Mecanismos incorrectos

Hay personas que funcionan de otra manera, que son más complicadas. Les cuesta mucho decir según qué cosas. No todo el mundo lo entiende. Quizá porque en realidad es difícil de entender. Estas personas también vienen con sentimientos, aunque no lo parezca. Pero a veces, no son capaces de expresar lo que llevan dentro. Y en otras ocasiones, se lo guardan. Normalmente porque ya les han hecho daño antes. O porque creen que la respuesta que van a obtener de quien les interesa será un no.

Esta gente quiere avanzar, y no puede. Y se frustran. De modo que no hacen nada. Se quedan ahí, parados, en stand-by, creyendo erróneamente que el tiempo pondrá las cosas en su lugar… O a lo mejor creyendo acertadamente. Y es que igual lo pone en su lugar, solo que no es el que ellos creían que debía ser. Imagino que si no muestran interés de un modo más serio, si no son capaces de decir que sienten otro tipo de atracción, o si una vez dicho se impacientan, lo lógico sea que se vayan de vacío; habiendo perdido con ello un tiempo precioso.

Para estos sujetos fue una mierda en su día perder lo que tuvieron, y ahora es una mierda perder lo que ni siquiera han tenido. O lo que sí tienen pero no como aspiran a tenerlo. O lo que sin darse cuenta tal vez tienen solo que de una forma diferente.

Hay que hacer algo con ellos.

Por fortuna, la mayoría de estos individuos están rodeados de amigos que les demuestran amor. Y que independientemente de los “te o dije”, les tienden la mano y los levantan tantas veces como sea necesario. Resulta extraño como para esas amistades son tan fantásticos, cuando ni ellos mismos son muchas veces capaces de verlo.

¿Y sabéis qué pienso? Que aunque sea por esos que siempre empujan, esta gente tiene que convencerse de que no queda otra que seguir avanzando. Y modificar comportamientos. Ni unos ni otros merecen que no levanten la cabeza…

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Para los wawers y mis hermanos de enfrente.

Aparco el blog por un tiempo. Tengo cosas que hacer.

¡Hasta la vista!

Volver

A ratos sigo queriendo volver. Sobre todo por las noches, cuando lograba bajarme del mundo y no me apetecía irme a dormir.

Este blog cumple un año y tuvo un motivo de inicio…

Creo que la vida te pone delante a personas que solo estarán en la tuya durante un tiempo. El necesario. Para ti o para ellas. Es algo tan cíclico como natural. Llegan para sacudirte y limpiarte la cabeza, para que cambies tu perspectiva y te abras a nuevos horizontes. Avanzas de la mano y te sorprendes con todo aquello que desconocías. A veces es recíproco. Y en otras situaciones eres tú quien enseña. Solo que el conocimiento es limitado. De modo que un día alcanzas el umbral de la puerta de salida y termina la novedad. A partir de ahí no queda nada que mostrar. Entonces se plantean dos opciones: agarrarse y explorar lo que de repente se presenta extraño o soltarse para seguir caminando por separado.

Las amistades que se acaban, las relaciones que se cortan, el querer que no se da, la nostalgia de lo que jamás ocurrió, la incertidumbre.

Lo peor de esto es cuando una de las dos partes sabe que no hay más recorrido, o no quiere más recorrido, y la otra espera queriendo continuar. Lo peor para la última, digo.

Yo, en ocasiones…

Regreso al campo de fútbol y le digo a mi compañero que no volveremos a jugar juntos el próximo año, y solo porque debe saberlo. Acepto el abrazo sincero de una chica que me llena abril de estrellas antes de que continúe con su vida. Miro a los ojos de un camarada de instituto y me despido como debo hacerlo. Confieso a este ligue de verano que después de esta tarde ya no habrá más besos furtivos. Espero una conversación que nunca llega con mi mejor amigo porque creo que me la debe. Le confieso a la muchacha de la calle de al lado que me tuvo enamorado a mis 14, antes de que, con 23, esté abandonando el barrio. Guiño un ojo a mi abuelo a pesar de su chiste malo y le dedico una sonrisa. Le cuento a mi novia que lo sé todo, y que estoy harto de tragar y fingir, como hace ella; que mejor acabar. Busco un rato y enseño un truco al renacuajo que me idolatra en la cancha antes de marcharme a la playa con su hermano y resto de la tropa. Y mantengo la calma cuando aparece en mi vida aquello que no espero y me alegra las mañanas en la distancia en lugar de atropellarme y no reconocerme. 

Decisiones de punto y final o de punto y aparte. Decisiones que debí tomar o esperé que tomasen. En cualquier caso, actos que aclararían el panorama y restarían lastre a estos y otros recuerdos que vienen y van. Algunos con más asiduidad.

Dejar ir, que todo se difumine lentamente es de cobardes. Quisiera poder volver a tantas fechas y ser más transparente… Claro que dos personas no son solo una. Pero al menos haber hecho lo que sí dependía de mí.

¡Joder!

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Recuerdos que vienen y van. Que vienen, algunos con más asiduidad. Como el de este 20 de abril, o como el de hace justo un año…

 

“Aunque ya no,

yo sí.

Siempre.

Todavía”.

Mónica Carrillo.

Al revés no es lo mismo

Habría que plantearlo al revés. A la hora de encontrar a alguien, digo. Al revés. Deberíamos dejar de pensar tanto en nosotros para pensar un poco más en nosotros. Suena a contradicción, lo sé. Pero tal vez no sea una locura. Y es que somos unos cobardes. Porque siempre estamos pensando en “ojalá no me equivoque con esta persona”. Jamás en “espero que esta persona no se equivoque conmigo”.

¿A que no es lo mismo?

El “no quiero equivocarme con ella o con él” ya implica una merma de nuestra pureza. Vamos con el freno de mano echado, por si acaso. Estamos esperando el fallo que nos diga que no es la persona adecuada. Funcionamos así. El no quiero equivocarme ya deja la puerta abierta a que exista el error. No creo que sea la mejor manera de ser libres. Con la mosca detrás de la oreja no se es libre. Pendientes de si no es, proponemos que no lo sea. Y nos descuidamos.

Pero el “espero que no se equivoquen conmigo” conlleva compromiso. Proclama que debes ser la mejor versión de ti mismo. Plántate, joder. Mira a esa otra persona y rétate. “Voy a ser lo mejor que haya encontrado, voy a merecer mucho la pena alegría”. Sin ataduras, sin peso en los bolsillos. Enfrentando con nuestra mejor cara, siendo la propuesta interesante que buscan.

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Dejar de pensar en nosotros para pensar un poco más en nosotros.

Seremos nosotros los que saldremos ganando.

Pensadlo.

No es una locura.

Es un sí, pero no

Imaginad que conocéis a alguien a distancia. Por teléfono, por ejemplo. Una conversación que nunca debió darse pero que ha llegado. Pierdes tu móvil y llaman a tu casa para avisar de que lo han encontrado, te telefonean para devolverlo. Luego, por lo que sea, comenzáis a hablar banalidades y os reís. Resulta que no es posible veros hasta dentro de unos días y que repetís llamadas en los días posteriores. Y que os gusta esa persona. Os atrae. Existe magnetismo. Dice todas esas cosas que piensas y sabe cómo dar con la tecla si entre broma y broma le comentas algo personal que en ese momento te preocupa. No imaginéis tanto. Seguro que os suena aunque sea de otra manera. Las redes sociales ahora mismo son capaces de conectar a desconocidos que en la vida real jamás hubiéramos imaginado encontrar. Y seguro que habéis vivido algo parecido a lo que describo en alguna ocasión. Claro que sí, nos ha pasado a todos…

Pero un día llega el momento. De la entrega del teléfono en el caso que puse como ejemplo o del encuentro inevitable que se acaba dando con quien conociste. Pero no es lo que esperabas. Una pena. Ella es demasiado bajita, o le sobran unos kilos. A él le falta pelo en la cabeza, o lleva unas gafas enormes que no esconden su falta de vista. Ella resulta que tiene un tono de voz más grave de lo esperado. Él no gana demasiada plata o directamente no tiene trabajo. Ella hace ruido masticando. Él cojea. Ella calza un número de zapato muy grande. Él no ha terminado sus estudios. Ella no puede disimular una cicatriz en la ceja. Él fuma.

Pero no hace falta que ocurra todo eso. Con un solo caso, a veces basta.

¿Qué dirán mis amigas de un chico que ha tenido que volver a casa de sus padres? ¿Qué pensarán mis colegas de una muchacha que tiene estrabismo? ¿Cómo se va a tomar mi madre que él no comparta las creencias en las que me educaron? ¿Entenderá mi padre que ella trabaje en una discoteca?

Basta para poner pegas. Basta.

Putas preguntas de mierda de un mundo hipócrita que habitamos. Mundo hipócrita, habitado por hipócritas.

Estamos tan mal educados…

Y encima nos enfadamos con nosotros mismos. Porque no entendemos cómo nos podemos llegar a sentir atraídos por una persona que no encaja en nuestro círculo, por alguien que aun poniendo patas arriba nuestra vida no era lo que teníamos pensado.

Nos enfadamos y la jodemos.

La jodemos porque así es como perdemos.

Mierda de contradicciones debidas al peso de lo que estipula la comunidad, con sus cánones de belleza, sus varas de medir y su formal corrección. Mierda de cerebro que no nos deja hacer lo que el corazón nos pide. Ser libres para intentar ser felices. Mierda de sociedad que nos quiere perfectos. También en las apariencias.

Deberíamos ser todos ciegos por momentos, joder. Para así dejarnos de estupideces. Deberíamos además, ser sordos a ratos. Para que no nos afecte el qué dirán.

Bueno, no. En realidad deberíamos simplemente ser conscientes. Y justos. Sobre todo con nosotros mismos. Para que no influya el dinero, ni los estereotipos, ni lo que venga de afuera. Debería solo importarnos lo que sentimos. Y que pese más el que alguien te haga reír, te escuche, te entienda…

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Debería importarnos lo que solo va a afectarnos a nosotros mismos. Que nadie va a vivir nuestras vidas. Que ya tienen las suyas.

Hablar sintiendo

Yo casi nunca digo “te quiero”. Y es que se trata de algo muy delicado. Si se expresa, debe sentirse. Jamás entenderé los “te amo” que maduran en apenas una semana. Sí los “me gustas”, sí los “me molas”, sí los “quiero verte otra vez”.

Y luego a crecer si procede.

Pero no, solo ponía un ejemplo. Esta vez va sobre palabras. Aquellas que decimos. Por qué las decimos. Si hacemos bien diciéndolas sin estar seguros de que así lo percibimos.

Y es que es muy fácil hablar. Más a día de hoy. Se habla por hablar, no por sentir. Ahí está el problema. Se afirman muchas cosas sin pensarlas, sin buscar la profundidad que quizás nuestros enunciados requieren. Es como aquel “ya nos llamamos” que nunca llega. Pero más grave.

Yo tengo mi opinión y mi proceder. No puedo comprometerme si no estoy dispuesto. Pero con cualquier causa. Un trabajo, un fin, una relación…

¿Sabéis esas amistades que siempre están pero que luego no están? Es que yo no quiero ser algo así. De modo que estoy o no estoy. Si alguien me importa se lo haré saber. Y si se lo hago saber iré hasta el final. No hay condiciones, no hay tratos. En todo caso uno conmigo mismo. He descubierto muchas veces a personas que están cuando les llegan mal dadas desaparecer en tiempos de bonanza. He visto a gente extender su brazo y sacar del pozo a otro individuo y este último llenar el aire de promesas vacías y evaporarse si la situación se daba a la inversa.

Puede que no entiendan de empatía. No lo sé.

No puedo castigar a alguien porque no actúe de la manera que espero. No si significa algo. Intento comprender. Puede que tenga sus motivos. Desaparecer es para quienes se ganan la vida con trucos de magia. En la vida real toca estar, aunque el impacto visual sea menor. Y conversar para solucionar, para interpretar.

No entiendo de conversaciones que se diluyen…

Decimos las cosas para quedar bien, admitámoslo. Si nos conviene reímos las gracias del jefe; si acercándonos a determinado grupo llegamos a un tipo o una tipa que nos atrae o interesa (ya sea por su posición o capacidad), lo hacemos; y si tenemos que vendernos inventando sobre nuestros gustos debido a que son aquellos de quien perseguimos, no se nos cae la cara de vergüenza al hacerlo. Por momentos somos una patraña.

Y es que luego nos cuesta un abrazo de verdad, una conversación a pecho descubierto o una cena sin filtros. Nos supone un mundo adentrarnos en el lenguaje, en un diálogo sincero, en una charla auténtica.

¡Cuidado! No vaya a ser que nos agrade.

Me he desviado…

Aunque bueno, se trataba de expresar en sintonía con el sentimiento. Y en cierto modo, en ello estamos.

Total…

Que yo casi nunca digo “te quiero”, del mismo modo que son extraños mis “ahí estaré” o “ese día no me lo pierdo”. Casi nunca digo “te quiero”, de igual manera que muy rara vez proclamo un “voy a estar siempre que me necesites” o “llámame a cualquier hora”. No me salen esas manifestaciones tan alegres sin fondo. De manera que si de mi boca brota algo así, tómalo en serio.

Tómame en serio.

Y por favor, intenta que exista reciprocidad. Si no estamos en el mismo punto, no me hagas creer que sí. Si soy solo un pasatiempo mientras llega algo mejor, o si no soy un amigo que podrá contar contigo cuando lo requiera, para cuanto antes.

Un secreto: a veces me dan envidia los niños. Porque a esas edades no se engaña. Lo que manifiestan, lo creen.

Enanos sentados

Nosotros, los adultos, deberíamos tener mucho cuidado con lo que decimos. Y a quién se lo decimos. Porque el receptor puede pensar que hablamos de verdades.

Y aunque nos importe poco, no es para nada justo.

 

No pasa nada, pero…

Hoy no voy a ser amable. No me apetece ser amable. No quiero ser amable. Estoy harto de ser amable. Y no procede ser amable…

Lo siento, pero no puedo más. Ya está bien de tanta mentira, de tanta palabrería, de tanta hipocresía… No, ya no me lo trago. Y supongo que cada vez somos más los que lo pensamos.

Hoy me dirijo a vosotras, chicas. A las que mentís. A las que os mentís. A vosotras. Porque me da que con los chicos hay poco que hacer.

Estoy enfadado. No puedo evitarlo.

Y es que habláis de una cosa y luego hacéis otra cuando os referís a esa persona que esperáis que llegue. Me aburrís. Porque cuando idealizáis a un chico no os dais cuenta de que no puede ser ese gilipollas del que acabáis enamoradas. Porque perdonad, la realidad es otra. Buscar los sábados a las 2 de la madrugada en una discoteca a tu príncipe azul no me parece lo más adecuado. Tampoco hacerlo en un gimnasio. ¿Qué puedo decir? Evidentemente yo no soy diferente. También salgo cuando puedo (y me apetece, que esa es otra) los sábados. Y voy al gimnasio siempre que el tiempo me lo permite. Pero no espero que allí esté la mujer de mi vida, sinceramente. Que puede estarlo, de acuerdo. Aunque las posibilidades son ínfimas, seamos claros. No, quizás el primer error sea el lugar.

Me cansa mucho escuchar aquello de “quiero que alguien me haga sentir especial”. Eso no es cierto; siendo objetivos la frase correcta sería “quiero que el chico que me gusta físicamente me piense especial”. O, en su defecto, “ojalá encuentre un chico con todos los atributos que me agradan y/o con los recursos necesarios que sea capaz de hacerme sentir especial”. Y ahí entramos en terreno discordante nuevamente. ¿Conocéis el motivo? Posiblemente os hagan sentir especiales por capacidad. Me explico. Yo me sentiría especial si me llevasen de viaje a París, o a Londres. Me sentiría especial si cada día pudiesen permitirse salir a cenar fuera, o asistir al teatro. Me sentiría especial conduciendo un coche de 60.000 euros. Me sentiría especial, claro que sí. Solo que no me sentiría especial por la persona, sino por lo que es capaz, con su poder adquisitivo o posición, de ofrecerme. Y después… ¿Qué? Tal vez a exista gente a la que les valga. Son justo esas personas que desde mi humilde punto de vista no valen. Igual soy un romántico que espera que exista una conexión que esté por encima de lo material, de lo posible. Quizás yo me equivoque tratando de buscar pureza. Puede ser.

Pero…

Os quejáis diciendo “no se me acerca el que yo quiero”, sin daros cuenta de que quien se acerca realmente os quiere. Sois un poco idiotas, he de decirlo. Y es que aquellos que hacen todo lo que en realidad deseáis pasan a ser vuestros amigos. Maldita “friendzone”. Estos chicos siempre están. Os atenderán a las 4 de la mañana si es necesario y os irán a buscar a la otra punta del mapa. Estos no tendrán jamás nada mejor que hacer, ni os pedirán que los llames más tarde. No. Estos además os darán su punto de vista más sincero en cualquier asunto que os preocupe pensando primero en ustedes. Y sobre todas las cosas, desearán vuestra felicidad. Esto es muy importante. Repito: desearán vuestra felicidad. Sin condiciones. No al lado suyo. No provocada por ellos. Desearán vuestra felicidad. Sin más.

Todo eso que queréis, ellos lo ofrecen. Aunque claro, ellos no son quienes queréis que lo hagan. Estúpida paradoja a la vista.

Así que la cuestión es que a estos últimos tendéis a ponérselo más difícil o directamente no darles oportunidad, incluso enfadándoos si se les ocurre sugerir un paso más. O los descartáis al primer error. Mientras que a los capullos ególatras les ofrecéis siempre otra oportunidad. Y si fallan, una más. Y si vuelven a fallar, pues otra. Descartáis a los que lo darían todo, mientras soportáis los desaires de quienes quieren todo (para ellos mismos).

¿Sabéis lo que pienso? Que mentís. Que os mentís. Si lo que buscáis es otra cosa, manifestadlo claramente y no pasa nada. Pero no digáis que esperáis algo que no es cierto. O posible donde queréis encontrarlo. Sed valientes. Que insisto, no pasa nada. Os ayudará mucho (y ayudará a los demás). No perdáis el tiempo. No hagáis que quien no os vale pierda el suyo. Y si perseguís popularidad, pues de acuerdo. Si anheláis posición, correcto. Si buscáis una figura pública, vale. Eso sí, sin mentiras.

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Sí, estoy enfadado hoy. Y no ha apetecido ser amable. Aunque os enojéis. Y es que yo solo pienso que deberíais dejaros querer por aquellos que os busquen por lo que sois. No por lo que son ellos mismos y representa vuestra compañía. Y que os respetéis. Esto es muy importante. Porque la mayoría valéis más que toda esa mierda

O eso creo yo.

Espero no estar equivocado al respecto.

Dilo a tiempo

Tengo una hermana y un puñado de hermanos. A dos de ellos me los regalaron mis padres después de haberme traído a mí antes al mundo. Supongo que conmigo practicaron para luego hacer mejor las cosas… Les salió bien; son dos tipos fantásticos. A los otros me los regaló la vida. A la mayoría de pequeño (algunos en el colegio, otros en el barrio); y luego hay dos con los que topé ya con cierta edad. A uno lo conocí en una página web caduca en la que disfruté como un enano muchos años atrás, y desde el primer momento fue como verme reflejado, solo que con otro acento. El mismo que comparte con mi hermana. De ella supe en la universidad y me costó muy poquito quererla. Fue quien inspiró este post…

Con mi hermana hablo de cuando en cuando. No soy muy amante de las llamadas, pero necesito escuchar a algunas personas cada cierto tiempo. Con ella me pasa una cosa: suelo mostrarle mi cariño muy a menudo y jamás nos enfadamos, a pesar de que muchas veces no entendamos algunas decisiones del otro. Más ella las mías, he de confesar; y es que soy un desastre, aunque eso ahora no viene a cuento. La cuestión es que siempre que nos comunicamos trato de que no se me quede nada que decirle con respecto a nuestra relación.

¿Y sabéis? Tal vez eso sea algo que debiéramos hacer con cada una de las personas que forman parte de nuestra vida.

Porque nunca se sabe. Un día, por lo que sea, no estás. O no está alguien. No me estoy poniendo en lo peor, que también. Hablo de cualquier circunstancia que haga perder la conexión. Imaginad. Nosotros con cosas en el tintero. Sin decir, sin hablar, sin soltar… Recrea en tu mente la imagen de ti mismo en ese instante en el que te das cuenta de que ya no vas a volver a conversar con esa determinada persona. Añádele la pregunta que siempre quisiste hacerle pero que posponías en el tiempo y de buenas a primeras ya no tendrá respuesta. O súmale lo que pensabas contarle cuando llegase el momento adecuado.

Momento adecuado… (¿?)

Vale, sal de esa situación. Que es una mierda no es agradable.

No sé ustedes; yo a veces, cuando me bajo del mundo y me quedo a solas conmigo, recreo escenas en las que tengo charlas con mucha gente. Que luego no se dan. Y pienso que no tendría que ser así. Ya que si llega el día en el que vas a tener que callar todo aquello que antes no dijiste, el desasosiego puede acompañarte siempre que ese alguien regrese a tu mente. Definitivamente no me parece una buena idea.

Porque un día no está. O no estás.

¿Y entonces?

Entonces nada. Salvo las dudas, los silencios, la ausencia…

Nada, salvo cosas negativas.

¿Me vais pillando? Sí, de eso se trata; hay que decir las cosas. Y si es el caso de una persona que merece la pena o quieres, decirlas bien. A pesar de que no sea agradable, de que no exista acuerdo si llegáis a discutir. A pesar de todo… Cuando vayas a dormir, ve en calma. Hoy comprendo que es casi vital no irte a la cama enfadado con quien te importa. Enfadado tú, o enfadada la otra parte. Yo he permitido que me ocurriese alguna vez; la última no hace mucho. Un error, esas semanas aún me pesan. Me duelen. Crean distancia… No, cuando llegues al catre, hazlo en paz. Que no se te haya quedado nada.

Y si significa algo, díselo. Si algo te molestó, díselo. Si tienes un plan, díselo. Si te cae bien, díselo. Lo que sea, díselo.

Sé que no suena muy positivo.

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Mirad… Ojalá todos estemos aquí mucho tiempo. El suficiente para que no se nos quede nada por decir, el suficiente para charlar de todo lo que algún día tendremos que contarnos. De lo que te apetece decirle a tu familia, a tus amigos, a esa persona que te enamora o a cualquier otra que estés deseando conocer.

Ojalá. En serio. Ojalá.

Pero el tiempo, y sobre todo la vida, no hacen pactos. No te dan oportunidades extras. No puedes echar otra moneda y seguir la partida.

Por eso yo te planteo… ¿Piensas irte hoy a planchar la oreja así?

Reflexiona antes.

Siempre te estoy diciendo que te quiero

“Dime que me quieres”. Hace años tuve una novia que me pedía constantemente que le enunciara esa frase. Me lo preguntaba una y otra vez. “¿Me quieres?” “¿Me quieres?” “¿Me quieres?” Continuamente. Yo le respondía que sí, pero su contraataque llegaba veloz. “Nunca me lo dices”. “Siempre te lo tengo que demandar”

Creo que no se enteraba de nada.

Ella era insistente. Sus te quiero me taladraban masivamente. Como si necesitase reivindicarse. Martilleo incesante. Me lo decía al despertar, mientras desayunábamos; antes de irnos al trabajo, en las tardes de películas, cuando íbamos a acostarnos… Lo recalcaba en todo momento, legitimando su sentimiento, aunque también advirtiendo. Dejando constancia. Como para que no se me olvidase. Yo eso ya lo tenía presente, sin necesidad de que me lo repitiese. Es más, nunca me hicieron falta esas palabras. Es algo que se sabe. Del mismo modo que uno entiende cuando esa misma frase deja de tener validez pese a seguir escuchándola. Cuando deja de ser de verdad. Se siente.

Yo, por el contrario, apenas se lo decía.

O en realidad sí (al menos mientras existió el sentimiento) Pero se lo decía diferente…

No obstante insisto, creo que ella no se enteraba de nada. 

Era su caso. El de esa persona. No debería tener mayor trascendencia, puesto que únicamente afecta a sus relaciones. Solo que pienso que hablamos de un asunto universal. De algo que le ocurre a mucha gente. Resulta que lo he visto más veces. Le pasa a todos esos individuos que no son conscientes.

Y es que del mismo modo que el amor no es echar polvos, sino otra cosa, hay que escuchar cuando te dicen te quiero de otras maneras. Se trata de estar atenta o atento. De entender pequeños detalles que marcan la diferencia. Porque igual que amar, por ejemplo, es decidir estar siempre sin que nadie te lo imponga o te lo pida, un te quiero es algo que se puede manifestar de diferente modos.

¿Te has parado a pensarlo? ¿Has querido entenderlos?

¿No se te ha ocurrido prestar más atención cuando alguien te dice que le avises al llegar a casa? ¿Por qué motivo querrá saber que llegaste bien? Igual te quiere. ¿Y esas mañanas en las que abres el ojo y ves un mensaje de buenos días en la pantalla de tu móvil? Resulta que se están acordando de ti. Y no, no se hace con cualquiera. Pese a que tú, yo o quien sea nos cubramos las espaldas diciendo que es normal. Imaginad que fuésemos a darles las buenas noches a todas y cada una de las personas que figuran en nuestra agenda o lista de amistades en Facebook…

No, no es eso. Pero tienes que estar alerta.

Un te quiero es ten cuidado con el coche, no cojas el teléfono mientras conduces.

Un te quiero es cuando te compran ese helado que te gusta.

Un te quiero es contar los planes, o las dudas, o las ilusiones a otra persona.

Un te quiero es cuando te desean suerte para un examen, o en una entrevista de trabajo. Es cuéntame al salir.

Un te quiero es que te hagan compañía cuando debes ir a ese sitio que no te agrada.

Un te quiero es estar en un lugar y querer sacar una foto para enviarla.

Un te quiero es un me gustaría que estuvieses aquí y pudieras contemplar esto.

Un te quiero es un te llevarías bien con este amigo mío o te reirías mucho con mi madre.

Un te quiero es un estaría encantado de cocinar para ti en alguna ocasión.

Un te quiero es frustración por no poder aliviar un dolor.

Un te quiero es un libro, una película, una canción que te digan que debes leer, ver u oír.

Un te quiero es cuando te hace partcipe de su jornada, ya sea de manera presencial o no.

Un te quiero es una botella de vino, un perro, un color, un amanecer, una ocasión especial… Todo lo que comparten contigo cuando no tienen por qué.

Un te quiero es una llamada inesperada, un mensaje a altas horas de la madrugada, un detalle que aguarda la ocasión adecuada para ser entregado.

Un te quiero es hablar hasta que uno de los dos se quede dormido.

Un te quiero es que deseen que formes parte de sus planes.

Un te quiero es cuando te miran a los ojos y no a otra parte.

Un te quiero es inspiración…

Un te quiero es un yo siempre estoy, a cualquier hora.

¿Escuchas de verdad cuando te dicen te quiero? ¿En serio? Yo no estaría tan seguro.

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Y quiero creer que a mí me lo han dicho, aunque no me haya dado cuenta. Y quiero creer que se han dado cuenta, cuando he sido yo quien lo ha dicho.

Yo quiero creer que todos decimos, y nos dicen te quiero. Más veces de las que pensamos.

Quiero creer que sabemos escuchar.

 

PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

La importancia de cuidar lo que importa

Tengo una amiga con la que últimamente hablo menos que siempre insiste en la importancia de las relaciones personales. Suele incidir en lo profundo que resulta para ella implicarse con alguien. De lo que le cuesta porque tiene miedo a sufrir. Y no habla solamente de relaciones de pareja. Abarca mucho más que eso. Creo que se refiere al amor en general. Amor hacia las personas que de un modo u otro se ganan pedacitos de nosotros a base de estar, o de ser. De personas que van calando poco a poco en el alma y se convierten en algo que no teníamos previsto. Me gustaría ser más concreto en esto que expongo, pero me da que eso es algo que se siente y que, como también sostiene esta persona, cada cual lo vive a su manera y con distintos niveles de intensidad.

Esta teoría, a la cual me he ido abonando despacito pese a que se la discutía en un principio, nos sugiere que perder a alguien con quien mantengamos una relación afectiva de pareja (noviazgo) no tiene por qué ser más doloroso que perder una amistad en la que nos hemos apoyado en momentos que pueden habernos resultado muy duros o aquella que viene de tan lejos que no recuerdas el momento exacto de su nacimiento.

Me sirve el ejemplo real de una persona que cuando comprobó que sentía algo más serio que la amistad por otra quiso poner distancia para no dañarse a sí misma, y acabó lastimando tanto o más a esta última por buscar un final a una conexión que se da muy pocas veces. Curiosamente, cuando quien quiso romper con todo entendió este punto, ya había apartado de su lado a quien no debió alejar y, a día de hoy, me da a mí que ni con calzador conseguirá que el zapato encaje como en su día lo hizo.

Dejando este pequeño apunte de lado, que si bien nos ha servido de modelo para introducirnos en materia no deja de ser un caso puntual, quiero incidir en que en el mundo en que vivimos las relaciones personales no se cuidan como debieran.

Puede ser que el que yo acabe de ver una película como es “Truman” (la cual aprovecho para recomendar encarecidamente) me tenga en este momento con el sensible subido. O puede ser que en realidad crea que somos muy gilipollas cuando la cagamos de tal modo que lo importante pasa a segundo plano y nos ponemos los primeros sin darnos cuenta de que por el camino del yo nos dejamos un nosotros que nos hace mejores, que nos completa.

Supongo que todos volvemos atrás en nuestra mente de vez en cuando. Y hoy me ha dado por pensar que quizás si a ese amigo con el que tuve un conflicto estúpido hace años que acabó enfrentándonos le ocurriese algo grave en el presente y yo no estuviese, me sentiría como un pedazo de mierda muy grande. Hoy me ha dado por pensar que nunca he tenido la oportunidad de decirle a aquella novia con la que terminé tan mal que posiblemente nuestra relación estaba viciada y por eso nos dijimos e hicimos cosas de las que seguro nos arrepentimos, cosas que debimos ahorrarnos para simplemente tomar cada uno su camino, y que espero y deseo de corazón que todo le vaya bien y que encuentre la felicidad que, como todos, persigue. Me ha dado por pensar que casi nunca le digo a mis padres lo importantes que son o a mis hermanos que me dan la vida y que yo daría la mía por ellos. Me ha dado por pensar que debería gritar a los cuatro vientos lo afortunado que soy por tantas personas magníficas que forman parte de mi vida; y no solo aquellas con las que voy a beberme unos vinos un día entre semana o los que comparten equipo de fútbol, sino también a las que veo cada demasiado tiempo o esas que ni siquiera conozco pero consiguen arrancarme carcajadas en alguna red social. Me ha dado por pensar que me gustaría tomarme algo con todas ellas. Y me ha dado por pensar que haría lo imposible por retroceder en el tiempo unos meses y hacer las cosas de otro modo.

Sí… Cuando me da por pensar me pongo pesado, es verdad.

En fin… No sé qué pasa. No sé a qué ha venido este arrebato. Pero necesitaba soltar. Y decir que tenemos que cuidar más las relaciones con los demás. Joder, tenemos que cuidarlas mucho, porque al final todo lo demás importa menos que nada. Todo lo demás son accesorios. Y en la vida los accesorios son solo eso, adornos que lucen pero que no son nosotros.

Solo eso. No son nada más.

Perdonad este texto si es un poco un caos y por momentos el hilo se pierde. Está escrito por un impulso repentino y ni siquiera me apetece releerlo. Ni revisarlo. Porque también es cierto que estoy seguro de que todo lo que está escrito, lo quería decir. No sé si elegí la mejor maneras, pero el contenido es real. Así que ahora buscaré una foto y lo colgaré sin más.

Ya en otro momento seremos más metódicos, ¿de acuerdo?

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Perdón por la chapa. ¡Abrazos!

Creí verte esta vez

Creí verte esta vez. Y pensé en echar el resto. Me invité a inventar paseos al alba, botellas de vino, tardes de lluvia y manta, noches de luna llena por llenar y conversaciones en voz baja. Imaginé que serías a quien le confesaría mis miedos, por quien valdría la pena (y también la alegría) ser atrevido. Revisé en mis bolsillos para ver qué podría ofrecerte y solo soñé millones de ideas, nada infalible. Pero a mí me bastaba. Seguro de jugar mis cartas aún con una mano perdedora, pues estimé suficientes los arrestos para crecer al unísono y exponerme.

Creí verte esta vez. Y pensé en echar el resto. Hablé conmigo mismo de ti tantas veces que acabé atrapado en la contradicción de no divisar nada más. Los que como yo no buscan compañía tiemblan cuando reconocen una cintura a la que amarrarse. Un puerto en la tempestad, la luz de un faro para un barco a la deriva y un acantilado traidor al que darle la espalda. Y quise, claro que quise. Saltar a pesar del oleaje y nadar a contracorriente por llegar a tu bahía. Reencontrarme valiente en el espacio y volar. Volver a volar… También en avión.

Creí verte esta vez. Y pensé en echar el resto. Agotado de tanta belleza vacía, hastiado de desencuentros en una segunda conversación, cansado de conectar con todo el mundo menos con alguien. Hace tiempo que dejé atrás las tardes de gloria y las mañanas de pesar; en ti buscaba madrugadas de estrellas y sobremesas de caricias. Cuando ya no esperaba nada, la sombra de tu figura. Me pareció verte llegar con las manos vacías, y aunque cargaras con una mochila de cosas inservibles a tus espaldas a las que en realidad no quieres renunciar, yo no quise renunciar tampoco a intentarlo.

Creí verte esta vez. Y pensé en echar el resto. Te susurré cada noche antes de dormir sin que te dieras cuenta, desperté todas las mañanas contigo y viajé durante las horas del día hasta tu lado. Tan lejos. Y solo a la distancia del tiempo que tardo en cerrar mis ojos. Me miré en el espejo y vi la seguridad que había escondido muy al fondo. Y te quise grande, del tamaño del cielo. Grande hasta el horizonte. Grande hasta el infinito. A pesar de que no sería fácil, de que habría que pelear cada minuto, pues no llevo el atajo de la gloria en mi equipaje.

Creí verte esta vez. Y pensé en echar el resto. Planeé una historia en la que tú eras la protagonista. Me advertí desbocado por el incontrolable deseo de lo imposible. Me perdí en tus fotos cuando encontré en ellas el milagro de una sonrisa más tarde confirmado por lo brillante de una mirada. La magia de tus curvas cuando la alegría te come la cara, la magia de un pozo interno que alberga tesoros no descubiertos. La persona y no el personaje. Lo que no saben de ti quienes saben tanto de ti. Lo que eres cuando no quieres ser otra cosa. Lo que queda una vez desechados los envoltorios inservibles y los adornos solo útiles cuando todos miran.

Creí haberte visto antes, pero no como ahora. Nunca como ahora. Estaba convencido de que en esta ocasión no me había equivocado. No esta vez. No era posible tanta casualidad, ni tantas señales, ni tantas ganas por mi parte. Pensé en echar el resto. Derramar mis adentros y elevarte hasta el cielo. Desayunarme el mundo, contarte hasta mil, entregarte mi esencia. Adjudicarte las llaves de mi alma para que me destroces si quieres confiando en que no lo hagas. Poner mi brazo para que nunca tropieces, callarnos al ocaso.

Y es que era como otras veces antes, pero distinto como nunca. Ya había vivido este momento y sin embargo jamás de esta manera.

Pero volví a equivocarme, amor. Más fuerte que nunca.

Porque yo no conté contigo. O porque tú no me contaste contigo.

O porque tampoco eras tú. ¡Maldita sea!

No eras tú. O no eras ahora.

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Posdata: donde quiera que estés y quien quiera que seas, nos veremos algún día.