La madera

Existe una vieja historia, hindú si mal no recuerdo, que trata de explicar si lo que a uno le hace falta para una madera es un clavo o un tornillo. Buscando averiguarlo, nos invitan a clavar el clavo, y si la madera cede, rompiéndose, sabremos que lo que en realidad necesitábamos era el tornillo. El final no está mal, ya que nos va a arrojar la solución, pero se supone que la idea es trabajar la madera sin que ésta se descomponga. Haciendo un símil con lo que sería nuestra vida, descubrimos cierto paralelismo con aquello que aspiramos a no romper por miedo a destrozarlo. Un día cualquiera se nos cruza en nuestro camino un elemento externo en forma de persona, trabajo u oportunidad; y ante lo hermoso de dicha aparición, nos frenamos frente a la madera por temor a rajarla, a que se destroce y tengamos que prescindir de ella.

Dijo una vez William Shakespeare: “Nuestras dudas son traidoras. Y por ellas perdemos el bien que con frecuencia pudimos ganar, por miedo a intentarlo”. No puedo estar más de acuerdo. El miedo nos inmoviliza ante lo inesperado, por mucho que nos deslumbre, por mucho que nos atraiga, por mucho que lo anhelemos. Nos quedamos parados, no corremos riesgos. Quizás deberíamos evaluar si el quedarnos quietos nos trae algo positivo, o si, por el contrario, provocará que la oportunidad pase de largo y aquello que estaba ahí, un día desaparezca. Una persona, por ejemplo, puede ser nuestra madera. Admirados, solo la contemplamos. Nos imaginamos tallando, dándole forma, pero no vamos más allá. Una oportunidad en la vida puede ser nuestra madera. Entonces inconscientemente nos cuestionamos si en realidad la merecemos, así que la dejamos pasar. Un trabajo puede ser nuestra madera. Y en lugar de saltar al vacío, ponemos trabas con nuestra formación, experiencia o lo que sea, sin permitirnos averiguar si éramos aptos para ese puesto.

Cuando decidimos no actuar sobre la madera, parece que no estamos perdiendo, pero sí que lo hacemos. Perdemos la posibilidad de mejorar nuestra vida. Y sobre todo, perdemos tiempo. Porque mientras esperamos, el tiempo continúa, no regresa. No atiende a razones sobre si las circunstancias son propicias o no. El tiempo no funciona así. La vida es más corta de lo que desearíamos, y quizás la solución sea decidirse por el clavo o por el tornillo, aun siendo conscientes de que podemos fallar. Pero arriesgando, siendo valientes. De otro modo, nunca sabrás si esa oportunidad, ese trabajo, esa persona, estaba esperando por ti. Y nunca te sentirás un ser completo. Citando a Sartre: “El hombre no es la suma de lo que tiene, sino la totalidad de lo que todavía no tiene y podría tener”. Claro que no podremos llegar a ello dejando que el tiempo desgaste la madera, por no decidir si usar una herramienta u otra.

Para conseguir esa plenitud, crecer, alcanzar nuestros objetivos y deseos, tenemos que dar pasos. Hacerle caso de vez en cuando al instinto y jugar, ganes o pierdas. De modo que desde aquí, yo te invito, te propongo, te recomiendo  e incluso te incito a que cojas un instrumento; sea un martillo o un destornillador. Pero que trabajes la madera. Tal vez la rompas, por supuesto. Pero tal vez no.

Tal vez no…

Madera

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