Me alegra saber de ti
Llevo unas semanas jodido. Tengo la sensación de estarle fallando a gente que ha depositado su confianza en mí. Hace poco más de un mes me tocó mediar entre dos partes y salí del último encuentro con el convencimiento de haber conseguido algo bueno. El problema viene cuando una de esas partes no cumple con lo suyo o reinterpreta lo acontecido porque cree que ha salido perdiendo. Bueno, a veces pasa, es una sensación que yo he tenido antes. Posiblemente también tú, que estás leyendo esto. La de esa parte digo, la que cree, a posteriori, que por algún motivo deja de ganar y podría haberlo gestionado de otro modo.
Lo importante aquí es cómo actúas ante ello. En mi caso, mi palabra (me) importa mucho. Y creo que la dignidad está por encima de cuestiones materiales. Así, de pronto me vi lidiando nuevamente con un asunto que debía estar zanjado y en el que parece que el eslabón más débil de la cadena, una vez más, es el que podría ceder. Porque los fuertes siempre quieren imponerse. Y si entienden que han perdido, tratan de reiniciar la partida.
Todo esto ha provocado que los últimos días hayan sido especialmente duros, frustrantes. De modo que he querido refugiarme en lugares seguros. Mafalda, que sabía salvarme la vida sólo con su presencia, ya no está y las pequeñas pirañas aún están en fase de aprendizaje. Aunque al menos hay que reconocerles que me hacen reír y que me obligan a cumplir unas rutinas que para mí son tan necesarias cuando hablamos de equilibrio. No es poco…
(Pequeña pausa para consejo: ten perro, es un win-win. Aquí sí que ganan las dos partes).
Los otros lugares seguros son personas, a pesar de que no necesariamente les cuente lo que me sucede. Y es que el refugio puede (incluso suele) ser una conversación sobre lo que se nos ocurra en el momento o disfrutar de tomar algo con calma en una terraza.

El jueves estaba especialmente cansado y mi intención era irme a dormir temprano. Pero alguien contestó a una historia precisamente de las fieras y empezamos a hablar. Al final me acosté tardísimo, pero esa charla sobre cuestiones banales me hizo bien. Y la despedida: “me alegra saber de ti”, me dibujó una sonrisa y funcionó como bombona de oxígeno. A pesar de que durante un tiempo estuvimos muy conectados, hacía mucho que no hablábamos. Por cierto, ni que decir tiene que la alegría fue bidireccional, evidentemente.
No se lo dije, pero esa frase, ese gesto, me salvó el día. Y me hizo reflexionar. Con qué poco, a veces sin proponérnoslo, podemos echar un cable a otra, a otro. Un empujoncito casi sin querer que marca la diferencia. Vivimos en una sociedad que avanza a toda máquina y en la que nos hablan continuamente de lo que tenemos que lograr, de cómo nos tenemos que proteger, de qué nos ocurre. Todo en primera persona. No sé si con esto del autocuidado (necesario, por supuesto, no me malinterpreten) precisamente estamos descuidado a las personas que nos rodean y (o creemos que) nos importan.
Siento que nos hemos sumido en un individualismo tal que ahora medimos todo, aun entrando en contradicciones terribles. Mostramos cercanía, pero hasta cierto punto, no sea que nos involucremos afectivamente. Y nos cuesta contar nuestras mierdas porque a veces tenemos la sensación de que si lo hacemos podemos agobiar (y quien sabe si además alejar) a quien nos escucha, nos acompaña. No tiene sentido.
¿Saben? Somos idiotas. Porque con todo ello como excusa invisible dejamos de hacer cosas que nos cuestan poco y le pueden hacer bien a otras personas. Y no es tan difícil. De hecho, en realidad es tan simple como mostrar interés real o preguntar cómo estás esperando una respuesta también real y no sólo para aparentar, para cumplir. Yo soy fan de esa gente que quiere saber, que te mira con la vista atenta y esperan que contestes de verdad. Soy fan de quienes te envían un mensaje porque se acuerdan de ti. Soy fan de las personas auténticas a las que les sale compartir.
Y es que igual únicamente se trata de poner un poquito más de alma. De ser más humanos, humanas. De ser más sinceros, sinceras. O de buscar el momento. Somos conscientes de que en este mundo donde todos corren no se pueden pedir milagros, pero qué menos que pararte y dedicar cinco minutos verdaderos a quien te encuentras por la calle, qué menos que hacer o devolver una llamada, responder a un whatsapp, qué menos que ser honestos, honestas, qué menos que mirar a los ojos. Qué menos que cuidar las relaciones que nos importan, en cada una de sus formas.

No sé, supongo que yo necesitaba esa charla que llegó de madrugada, aunque no lo supiera. No por lo que tratamos en ella, que da igual, sino porque me rescató un rato del pozo en el que estaba, de esos pensamientos pesados que durante tantas jornadas me tuvieron sometido. Y podríamos creer que esa persona no hizo nada especial, pero visto lo visto, cómo somos en estos tiempos, seguramente sí.
Me hizo recapacitar y concluir que deberíamos atender un poco más, que un gesto marca la diferencia. Y creo que no estarían nada mal más abrazos sin pedirlos, más para ti tengo tiempo o más cuándo nos volvemos a ver, aunque sea un ratito. No estaría mal más valor a quienes están, a quienes quieren estar y a quienes nos siguen salvando con un meme, una canción, una recomendación…
O un simple me alegra saber de ti.
