Te miro de lejos

Te miro de lejos y en silencio. ¿Cuántas veces que me he aprendido de memoria las líneas que dibujan tu interior y el milagro de una personalidad que tira abajo mis muros y hace inútiles mis trincheras? Peleo con mi cabeza y me enzarzo en el mar de dudas de mis sentimientos. Necesito urgentemente explicarte que has abierto mi alma de nuevo; pero que mi lado salvaje, ése que me hace saltar al vacío cuando se trata de arriesgar en otros campos, también me frena cuando siente que puedo perder. Y no quiero perder, aunque confieso que me dejaría vencer, si se trata de ti. No quisiera perder tus ratitos. Esos que ahora, quizás intrascendentes pero emancipadores, tenemos cuando coinciden nuestros desvelos.

Voy recogiendo tus pensamientos y me los guardo en el bolsillo de lo importante, cuento los millones de minutos que mi almohada almacena cuando mi insomnio sabe que algo no te va bien y no soy capaz de ayudarte, o no me dejas hacerlo. En cierto modo, eres una contradicción en ti misma. Pero me asombra tu espíritu. Eso a mí me puede. Me ganan las personas fuertes y nobles al mismo tiempo, con carácter y también corazón. No abunda la gente auténtica. No son comunes los seres humanos que despierten en mí ese interés. Los que me cautivan con la mente.

Y es que en la mente reside todo. En que me sobrepases y saques de mí lo mejor para hacerte frente en tus diálogos o estar a la altura. En un mundo de conversaciones vacías, hallo en ti sustancia en las frases que escribes o pronuncias. Por eso te advierto hermosa. Estás provista de una belleza diferente. Me derrotas de otra manera, menos habitual. Por tu fortaleza; derribando cada muro que pretenda no dejarte avanzar. Por tu actitud; siempre de frente cuando hay que dar la cara. Por tu independencia; no necesitas a nadie para ser grande. Por tu integridad; las injusticias no se llevan nada bien con tu espíritu. Por tu altruismo; pendiente de los demás sin requerir cuidados que a veces necesitarías. Y por un millón de cosas inusuales en un mundo donde abunda lo común.

Yo te diviso de lejos y admiro todas esos elementos que saltan a la vista cuando miras por dentro, a lo que importa. Te contemplo callado, dejándome sorprender una y otra vez por tus entrañas, por eso que solo se ve cuando se observa lo esencial, lo que nos hace únicos. Que no es una fachada, por brillante que sea; ni es una posición, por elevada que se encuentre; y tampoco una profesión, por apasionante que resulte. Lo que somos está adentro. Para conocernos, hay que mirar a los ojos, pero más allá de ellos. En tu caso, lo que deslumbra por fuera solo es una proyección de lo que hay en tu interior. Todo aquello que quiero seguir observando. Y es que lo expuesto aquí es solo una pincelada de un lienzo sublime. Por eso, yo te miro de lejos. Por eso, yo te miro en silencio. Sin ganarte. Sin perderte, a pesar de que quizás lo esté haciendo ya un poco cada día.

horizonte

Yo te miro de lejos. En silencio.

Conversaciones pendientes

Hoy estaba pensando en las conversaciones. Las que tenemos, las que no tenemos, las que deberíamos tener. Y en la manera de tenerlas. En los formatos, por decirlo de algún modo. En cómo los mensajes de móvil sustituyen encuentros. Y en cómo estos mensajes no dicen todo lo que deseamos o en el tono en el que nos gustaría. Lo admito, yo los uso mucho. La sociedad nos ha conducido hasta el mundo de los emoticonos, sustituyendo risas de verdad, besos de verdad, sensaciones de verdad. Ocurre que tras este (no) contacto nos vamos dejando cosas por el camino del tiempo. Abrimos charlas que nunca cerramos por las prisas del día a día. Yo odio que me dejen a medias cuando estoy hablando de algo, por apurada que la otra persona esté. Aunque reconozco que también lo he hecho. Y no cuesta nada decir que en ese momento no puedes continuar de parloteo o que más tarde estarás disponible. En cualquier caso, lo realmente preocupante es dejar conversaciones pendientes. O mejor dicho, tener conversaciones pendientes.

Cuántas veces hemos retrocedido en el tiempo para volver a ese momento con alguien y decirle aquello que pensábamos, que sentíamos; todo eso que debimos dejar salir. Regresamos y creemos que de haberlo hecho, las cosas serían diferentes. Pero ya es tarde y por eso lo dejamos estar. ¿Y si aunque sea tarde, la tienes? Las que son posibles, digo. Esa conversación. Con ese familiar que estuvo allí cuando lo necesitaste. Con ese amigo con el que has perdido contacto por un malentendido que ya ni recuerdas. Con esa chica (o chico) que sabías especial pero nunca se lo hiciste saber. Yo tengo muchas conversaciones pendientes.

Habría que plantarse. Jamás podrás decirles a las personas que ya no están lo que significaron para ti. Esa gente que se ha ido, pero que dejaron tesoros en tu alma. ¿Hubiera estado bien, verdad? Pero lo que sí puedes es acabar con esas “llamadas perdidas”. Perdidas en el tiempo. Aquellas que pospones. Las que luego no haces. Nunca le manifestaste a esa profesora que fue una inspiración para ti. No has agradecido a tu gente todo lo que hicieron. Y no le cuentas a esa chica que no eres capaz de decirle lo que quieres decirle por miedo a perder también su forma actual. Vas dejando un reguero de palabras enfiladas en tu garganta que no salen nunca, provocando un atasco de sentimientos que deberían ser compartidos. Sigues teniendo conversaciones pendientes. ¿Por qué? ¿Y si llamas a ese amigo con el que un día te enfadaste para tomar un café y le dices que ya no tiene importancia? Igual es el momento de sorprender a esa persona con la que tanto intercambias mensajes con una llamada. Tal vez si cruzas unas frases con tu vecino descubras que no es un gilipollas. Incluso puede ser que tengas una conversación pendiente con personas con las que departes casi cada noche de manera infinita.

Charla con tus padres, con tu pareja si la tienes, con tus abuelos, con tus primos, con tus tíos, con tus amigos… Habla con ella, o con él de una maldita vez. Dialoga incluso con tu mascota. Te lo agradecerán, y te vas a sentir mejor. No sé si mi posición es la más acertada, pero a mi parecer deberíamos recuperar la comunicación.  Hoy lo damos todo por supuesto y nos vale. Joder, nos hemos vuelto autómatas. Y nos perdemos una de las mejores cosas de la vida. Que la vida son momentos. Y son conversaciones.

También ésas que tenemos pendientes.

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PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

ME GUSTA / NO ME GUSTA

Me gusta la gente que no se conforma. Quienes tienen una vida fácil, pero aspiran a tener otra mejor.

Me gusta la gente valiente. Aquellos que desean otro trabajo o luchan por un proyecto que les realice, a pesar de poder vivir siempre de lo mismo.

Me gusta la gente que quiere y se quiere. Son los que renuncian al confort de la rutina con una pareja que aporta costumbre en busca de alguien que les haga sentirse vivos, aun cuando existe el riesgo de quedarse solos.

Me gusta la gente que se arriesga. Esos que a pesar de que les digan que es imposible su objetivo, son constantes y luchadores, son tenaces y persiguen su sueño hasta que lo alcanzan.

Me gusta la gente comprometida. Los que te dan lo que tienen sin esperar nada a cambio, que se sienten bien haciendo que otros se sientan bien.

No me gustan los acomodados. Esos que no luchan porque piensan que no va a servir de nada.

No me gustan los cobardes. Individuos que se escudan en un salario fijo, que muchas veces no se corresponde a la labor que desempeñan, pero que prefieren no protestar porque tienen miedo.

No me gusta la gente que no se valora y no valora. Eligen acostarse cada noche con alguien que no les hace sentirse vivos, que ya no les inspira, pero con los que avanzan por inercia, con ese miedo a que no haya nadie esperando detrás.

No me gustan los que se dejan intimidar. Aquellos a los que si les dicen que no son capaces, ni siquiera se molestan en averiguarlo.

No me gustan los egoístas. Solo pensando en sí mismos, que avanzan sin mirar a su alrededor, porque su mundo es solo ellos.

ME GUSTAN LAS PERSONAS. NO ME GUSTAN LOS AUTÓMATAS.

(Julio 2013)