Es un sí, pero no

Imaginad que conocéis a alguien a distancia. Por teléfono, por ejemplo. Una conversación que nunca debió darse pero que ha llegado. Pierdes tu móvil y llaman a tu casa para avisar de que lo han encontrado, te telefonean para devolverlo. Luego, por lo que sea, comenzáis a hablar banalidades y os reís. Resulta que no es posible veros hasta dentro de unos días y que repetís llamadas en los días posteriores. Y que os gusta esa persona. Os atrae. Existe magnetismo. Dice todas esas cosas que piensas y sabe cómo dar con la tecla si entre broma y broma le comentas algo personal que en ese momento te preocupa. No imaginéis tanto. Seguro que os suena aunque sea de otra manera. Las redes sociales ahora mismo son capaces de conectar a desconocidos que en la vida real jamás hubiéramos imaginado encontrar. Y seguro que habéis vivido algo parecido a lo que describo en alguna ocasión. Claro que sí, nos ha pasado a todos…

Pero un día llega el momento. De la entrega del teléfono en el caso que puse como ejemplo o del encuentro inevitable que se acaba dando con quien conociste. Pero no es lo que esperabas. Una pena. Ella es demasiado bajita, o le sobran unos kilos. A él le falta pelo en la cabeza, o lleva unas gafas enormes que no esconden su falta de vista. Ella resulta que tiene un tono de voz más grave de lo esperado. Él no gana demasiada plata o directamente no tiene trabajo. Ella hace ruido masticando. Él cojea. Ella calza un número de zapato muy grande. Él no ha terminado sus estudios. Ella no puede disimular una cicatriz en la ceja. Él fuma.

Pero no hace falta que ocurra todo eso. Con un solo caso, a veces basta.

¿Qué dirán mis amigas de un chico que ha tenido que volver a casa de sus padres? ¿Qué pensarán mis colegas de una muchacha que tiene estrabismo? ¿Cómo se va a tomar mi madre que él no comparta las creencias en las que me educaron? ¿Entenderá mi padre que ella trabaje en una discoteca?

Basta para poner pegas. Basta.

Putas preguntas de mierda de un mundo hipócrita que habitamos. Mundo hipócrita, habitado por hipócritas.

Estamos tan mal educados…

Y encima nos enfadamos con nosotros mismos. Porque no entendemos cómo nos podemos llegar a sentir atraídos por una persona que no encaja en nuestro círculo, por alguien que aun poniendo patas arriba nuestra vida no era lo que teníamos pensado.

Nos enfadamos y la jodemos.

La jodemos porque así es como perdemos.

Mierda de contradicciones debidas al peso de lo que estipula la comunidad, con sus cánones de belleza, sus varas de medir y su formal corrección. Mierda de cerebro que no nos deja hacer lo que el corazón nos pide. Ser libres para intentar ser felices. Mierda de sociedad que nos quiere perfectos. También en las apariencias.

Deberíamos ser todos ciegos por momentos, joder. Para así dejarnos de estupideces. Deberíamos además, ser sordos a ratos. Para que no nos afecte el qué dirán.

Bueno, no. En realidad deberíamos simplemente ser conscientes. Y justos. Sobre todo con nosotros mismos. Para que no influya el dinero, ni los estereotipos, ni lo que venga de afuera. Debería solo importarnos lo que sentimos. Y que pese más el que alguien te haga reír, te escuche, te entienda…

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Debería importarnos lo que solo va a afectarnos a nosotros mismos. Que nadie va a vivir nuestras vidas. Que ya tienen las suyas.

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Conversaciones pendientes

Hoy estaba pensando en las conversaciones. Las que tenemos, las que no tenemos, las que deberíamos tener. Y en la manera de tenerlas. En los formatos, por decirlo de algún modo. En cómo los mensajes de móvil sustituyen encuentros. Y en cómo estos mensajes no dicen todo lo que deseamos o en el tono en el que nos gustaría. Lo admito, yo los uso mucho. La sociedad nos ha conducido hasta el mundo de los emoticonos, sustituyendo risas de verdad, besos de verdad, sensaciones de verdad. Ocurre que tras este (no) contacto nos vamos dejando cosas por el camino del tiempo. Abrimos charlas que nunca cerramos por las prisas del día a día. Yo odio que me dejen a medias cuando estoy hablando de algo, por apurada que la otra persona esté. Aunque reconozco que también lo he hecho. Y no cuesta nada decir que en ese momento no puedes continuar de parloteo o que más tarde estarás disponible. En cualquier caso, lo realmente preocupante es dejar conversaciones pendientes. O mejor dicho, tener conversaciones pendientes.

Cuántas veces hemos retrocedido en el tiempo para volver a ese momento con alguien y decirle aquello que pensábamos, que sentíamos; todo eso que debimos dejar salir. Regresamos y creemos que de haberlo hecho, las cosas serían diferentes. Pero ya es tarde y por eso lo dejamos estar. ¿Y si aunque sea tarde, la tienes? Las que son posibles, digo. Esa conversación. Con ese familiar que estuvo allí cuando lo necesitaste. Con ese amigo con el que has perdido contacto por un malentendido que ya ni recuerdas. Con esa chica (o chico) que sabías especial pero nunca se lo hiciste saber. Yo tengo muchas conversaciones pendientes.

Habría que plantarse. Jamás podrás decirles a las personas que ya no están lo que significaron para ti. Esa gente que se ha ido, pero que dejaron tesoros en tu alma. ¿Hubiera estado bien, verdad? Pero lo que sí puedes es acabar con esas “llamadas perdidas”. Perdidas en el tiempo. Aquellas que pospones. Las que luego no haces. Nunca le manifestaste a esa profesora que fue una inspiración para ti. No has agradecido a tu gente todo lo que hicieron. Y no le cuentas a esa chica que no eres capaz de decirle lo que quieres decirle por miedo a perder también su forma actual. Vas dejando un reguero de palabras enfiladas en tu garganta que no salen nunca, provocando un atasco de sentimientos que deberían ser compartidos. Sigues teniendo conversaciones pendientes. ¿Por qué? ¿Y si llamas a ese amigo con el que un día te enfadaste para tomar un café y le dices que ya no tiene importancia? Igual es el momento de sorprender a esa persona con la que tanto intercambias mensajes con una llamada. Tal vez si cruzas unas frases con tu vecino descubras que no es un gilipollas. Incluso puede ser que tengas una conversación pendiente con personas con las que departes casi cada noche de manera infinita.

Charla con tus padres, con tu pareja si la tienes, con tus abuelos, con tus primos, con tus tíos, con tus amigos… Habla con ella, o con él de una maldita vez. Dialoga incluso con tu mascota. Te lo agradecerán, y te vas a sentir mejor. No sé si mi posición es la más acertada, pero a mi parecer deberíamos recuperar la comunicación.  Hoy lo damos todo por supuesto y nos vale. Joder, nos hemos vuelto autómatas. Y nos perdemos una de las mejores cosas de la vida. Que la vida son momentos. Y son conversaciones.

También ésas que tenemos pendientes.

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PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

ME GUSTA / NO ME GUSTA

Me gusta la gente que no se conforma. Quienes tienen una vida fácil, pero aspiran a tener otra mejor.

Me gusta la gente valiente. Aquellos que desean otro trabajo o luchan por un proyecto que les realice, a pesar de poder vivir siempre de lo mismo.

Me gusta la gente que quiere y se quiere. Son los que renuncian al confort de la rutina con una pareja que aporta costumbre en busca de alguien que les haga sentirse vivos, aun cuando existe el riesgo de quedarse solos.

Me gusta la gente que se arriesga. Esos que a pesar de que les digan que es imposible su objetivo, son constantes y luchadores, son tenaces y persiguen su sueño hasta que lo alcanzan.

Me gusta la gente comprometida. Los que te dan lo que tienen sin esperar nada a cambio, que se sienten bien haciendo que otros se sientan bien.

No me gustan los acomodados. Esos que no luchan porque piensan que no va a servir de nada.

No me gustan los cobardes. Individuos que se escudan en un salario fijo, que muchas veces no se corresponde a la labor que desempeñan, pero que prefieren no protestar porque tienen miedo.

No me gusta la gente que no se valora y no valora. Eligen acostarse cada noche con alguien que no les hace sentirse vivos, que ya no les inspira, pero con los que avanzan por inercia, con ese miedo a que no haya nadie esperando detrás.

No me gustan los que se dejan intimidar. Aquellos a los que si les dicen que no son capaces, ni siquiera se molestan en averiguarlo.

No me gustan los egoístas. Solo pensando en sí mismos, que avanzan sin mirar a su alrededor, porque su mundo es solo ellos.

ME GUSTAN LAS PERSONAS. NO ME GUSTAN LOS AUTÓMATAS.

(Julio 2013)