Hace unas noches fui a cenar con unos amigos y, aprovechando que al día siguiente era festivo, decidimos ir a tomar algo a un pub cercano al restaurante. A pesar de que como todo el mundo tuve mis épocas de salir más de marcha, jamás fui un apasionado de las discos y mucho menos de los afteres. Me gustaba estar con mis amistades, echar el rato, compartir, pero había otras cosas que llevaba regular, como la necesidad de conocer gente (un poco a la fuerza). No me malinterpreten, claro que he socializado y, evidentemente, algunas de esas personas con las que te cruzas luego han llegado a ser amistades. Pero no precisamente por lo que hayamos hablado una noche con copas de por medio, sino por habernos visto luego en otro lado, de otra manera.
Siempre he creído que cuando sales de marcha te encuentras a un montón de gente tratando de enseñar su mejor cara (o incluso una cara que luego no corresponde) para atraer a otras personas que les llaman la atención normalmente por su físico. A veces se fuerzan diálogos vacíos o absurdos, porque generalmente el horizonte en ese momento es justamente esa madrugada. Por ello siento que al final es un poco mentira, porque la peña no es así; es así ese rato, en el que toca ser así. Es como cuando mostramos nuestros perfiles en redes sociales o quienes usan aplicaciones de citas. Puede que haya personas que sean reales, pero hay otras que miran qué es lo que a una tercera le mola para aparentar gustos similares, coincidentes. Más probabilidades de hacer match, sea real o no, sin que exista otro interés detrás. Digamos que el fin justifica los medios.
Yo pienso que la verdadera conexión o descubrimiento de alguien que te llene, te llame la atención o te llegue a enamorar ocurre en el día a día, en ese tiempo que se pasa junto a esa persona sin estar condicionados por lo que hemos leído previamente de ella, por las expectativas que nos hemos creado de ella o por lo que ella nos muestra un día en que trata de gustar. Al final, las personas tenemos nuestras luces y nuestras sombras, somos diferentes y más complejas que lo que se puede adivinar en un perfil o con un par de copas. La cuestión, diría, es qué persona por su naturaleza realmente te atrapa.
Y aquí viene otro dilema que en tiempos de inmediatez tiene difícil solución. Conocer a alguien, bien, sin edulcorantes, requiere una paciencia que hoy no se estila. Lo ideal sería llevar todo a su tiempo, pero parece que no disponemos de ese tiempo. En ocasiones, a la primera descartamos, no sé si pensando que hay muchas más opciones en ese mercado figurado. Hay muchos peces en el mar, ya saben. Pero en realidad descartables somos todos y todas si lo reducimos a rasgos superficiales. Lo suyo es atravesar esa capa.
Hace no mucho leí el término «ansiedad colectiva», a colación del aislamiento que paradójicamente han generado esas redes sociales que mencionábamos antes. Me pregunto dónde queda el interés en profundizar. Porque (atención, spoiler) la perfección no existe. Una relación justa no tiene que ver con obligaciones. Y cuanto mayor me hago más creo que necesita cariño y paciencia. Pero no para aguantar lo que sea (estaría bueno), sino para entender a la otra o al otro.
Tuve una conversación con una de mis mejores amigas hace no mucho. Bueno, era una charla de tres, porque éramos ella, otra colega y yo. Pero hago hincapié en ella porque nos explicaba cómo había construido su historia de pareja a partir de una amistad que sin darse cuenta fue convirtiéndose en otra cosa. Su buen rollo inicial pasó a ratos compartidos, a admiración mutua posterior y, de pronto, a una relación con cimientos sólidos. Claro que no tiene por qué ser así siempre, evidentemente, pero qué tranquilidad debe dar saber que ya lo conocen todo de ti porque jamás quisiste aparentar lo que no eras.
Su caso tal vez no sea lo común hoy en día, porque en esta era el discurso del autocuidado deja asomar muchas veces un individualismo peligroso, en el que sólo importa qué nos aporta la otra persona. Una relación también tiene que ver con qué aportas tú. Por ahí leí también que un vínculo es una suma. De aportaciones, se entiende. Tenemos en mente aquello de que todo fluye y no siempre es así. Una flor no brota sin más, debes cuidarla. Podría interpretarse esto como un esfuerzo. Sin embargo, no lo es. O no como parece. Porque si hay reciprocidad también vas a ganar. El entendimiento debe trabajarse. Y el amor también debería, sea en la forma que sea. Porque el amor también se crea. Y luego se cuida. Sabemos poner límites (necesario, faltaría más), pero no tanto sostener vínculos.
Para finalizar, me voy a salir un poco de esta senda y a dejar una reflexión a partir de algo que Benedetti escribió una vez: no importa quién quieres que venga a salvarte, importa quién viene y lo hace. Ojo a lo real. Amar implica una disposición real, estable y genuina a querer el bien de la otra persona, incluso si ese bien te deja fuera. El amor no es una ciencia y no puede exigirse. No va de poseer, sino de acompañar y ofrecer. Por lo tanto, tampoco retiene. Por eso hay que leer las señales. No todo el mundo está dispuesto ofrecer algo auténtico. O a exponerse.

PD para quienes se exponen: hacerlo implica poder perder, implica vulnerabilidad. Cierto. Sin embargo, hay otra cara. Van Gohg le contó a su hermano en una carta que el amor es lo que al final nos salva de todo. Mi pensamiento es que no sólo se refería al que nos dan, sino también al que sentimos. Como si fuese una manera de saber que vivimos, aún sin ser correspondidos o correspondidas. Peor sería no sentir, ¿no? Pero esto mejor lo tratamos en otro post…