Esfuerzos

¿Cuánto cuestan nuestros esfuerzos? Así, en general. ¿Qué tanto te involucras en lo que haces? Te venden desde los rincones del optimismo que si pones todo de tu parte la recompensa llegará tarde o temprano. Pero esto no es cierto. No quiero decir que no debamos dar lo que esté en nuestra mano por lograr un fin, sino que también sería bueno reconocer el terreno. Y, por encima de todo, tener presente que nadie puede controlar todos los factores que intervienen en la causa referida.

Así, cuando pensamos en aventurarnos en un proyecto empresarial, lo suyo es hacer una valoración previa de mercado que incluya la mayor cantidad de variables y factores posibles, para, después de ponernos en el peor escenario, saber con qué garantías contamos.

Hasta ahí todo correcto, ¿eh? Y es que siempre resulta más sencillo cuando no hay personas de por medio. Es más fácil todo lo que no tiene que ver con emociones.

De modo que vamos lo que vamos…

El otro día tropecé con un tweet que rezaba: “SPOILER: todo el mundo os decepcionará”. Esto no es para nada cierto. Solo existe decepción cuando se crean expectativas. Y ahí la culpa casi siempre es nuestra. Porque nos venimos arriba en menos de nada. Quizás debido a que nos apetece. A que adivinamos particularidades en otros que se asemejan a nuestra personalidad. Y pensamos en lo que molaría compartir tal o cual cosa. De modo que perdemos perspectiva, con todo lo que ello conlleva. No nos va a decepcionar cada individuo, por supuesto que no. Nos decepcionarán aquellos en quien nos empeñamos cuando no actúen como pretendemos. Así que tal vez esa decepción la proyectamos nosotros mismos.

Por otra parte, seguro que nos ha pasado que nos esforzamos en agradar a alguien. A alguien que nos gusta, principalmente. Sin embargo, no se puede forzar a nadie a que nos conozca. Porque puede tener otras prioridades. O sencillamente otros modelos en los que tú no encajas.

A veces pasa que tampoco damos tiempo. Por ese asunto de la inmediatez de una sociedad que nos ha hecho impacientes. Esto es un problema para quienes les cuesta hablar de sí mismos, porque jamás van a impresionar a la primera. Y casi seguro que tampoco a la segunda. Hay quien tarda bastante en mostrarse. Tiene gracia que luego, en ocasiones, que sea la gente a la que más mola conocer. Claro que esto va por ritmos, y no siempre hay sujetos dispuestos a descubrir o dejar que los descubran.

También están las situaciones en las que para alguien no eres lo que tú desearías. A mí me ha pasado. Y a todas las personas les ocurre. Que una conversación profunda, una mirada, un beso, o un directamente un polvo, no tiene que significar lo mismo para una que para la otra. Que en esto de los sentimientos la reciprocidad no es obligación. Lo grandioso sería que se diera. Pero… ¿Quién domina eso? Es una putada tremenda. Si estás atrapado y despiertas con un mensaje de buenos días una mañana cualquiera, ya piensas que eres especial. O, yendo más lejos, si duermes en (la) cama ajena, te vienes arriba y crees que hay algo real. Es una jodienda, porque puedes estar equivocado en ambos casos. Y no es culpa de la otra persona. Reconócelo, si no te molase tanto, ¿le darías tú esa gran importancia? Aquí volvemos a aquello de las expectativas.

Me estoy liando… ¡Al grano!

El otro día debatíamos unos amigos sobre todas estas cuestiones. Poniendo sobre la mesa experiencias varias (véanse los ejemplos expuestos antes). Y, como en tantas oportunidades ocurre, una voz femenina nos dio la clave: “a veces centramos nuestros esfuerzos en personas equivocadas; no porque no sean buenas, sino porque simplemente están a otra cosa, o porque no es el momento”. Yo añado: o por lo que sea.

Las cuestión es que sus palabras fueron todo un directo de realidad para algunos de los presentes. Y es que soñar está bien, pero solo si ello no te impide seguir despierto.

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Entendiendo esto, ahora vuelvo a soltar la pregunta: ¿cuánto cuestan nuestros esfuerzos? ¿Y cuándo realmente lo valen?

En lo personal, digo…

Por otra parte, sería bueno apuntar hacia quien muestre interés real.

Rocío

Breve extracto de “Cartas a Destiempo”.

Rocío, un personaje real. El único de ellos que conserva su verdadero nombre en el libro. Rocío, un milagro. Un ejemplo de actitud ante la adversidad.

Únicamente quería compartir este párrafo, en el que ella es protagonista…

“Mientras caminaba rumbo a casa, David regresó varios lustros en el tiempo. Cuando tenía 19 años, compaginaba sus estudios con un trabajo que le daba para ir pagando sus gastos. Asistía por las noches al instituto para sacar ese curso que no pudo completar debido a que las necesidades de la familia le obligaron a tomar una decisión. Y dos de esos años solo trabajó. Una vez aliviada la economía, aceptó un empleo de media jornada como celador en una empresa de transportes. Cada mañana su despertador sonaba a las seis, y tres cuartos de hora más tarde, debía estar en el garaje. A lo largo de la jornada completaba hasta cinco desplazamientos. El primero de la mañana era su favorito. Su compañero, el chófer, y él, recogían y llevaban en autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psíquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos treinta muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarse de que todo estaba en orden antes de arrancar, se dirigía a la parte anterior del vehículo, para sentarse siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía una enfermedad degenerativa que iba paralizando sus músculos lentamente. Rocío, una joven inteligente, amable, y siempre sonriente. Se trataba de alguien tan especial… Apenas superaba la veintena de años, pero le enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada había logrado. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, iban a tener que fallecer todos los que se tropezaron en un momento u otro con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Cuando David sentía que el día se teñía de gris, Rocío conseguía apartar las nubes y colar a través de ellas rayos de sol. Dibujaba un arcoíris de la nada, y con su actitud contagiaba a todo el que le rodeaba. A veces, David la notaba pensativa. Imaginaba que le estaba dando vueltas a la cabeza, y a su estado. Sin embargo, ella jamás se entristeció por ello. Daba gracias por cada día extra que se le permitía disfrutar, y planeaba las cosas como si no hubiese un final. Vivía el presente, que, al fin y al cabo, es lo que nos corresponde. Con la sencillez de un niño, con la calma de un anciano. No dejando escapar ni un solo momento, pero entendiendo los tiempos de los mismos. Sin duda, Rocío era una persona exitosa, y lo iba a ser durante el resto de su vida. Durase lo que durase”.

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“Cartas a Destiempo” (Editorial Círculo Rojo) está disponible en Amazon: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228  

 

 

Sé tú mismo, y que les den

Llevo unos días bastante intensos. Y apenas he tenido tiempo de pararme a pensar. Esto de publicar un libro tiene su punto, es una gran experiencia. Aunque durante el periodo previo y justo posterior al hecho en sí, vas dejando cosas pendientes, y además, no te paras a valorar cuestiones que en otro momento inspirarían uno de esos posts que he dejado de escribir en un blog que he tenido ciertamente abandonado. En mi defensa, alegaré que la falta de tiempo y el deber de cumplir con otras responsabilidades también influyen. Sin embargo, el día siguiente de la presentación de “Cartas a destiempo” (así se llama esta pequeña obra), que celebramos en “El Libro en Blanco”, una imagen provocó una reflexión que hoy me apetece compartir.

Un amigo de hace muchos años me fotografió dedicándole su ejemplar. Subió a una red social dos instantáneas (una en la que estábamos juntos sonriendo, y luego otra que es a la que hago referencia), y las acompañó de un breve texto en el que comentaba un poco el origen de nuestra amistad. Dejando de lado lo emotivo de sus palabras, me fijé en mi cabeza. Evidentemente, estaba agachado, bolígrafo en mano, estampando mi rúbrica en una de las primeras hojas de su copia. Y claro, en la foto se ve lo evidente: mi cartón. Contrariamente a lo imaginado, me dio por reírme. Es lo que hay, no hay más (pelo). Cuando superas la barrera de los treinta (hace un tiempo en mi caso), no hay vuelta atrás en varias cuestiones: cuesta cada vez más recuperar el hábito del entrenamiento y no siempre mantenemos la forma física adecuada, las resacas de esos ratos de fiesta o reuniones alcanzan otro nivel, y nuestra cara (que comienza a mostrar a modo de pliegues lo que ocurre) ya no va a mejorar.

Sin embargo, lejos de lo que podría pensar no hace demasiado, me ha gustado reconocerme así. No puedo engañar a nadie. Y eso es bueno. Yo soy lo que soy, no lo que otra gente podría esperar que fuese. No sé muy bien por qué, pero a raíz de esto me vienen a la cabeza esos individuos que valoran, o que buscan admiración, amor y respeto, a partir de lo que tienen. Si me pides que te califique en base a todo ello, es que no estás a gusto con lo que eres. Así que, posiblemente, lo que seas no valga tanto. Lo siento, es un poco como aquello del valor real y el precio. No son lo mismo.

Hace no mucho, estando de vinos con mi grupo cercano, entablé una charla con uno de mis compis. Él andaba medio pillado por una chica, que por lo visto es fantástica, y lo tenía patas arriba. Me comentó, entre otras muchas cuestiones, que esa chica suele ir siempre con otra amiga. Como es de prever, mi colega me contó un poco acerca de ella. Ya saben cómo va esto… A veces un amigo tiene un lío con una chica o viceversa, y de manera colateral se conocen otras personas (amistades de las directamente implicadas). Así, por ejemplo, hace ya una década, conocí a una de las tías más fascinantes con las que me haya cruzado. Aquel amorío que me llevó a ella acabó mal, pero nosotros (ella y yo, los amigos de los amigos) continuamos nuestra buena relación en el tiempo. En fin, volviendo al compañero al que me refería en el principio del párrafo, noches más tarde coincidimos en la calle. Era un día de celebración en la ciudad, y estaba el ambiente muy animado. Él iba con estas dos chicas, y yo me acerqué a saludar. Ni siquiera hubo conversación con la amiga. Hay cosas que se notan: cuando conectas mucho con alguien, cuando hay buen rollo, cuando simplemente eres cortés, cuando no te interesa lo más mínimo el asunto, o cuando directamente hay rechazo. Entre los dos últimos puntos valoraría la actuación de esta muchacha. Al cabo de unos días, cuando mi camarada y yo nos vimos, le hice saber que me había parecido un gesto feo, y que las maneras de esa chavala me resultaban un poco estúpidas. A lo que él respondió que era muy particular; que hay que conocerla, pero que de primeras era así, luego ya mola lo suyo. Vale, aunque me pregunto… ¿Cómo va a conocer a alguien si cuando tiene la ocasión se cierra en banda? ¿Cómo vas a convencerme pues, de lo genial que te pintan, si no entablas conversación? Y, lo más importante… ¿Por qué, sin conocer a la otra persona, muestras esa actitud? Imagino que si mi amigo le había hablado de mí, ella imaginaba determinadas cosas y, al seguramente no gustarle físicamente, siguió a lo suyo. Primero: ¿pero en qué estás pensando? Conocer a alguien no implica nada más allá de eso. Segundo: qué alma más vacía, ¿no? Y voy a dejar aparte lo que vemos en otras ocasiones: eso de ir de reina o rey según género (va de suapuras y postureo).

Bueno, hay un cosa que con el tiempo uno va aprendiendo. O que debería intentar llevar a cabo. Es tratar de que no te gusten las personas a las que tú no les gustas. Esto no es sencillo. Porque somos unos caprichosos. En lo que a mí atañe, que me pondré como ejemplo para explicar todo esto, está claro que no me va a salir pelo nuevo que cubra la parte de la azotea que comienza a brillar. De hecho, iré a peor cada día. Tampoco voy a crecer más. Y posiblemente nunca pueda permitirme lujos excesivos. Yo lo que ofrezco es mi persona. Si ello no basta, poco puedo hacer. Y eso es lo que todos deberíamos mostrar. Las señoritas o señoritos que van detrás sólo del pibón de turno, no parecen entender que los años nos van cascando a todos (y ojo, que cuando lleguemos a los 40, si todo va bien, aún nos quedará la mitad del camino. Esa segunda parte toca en plan desfavorecido, versión chunga). No vamos a más jóvenes, con lo que eso acarrea. Y de acuerdo, seamos claros: sí que me gusta ver a una chica guapa. Pero cada vez más creo que es la mente la que las hace así, o potencia su belleza. Son más guapas las chicas seguras de sí mismas, las que no están pendientes de si las miras cuando caminan por la acera, las que no dependen de nadie, o las que se visten como quieren, pasando de modas o esa necesidad de deslumbrar con su silueta. En mi caso, son las conversaciones las que me atraviesan. Quizás por ello me reserve tanto. Confieso que la última vez que me abrí no salí bien parado. Pese a todo, mantengo mi estrategia. La de las charlas, la de las risas, la de compartir. La de la esencia. Aunque en estos días sea una mierda, cuando funcione, hablando claro, va a ser la puta bomba.

Resumiendo, que si nos empieza a faltar pelo, o nos cuesta cada vez más volver a perder los kilos que ganamos a final de año, o no tenemos un trabajo que impresione, o una posición social determinada, o lo que sea que le suceda a cada cual, no pasa nada. Todo eso son adornos. Algunos temporales, otros huecos. Cuando le moles a alguien por lo que eres (tus pensamientos, tu actitud, tu fondo) y no por lo que tengas o aparentes, va a merecer la pena. ¡Qué digo pena! ¡Hala, a ser uno mismo y que les den a los que esperan algo que no seas tú para darte alguna opción!

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PD: y aquí va la cuña; pueden adquirir el libro al que me refería al principio del texto en este enlace: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

Cartas a destiempo

Esto no es una entrada cualquiera. Es una explicación y un anuncio, a la par.

He estado muy desconectado del blog estos últimos meses. No había demasiado ánimo para escribir, puesto que mi trabajo y las publicaciones para terceros me ocupaban casi todo el tiempo. Pero, por contra, sí que a ratitos he dado forma a una idea que ahora está cercana a materializarse. Con algunos textos de este mismo sitio y otros que no han visto la luz, he creado una historia paralela que los engloba, y el resultado es un pequeño libro que estará disponible próximamente.

Para financiarlo hemos creado una campaña de crowdfunding, con obsequios para quienes aporten su granito de arena. Si queréis, podéis echarle un vistazo en esta dirección: http://www.verkami.com/projects/15866-publicacion-del-libro-cartas-a-destiempo

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Agradezco la simple visita. Y esto. Puesto que, al fin y al cabo, todo parte de aquí.

Introducción

Finales de diciembre de aquel año. Como cada tarde en jueves al salir del trabajo, David entró en la cafetería de su amigo. Sería Silvia, la camarera, la que alertaría a Fabio de su llegada.

Fabio acostumbraba a hacer una pausa cuando su viejo compañero de colegio lo visitaba. Dejaba su paño en una esquina de la barra y se preparaba un café cargado con el que apuraría sus contados 5 minutos de charla. David era más de infusiones. A sus treinta y largos ya jamás se sentía preso de las prisas. Una vez terminada su jornada laboral, asistía cada cuarto día de la semana al establecimiento de Fabio para renunciar a las urgencias. Tras un abrazo y una breve conversación, solía leer algunas páginas del libro que entonces tuviese entre manos o bien encendía su portátil para escribir algunas líneas desordenadas que pasarían a ser otro más de sus archivos en aquella carpeta de pensamientos puntuales. En cierto modo, siempre se consideró un escritor frustrado, aunque no por aptitud; a su edad ya había aceptado que su vida no sería diferente a la de tantas otras personas. Un lugar donde intercambiar tiempo por salario, un modesto piso, un vehículo con el que moverse y algunas aficiones que disfrutar en su tiempo libre. Pero dentro, imperecedero, permaneció eterno ese niño risueño que dibujaba con palabras.

Aquel día gris algo llamaría su atención. O más bien alguien. Al fondo, en una mesa, una joven con cabeza gacha y semblante triste tomaba un chocolate caliente mientras susurraba improperios. Saltaba a la vista que ni mucho menos era su día. Antes de que Fabio volviera a sus quehaceres, David acabó por preguntar

  • ¿Quién es ella? No recuerdo haberla visto antes.
  • Lleva poco tiempo en la ciudad. Suele venir algunas tardes a tomar algo, siempre sola.
  • ¿Siempre sola?
  • Sí. Quizás aún no conoce a nadie. Por lo que me ha contado Silvia, que ha cruzado algunas palabras con ella, está aquí por trabajo. Algo relacionado con la publicidad. Una buena oferta. De esas que no se pueden rechazar.
  • La veo triste. No me gusta ver a la gente triste.
  • Sí. No parece feliz. A veces la veo escribir en una agenda que lleva consigo. Y la ves hablar sola con su teléfono. Lo mira mucho. Luego teclea. Después susurra.
  • ¿Sabes su nombre?
  • Aurora, se llama Aurora.
  • ¡Gracias! Voy a acercarme…
  • Suerte
  • No se trata de eso.

No, no era eso. Al menos no entonces. David se dirigió a la mesa en la que se sentaba Aurora. Tomó una silla, llamó su atención y se dispuso a convertirse en su primer amigo.

  • Te he visto desde la barra aquí sentada. ¿Esperas a alguien? ¿Te importa que te acompañe?
  • ¿Tienen relación las dos preguntas? Quiero decir… ¿Si me esperase alguien te sentarías?

Buena jugada, pensó él. No está mal como primera impresión. La suya, claro. La propia dependía de su pronta respuesta.

  • Me sentaría. Pero tal vez en otra mesa – dijo esbozando una sonrisa cómplice- Lo que quiero decir es si te apetece que compartir un rato. No sé… Suelo sentarme solo, como tú. Y leer. Pero no está mal socializar de vez en cuando. ¿Qué me dices?
  • Que puedes sentarte. ¿Tu nombre?
  • David.
  • Yo soy Aurora. Encantada.

Fabio observaba desde su posición. Tenía la impresión de que harían buenas migas. David era un tipo con el que se podía hablar de casi cualquier tema, y saltaba a la vista que a Aurora no le vendría mal alguien con quien pasar esos ratos. Al fin y al cabo, hasta las personas más solitarias necesitan de otros para no perder la perspectiva.

Esa tarde duró más de lo normal. Aurora le hablaría a David de su decisión de cambiar de aires, de la ilusión de trabajar en lo que le apasionaba o de lo mucho que echaba de menos a su mascota, a la cual se traería una vez asentada; y le preguntaría por sitios que visitar, lugares de ocio y dónde ir a comer entre semana, qué hacer un sábado por la noche y el camino más rápido para llegar a la playa. Hasta que llegó el momento en que ella recordó que debía madrugar al día siguiente.

Y no volvieron a verse… Hasta el siguiente jueves.

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Borrador original (este ha sido modificado) de la introducción de algo mucho más grande que espero que pronto vea la luz. 

Aylan (y otros 350)

Todos nos acordamos de Aylan.

¿O acaso ya no?

Era septiembre, hace ya tanto…

Una foto que nos partió por la mitad.

Que nos hizo pensar.

En nuestra condición de humanos.

Y en nuestra poca implicación.

Nos dábamos vergüenza.

Yo sentía vergüenza.

Pero pasa el tiempo.

Y pasa todo.

Octubre.

Noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

Pasa la vida.

La nuestra.

Pero otras se quedan por el camino.

Se quedan en el mar.

Dejan de pasar.

Desaparecen.

Cada día dos niños mueren.

Ahogados en el Egeo.

Solo que ya no son noticia.

Coño, ¡ya no son noticia!

La instantánea no es primicia.

Así que empieza a quedar lejos.

¿Lejos de qué?

¿Ha dejado de ser importante?

Son ya unos 350 niños muertos.

Después de Aylan.

Repito, NIÑOS.

Y nada ha cambiado.

Joder, nada hemos cambiado.

Yo no tengo la solución.

Carezco de varita mágica.

Pero desde aquí PROTESTO.

Contra los gobiernos rastreros.

Contra quienes levantan murallas.

Contra aquel que persigue al débil.

Contra los que se justifican con miedo.

Contra esos que separan por razas.

O por condición sexual.

O por religiones.

Contra todos los cobardes.

Fronteras de mierda.

Que no se ven desde el cielo.

Ese cielo al que miramos todos.

Cuando soñamos LIBERTAD.

 

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Caídas y amnistías

Tú también lo hiciste, ¿verdad? Fuiste dando los pasos correctos, midiendo los tiempos, creándote espacio, construyendo en silencio… ¿Tú también lo hiciste? Claro que sí. Por supuesto. Porque cuando algo merece la pena tenemos paciencia, somos íntegros, mantenemos la calma y creamos de la nada. Cuando algo merece la pena cualquier hora es buena para seguir alimentando las sonrisas, regando ese jardín que esperas florezca y deslumbre algún día. Tratando de que la raíz del árbol sea firme, para que el tronco no se incline. Buscando que el tronco no se incline, para que broten los frutos. Durante ese periodo no miras el reloj, ni calculas la carga. Porque eso que quieres ver crecer merece la pena. Claro que sí.

Pero eres persona.

Tú también te equivocaste, ¿cierto? Tropezaste con un rumor, te pudo la prisa, moriste de distancia, te creíste tus propias irrealidades… ¿Tú también te equivocaste? Por supuesto. Porque eres humana o humano, porque odias ver lejos lo que quieres tan cerca. Y no sabes cuánta agua necesita el verde. Y ahogas tratando de dar vida. Las flores no se marchitan solo por carencia, puedes estropearlas por exceso. Y deambulas entre el caos, la espera eterna y el corazón contenido. Porque merece tanto la pena que te desbordas. Y lo estropeas.

Y te alejas.

Y sufres.

Porque eres persona.

Deja de depender de ti lo que un día te creó dependencia. Ya no tienes el control y eso descontrola. Vuelves a errar.

Y te alejas. Aún más.

Pero eres persona. Y deseas regresar.

Aunque depende de otro alguien. Ya no de ti.

Leí una frase en forma de pregunta estos días que rezaba lo siguiente “¿Nunca has deseado tener una segunda oportunidad para conocer a alguien por primera vez de nuevo?”

Todos, sin excepción, lo hemos querido. Con todas nuestras fuerzas. Y demostrar que podemos aprender, que no habrá más errores, que ganará la calma. No se puede cambiar lo que nunca quisiste hacer y aun así hiciste. No se puede volver en el tiempo. Lo del ‘DeLorean’ es solo fantasía. Simplemente se puede corregir para cuando llegue el futuro. El que quisiste… O el que te toque.

Todos hemos querido.

Yo soy de segundas oportunidades. Porque puede que quien haya fallado una vez quizás no vuelva a fallar. Se puede educar al instinto. No debe desaparecer, pero sí controlar. Y si existen dos caminos y un día tomas el incorrecto, hay una solución. Volver sobre tus pasos y recorrer el que sí correspondía. Aunque para eso no deben haber vallado la entrada. Soy de segundas oportunidades. Las he necesitado en cualquier ámbito de la vida. No soy perfecto. Nadie es perfecto. Las he necesitado. Las he dado.

Creo que se es grande cuando ves a otro trastabillarse y, aunque con su caída te salpique de barro, miras en su dirección por si se ha roto un hueso en lugar de fijarte en qué tan sucia ha quedado tu ropa por su culpa.

Porque en este mundo todos somos personas.

Y puede que algún día quien pierda el equilibrio y embadurnes a otro seas tú. Será entonces cuando desearás que te levanten. Y no que te miren diferente. Porque tú sabrás, pese a todo, que ese fallo no te define. Y sabrás, ante todo, que nadie más que tú lamentará ese error. Tu castigo será el hecho más que cualquier otra pena.

Sabrás si te trastabillas, y sabes aunque nunca ocurra, que hay más. Lo que eras y lo que serás. Lo que eres. Lo que quieres ser. En lo que te quieres convertir. Y lo que puedes ofrecer. Sabes que no eres, ni mucho menos, un momento de debilidad.

Levantar

Simplemente, eres persona.

Y también te gustaría que te conozcan por primera vez en una segunda ocasión.