades que se acaban, las relaciones que se cortan, el querer que no se da, la nostalgia de lo que jamás ocurrió, la incertidumbre.

Lo peor de esto es cuando una de las dos partes sabe que no hay más recorrido, o no quiere más recorrido, y la otra espera queriendo continuar. Lo peor para la última, digo.

Yo, en ocasiones…

Regreso al campo de fútbol y le digo a mi compañero que no volveremos a jugar juntos el próximo año, y solo porque debe saberlo. Acepto el abrazo sincero de una chica que me llena abril de estrellas antes de que continúe con su vida. Miro a los ojos de un camarada de instituto y me despido como debo hacerlo. Confieso a este ligue de verano que después de esta tarde ya no habrá más besos furtivos. Espero una conversación que nunca llega con mi mejor amigo porque creo que me la debe. Le confieso a la muchacha de la calle de al lado que me tuvo enamorado a mis 14, antes de que, con 23, esté abandonando el barrio. Guiño un ojo a mi abuelo a pesar de su chiste malo y le dedico una sonrisa. Le cuento a mi novia que lo sé todo, y que estoy harto de tragar y fingir, como hace ella; que mejor acabar. Busco un rato y enseño un truco al renacuajo que me idolatra en la cancha antes de marcharme a la playa con su hermano y resto de la tropa. Y mantengo la calma cuando aparece en mi vida aquello que no espero y me alegra las mañanas en la distancia en lugar de atropellarme y no reconocerme. 

Decisiones de punto y final o de punto y aparte. Decisiones que debí tomar o esperé que tomasen. En cualquier caso, actos que aclararían el panorama y restarían lastre a estos y otros recuerdos que vienen y van. Algunos con más asiduidad.

Dejar ir, que todo se difumine lentamente es de cobardes. Quisiera poder volver a tantas fechas y ser más transparente… Claro que dos personas no son solo una. Pero al menos haber hecho lo que sí dependía de mí.

¡Joder!

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Recuerdos que vienen y van. Que vienen, algunos con más asiduidad. Como el de este 20 de abril, o como el de hace justo un año…

 

“Aunque ya no,

yo sí.

Siempre.

Todavía”.

Mónica Carrillo.