Introducción

Finales de diciembre de aquel año. Como cada tarde en jueves al salir del trabajo, David entró en la cafetería de su amigo. Sería Silvia, la camarera, la que alertaría a Fabio de su llegada.

Fabio acostumbraba a hacer una pausa cuando su viejo compañero de colegio lo visitaba. Dejaba su paño en una esquina de la barra y se preparaba un café cargado con el que apuraría sus contados 5 minutos de charla. David era más de infusiones. A sus treinta y largos ya jamás se sentía preso de las prisas. Una vez terminada su jornada laboral, asistía cada cuarto día de la semana al establecimiento de Fabio para renunciar a las urgencias. Tras un abrazo y una breve conversación, solía leer algunas páginas del libro que entonces tuviese entre manos o bien encendía su portátil para escribir algunas líneas desordenadas que pasarían a ser otro más de sus archivos en aquella carpeta de pensamientos puntuales. En cierto modo, siempre se consideró un escritor frustrado, aunque no por aptitud; a su edad ya había aceptado que su vida no sería diferente a la de tantas otras personas. Un lugar donde intercambiar tiempo por salario, un modesto piso, un vehículo con el que moverse y algunas aficiones que disfrutar en su tiempo libre. Pero dentro, imperecedero, permaneció eterno ese niño risueño que dibujaba con palabras.

Aquel día gris algo llamaría su atención. O más bien alguien. Al fondo, en una mesa, una joven con cabeza gacha y semblante triste tomaba un chocolate caliente mientras susurraba improperios. Saltaba a la vista que ni mucho menos era su día. Antes de que Fabio volviera a sus quehaceres, David acabó por preguntar

  • ¿Quién es ella? No recuerdo haberla visto antes.
  • Lleva poco tiempo en la ciudad. Suele venir algunas tardes a tomar algo, siempre sola.
  • ¿Siempre sola?
  • Sí. Quizás aún no conoce a nadie. Por lo que me ha contado Silvia, que ha cruzado algunas palabras con ella, está aquí por trabajo. Algo relacionado con la publicidad. Una buena oferta. De esas que no se pueden rechazar.
  • La veo triste. No me gusta ver a la gente triste.
  • Sí. No parece feliz. A veces la veo escribir en una agenda que lleva consigo. Y la ves hablar sola con su teléfono. Lo mira mucho. Luego teclea. Después susurra.
  • ¿Sabes su nombre?
  • Aurora, se llama Aurora.
  • ¡Gracias! Voy a acercarme…
  • Suerte
  • No se trata de eso.

No, no era eso. Al menos no entonces. David se dirigió a la mesa en la que se sentaba Aurora. Tomó una silla, llamó su atención y se dispuso a convertirse en su primer amigo.

  • Te he visto desde la barra aquí sentada. ¿Esperas a alguien? ¿Te importa que te acompañe?
  • ¿Tienen relación las dos preguntas? Quiero decir… ¿Si me esperase alguien te sentarías?

Buena jugada, pensó él. No está mal como primera impresión. La suya, claro. La propia dependía de su pronta respuesta.

  • Me sentaría. Pero tal vez en otra mesa – dijo esbozando una sonrisa cómplice- Lo que quiero decir es si te apetece que compartir un rato. No sé… Suelo sentarme solo, como tú. Y leer. Pero no está mal socializar de vez en cuando. ¿Qué me dices?
  • Que puedes sentarte. ¿Tu nombre?
  • David.
  • Yo soy Aurora. Encantada.

Fabio observaba desde su posición. Tenía la impresión de que harían buenas migas. David era un tipo con el que se podía hablar de casi cualquier tema, y saltaba a la vista que a Aurora no le vendría mal alguien con quien pasar esos ratos. Al fin y al cabo, hasta las personas más solitarias necesitan de otros para no perder la perspectiva.

Esa tarde duró más de lo normal. Aurora le hablaría a David de su decisión de cambiar de aires, de la ilusión de trabajar en lo que le apasionaba o de lo mucho que echaba de menos a su mascota, a la cual se traería una vez asentada; y le preguntaría por sitios que visitar, lugares de ocio y dónde ir a comer entre semana, qué hacer un sábado por la noche y el camino más rápido para llegar a la playa. Hasta que llegó el momento en que ella recordó que debía madrugar al día siguiente.

Y no volvieron a verse… Hasta el siguiente jueves.

Gregory-Denning1

Borrador original (este ha sido modificado) de la introducción de algo mucho más grande que espero que pronto vea la luz. 

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