Rocío

Breve extracto de «Cartas a Destiempo».

Rocío, un personaje real. El único de ellos que conserva su verdadero nombre en el libro. Rocío, un milagro. Un ejemplo de actitud ante la adversidad.

Únicamente quería compartir este párrafo, en el que ella es protagonista…

«Mientras caminaba rumbo a casa, David regresó varios lustros en el tiempo. Cuando tenía 19 años, compaginaba sus estudios con un trabajo que le daba para ir pagando sus gastos. Asistía por las noches al instituto para sacar ese curso que no pudo completar debido a que las necesidades de la familia le obligaron a tomar una decisión. Y dos de esos años solo trabajó. Una vez aliviada la economía, aceptó un empleo de media jornada como celador en una empresa de transportes. Cada mañana su despertador sonaba a las seis, y tres cuartos de hora más tarde, debía estar en el garaje. A lo largo de la jornada completaba hasta cinco desplazamientos. El primero de la mañana era su favorito. Su compañero, el chófer, y él, recogían y llevaban en autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psíquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos treinta muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarse de que todo estaba en orden antes de arrancar, se dirigía a la parte anterior del vehículo, para sentarse siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía una enfermedad degenerativa que iba paralizando sus músculos lentamente. Rocío, una joven inteligente, amable, y siempre sonriente. Se trataba de alguien tan especial… Apenas superaba la veintena de años, pero le enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada había logrado. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, iban a tener que fallecer todos los que se tropezaron en un momento u otro con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Cuando David sentía que el día se teñía de gris, Rocío conseguía apartar las nubes y colar a través de ellas rayos de sol. Dibujaba un arcoíris de la nada, y con su actitud contagiaba a todo el que le rodeaba. A veces, David la notaba pensativa. Imaginaba que le estaba dando vueltas a la cabeza, y a su estado. Sin embargo, ella jamás se entristeció por ello. Daba gracias por cada día extra que se le permitía disfrutar, y planeaba las cosas como si no hubiese un final. Vivía el presente, que, al fin y al cabo, es lo que nos corresponde. Con la sencillez de un niño, con la calma de un anciano. No dejando escapar ni un solo momento, pero entendiendo los tiempos de los mismos. Sin duda, Rocío era una persona exitosa, y lo iba a ser durante el resto de su vida. Durase lo que durase».

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«Cartas a Destiempo» (Editorial Círculo Rojo) está disponible en Amazon: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228  

 

 

Sé tú mismo, y que les den

Llevo unos días bastante intensos. Y apenas he tenido tiempo de pararme a pensar. Esto de publicar un libro tiene su punto, es una gran experiencia. Aunque durante el periodo previo y justo posterior al hecho en sí, vas dejando cosas pendientes, y además, no te paras a valorar cuestiones que en otro momento inspirarían uno de esos posts que he dejado de escribir en un blog que he tenido ciertamente abandonado. En mi defensa, alegaré que la falta de tiempo y el deber de cumplir con otras responsabilidades también influyen. Sin embargo, el día siguiente de la presentación de “Cartas a destiempo” (así se llama esta pequeña obra), que celebramos en “El Libro en Blanco”, una imagen provocó una reflexión que hoy me apetece compartir.

Un amigo de hace muchos años me fotografió dedicándole su ejemplar. Subió a una red social dos instantáneas (una en la que estábamos juntos sonriendo, y luego otra que es a la que hago referencia), y las acompañó de un breve texto en el que comentaba un poco el origen de nuestra amistad. Dejando de lado lo emotivo de sus palabras, me fijé en mi cabeza. Evidentemente, estaba agachado, bolígrafo en mano, estampando mi rúbrica en una de las primeras hojas de su copia. Y claro, en la foto se ve lo evidente: mi cartón. Contrariamente a lo imaginado, me dio por reírme. Es lo que hay, no hay más (pelo). Cuando superas la barrera de los treinta (hace un tiempo en mi caso), no hay vuelta atrás en varias cuestiones: cuesta cada vez más recuperar el hábito del entrenamiento y no siempre mantenemos la forma física adecuada, las resacas de esos ratos de fiesta o reuniones alcanzan otro nivel, y nuestra cara (que comienza a mostrar a modo de pliegues lo que ocurre) ya no va a mejorar.

Sin embargo, lejos de lo que podría pensar no hace demasiado, me ha gustado reconocerme así. No puedo engañar a nadie. Y eso es bueno. Yo soy lo que soy, no lo que otra gente podría esperar que fuese. No sé muy bien por qué, pero a raíz de esto me vienen a la cabeza esos individuos que valoran, o que buscan admiración, amor y respeto, a partir de lo que tienen. Si me pides que te califique en base a todo ello, es que no estás a gusto con lo que eres. Así que, posiblemente, lo que seas no valga tanto. Lo siento, es un poco como aquello del valor real y el precio. No son lo mismo.

Hace no mucho, estando de vinos con mi grupo cercano, entablé una charla con uno de mis compis. Él andaba medio pillado por una chica, que por lo visto es fantástica, y lo tenía patas arriba. Me comentó, entre otras muchas cuestiones, que esa chica suele ir siempre con otra amiga. Como es de prever, mi colega me contó un poco acerca de ella. Ya saben cómo va esto… A veces un amigo tiene un lío con una chica o viceversa, y de manera colateral se conocen otras personas (amistades de las directamente implicadas). Así, por ejemplo, hace ya una década, conocí a una de las tías más fascinantes con las que me haya cruzado. Aquel amorío que me llevó a ella acabó mal, pero nosotros (ella y yo, los amigos de los amigos) continuamos nuestra buena relación en el tiempo. En fin, volviendo al compañero al que me refería en el principio del párrafo, noches más tarde coincidimos en la calle. Era un día de celebración en la ciudad, y estaba el ambiente muy animado. Él iba con estas dos chicas, y yo me acerqué a saludar. Ni siquiera hubo conversación con la amiga. Hay cosas que se notan: cuando conectas mucho con alguien, cuando hay buen rollo, cuando simplemente eres cortés, cuando no te interesa lo más mínimo el asunto, o cuando directamente hay rechazo. Entre los dos últimos puntos valoraría la actuación de esta muchacha. Al cabo de unos días, cuando mi camarada y yo nos vimos, le hice saber que me había parecido un gesto feo, y que las maneras de esa chavala me resultaban un poco estúpidas. A lo que él respondió que era muy particular; que hay que conocerla, pero que de primeras era así, luego ya mola lo suyo. Vale, aunque me pregunto… ¿Cómo va a conocer a alguien si cuando tiene la ocasión se cierra en banda? ¿Cómo vas a convencerme pues, de lo genial que te pintan, si no entablas conversación? Y, lo más importante… ¿Por qué, sin conocer a la otra persona, muestras esa actitud? Imagino que si mi amigo le había hablado de mí, ella imaginaba determinadas cosas y, al seguramente no gustarle físicamente, siguió a lo suyo. Primero: ¿pero en qué estás pensando? Conocer a alguien no implica nada más allá de eso. Segundo: qué alma más vacía, ¿no? Y voy a dejar aparte lo que vemos en otras ocasiones: eso de ir de reina o rey según género (va de suapuras y postureo).

Bueno, hay un cosa que con el tiempo uno va aprendiendo. O que debería intentar llevar a cabo. Es tratar de que no te gusten las personas a las que tú no les gustas. Esto no es sencillo. Porque somos unos caprichosos. En lo que a mí atañe, que me pondré como ejemplo para explicar todo esto, está claro que no me va a salir pelo nuevo que cubra la parte de la azotea que comienza a brillar. De hecho, iré a peor cada día. Tampoco voy a crecer más. Y posiblemente nunca pueda permitirme lujos excesivos. Yo lo que ofrezco es mi persona. Si ello no basta, poco puedo hacer. Y eso es lo que todos deberíamos mostrar. Las señoritas o señoritos que van detrás sólo del pibón de turno, no parecen entender que los años nos van cascando a todos (y ojo, que cuando lleguemos a los 40, si todo va bien, aún nos quedará la mitad del camino. Esa segunda parte toca en plan desfavorecido, versión chunga). No vamos a más jóvenes, con lo que eso acarrea. Y de acuerdo, seamos claros: sí que me gusta ver a una chica guapa. Pero cada vez más creo que es la mente la que las hace así, o potencia su belleza. Son más guapas las chicas seguras de sí mismas, las que no están pendientes de si las miras cuando caminan por la acera, las que no dependen de nadie, o las que se visten como quieren, pasando de modas o esa necesidad de deslumbrar con su silueta. En mi caso, son las conversaciones las que me atraviesan. Quizás por ello me reserve tanto. Confieso que la última vez que me abrí no salí bien parado. Pese a todo, mantengo mi estrategia. La de las charlas, la de las risas, la de compartir. La de la esencia. Aunque en estos días sea una mierda, cuando funcione, hablando claro, va a ser la puta bomba.

Resumiendo, que si nos empieza a faltar pelo, o nos cuesta cada vez más volver a perder los kilos que ganamos a final de año, o no tenemos un trabajo que impresione, o una posición social determinada, o lo que sea que le suceda a cada cual, no pasa nada. Todo eso son adornos. Algunos temporales, otros huecos. Cuando le moles a alguien por lo que eres (tus pensamientos, tu actitud, tu fondo) y no por lo que tengas o aparentes, va a merecer la pena. ¡Qué digo pena! ¡Hala, a ser uno mismo y que les den a los que esperan algo que no seas tú para darte alguna opción!

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PD: y aquí va la cuña; pueden adquirir el libro al que me refería al principio del texto en este enlace: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

Cartas a destiempo

Esto no es una entrada cualquiera. Es una explicación y un anuncio, a la par.

He estado muy desconectado del blog estos últimos meses. No había demasiado ánimo para escribir, puesto que mi trabajo y las publicaciones para terceros me ocupaban casi todo el tiempo. Pero, por contra, sí que a ratitos he dado forma a una idea que ahora está cercana a materializarse. Con algunos textos de este mismo sitio y otros que no han visto la luz, he creado una historia paralela que los engloba, y el resultado es un pequeño libro que estará disponible próximamente.

Para financiarlo hemos creado una campaña de crowdfunding, con obsequios para quienes aporten su granito de arena. Si queréis, podéis echarle un vistazo en esta dirección: http://www.verkami.com/projects/15866-publicacion-del-libro-cartas-a-destiempo

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Agradezco la simple visita. Y esto. Puesto que, al fin y al cabo, todo parte de aquí.

Introducción

Finales de diciembre de aquel año. Como cada tarde en jueves al salir del trabajo, David entró en la cafetería de su amigo. Sería Silvia, la camarera, la que alertaría a Fabio de su llegada.

Fabio acostumbraba a hacer una pausa cuando su viejo compañero de colegio lo visitaba. Dejaba su paño en una esquina de la barra y se preparaba un café cargado con el que apuraría sus contados 5 minutos de charla. David era más de infusiones. A sus treinta y largos ya jamás se sentía preso de las prisas. Una vez terminada su jornada laboral, asistía cada cuarto día de la semana al establecimiento de Fabio para renunciar a las urgencias. Tras un abrazo y una breve conversación, solía leer algunas páginas del libro que entonces tuviese entre manos o bien encendía su portátil para escribir algunas líneas desordenadas que pasarían a ser otro más de sus archivos en aquella carpeta de pensamientos puntuales. En cierto modo, siempre se consideró un escritor frustrado, aunque no por aptitud; a su edad ya había aceptado que su vida no sería diferente a la de tantas otras personas. Un lugar donde intercambiar tiempo por salario, un modesto piso, un vehículo con el que moverse y algunas aficiones que disfrutar en su tiempo libre. Pero dentro, imperecedero, permaneció eterno ese niño risueño que dibujaba con palabras.

Aquel día gris algo llamaría su atención. O más bien alguien. Al fondo, en una mesa, una joven con cabeza gacha y semblante triste tomaba un chocolate caliente mientras susurraba improperios. Saltaba a la vista que ni mucho menos era su día. Antes de que Fabio volviera a sus quehaceres, David acabó por preguntar

  • ¿Quién es ella? No recuerdo haberla visto antes.
  • Lleva poco tiempo en la ciudad. Suele venir algunas tardes a tomar algo, siempre sola.
  • ¿Siempre sola?
  • Sí. Quizás aún no conoce a nadie. Por lo que me ha contado Silvia, que ha cruzado algunas palabras con ella, está aquí por trabajo. Algo relacionado con la publicidad. Una buena oferta. De esas que no se pueden rechazar.
  • La veo triste. No me gusta ver a la gente triste.
  • Sí. No parece feliz. A veces la veo escribir en una agenda que lleva consigo. Y la ves hablar sola con su teléfono. Lo mira mucho. Luego teclea. Después susurra.
  • ¿Sabes su nombre?
  • Aurora, se llama Aurora.
  • ¡Gracias! Voy a acercarme…
  • Suerte
  • No se trata de eso.

No, no era eso. Al menos no entonces. David se dirigió a la mesa en la que se sentaba Aurora. Tomó una silla, llamó su atención y se dispuso a convertirse en su primer amigo.

  • Te he visto desde la barra aquí sentada. ¿Esperas a alguien? ¿Te importa que te acompañe?
  • ¿Tienen relación las dos preguntas? Quiero decir… ¿Si me esperase alguien te sentarías?

Buena jugada, pensó él. No está mal como primera impresión. La suya, claro. La propia dependía de su pronta respuesta.

  • Me sentaría. Pero tal vez en otra mesa – dijo esbozando una sonrisa cómplice- Lo que quiero decir es si te apetece que compartir un rato. No sé… Suelo sentarme solo, como tú. Y leer. Pero no está mal socializar de vez en cuando. ¿Qué me dices?
  • Que puedes sentarte. ¿Tu nombre?
  • David.
  • Yo soy Aurora. Encantada.

Fabio observaba desde su posición. Tenía la impresión de que harían buenas migas. David era un tipo con el que se podía hablar de casi cualquier tema, y saltaba a la vista que a Aurora no le vendría mal alguien con quien pasar esos ratos. Al fin y al cabo, hasta las personas más solitarias necesitan de otros para no perder la perspectiva.

Esa tarde duró más de lo normal. Aurora le hablaría a David de su decisión de cambiar de aires, de la ilusión de trabajar en lo que le apasionaba o de lo mucho que echaba de menos a su mascota, a la cual se traería una vez asentada; y le preguntaría por sitios que visitar, lugares de ocio y dónde ir a comer entre semana, qué hacer un sábado por la noche y el camino más rápido para llegar a la playa. Hasta que llegó el momento en que ella recordó que debía madrugar al día siguiente.

Y no volvieron a verse… Hasta el siguiente jueves.

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Borrador original (este ha sido modificado) de la introducción de algo mucho más grande que espero que pronto vea la luz. 

Aylan (y otros 350)

Todos nos acordamos de Aylan.

¿O acaso ya no?

Era septiembre, hace ya tanto…

Una foto que nos partió por la mitad.

Que nos hizo pensar.

En nuestra condición de humanos.

Y en nuestra poca implicación.

Nos dábamos vergüenza.

Yo sentía vergüenza.

Pero pasa el tiempo.

Y pasa todo.

Octubre.

Noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

Pasa la vida.

La nuestra.

Pero otras se quedan por el camino.

Se quedan en el mar.

Dejan de pasar.

Desaparecen.

Cada día dos niños mueren.

Ahogados en el Egeo.

Solo que ya no son noticia.

Coño, ¡ya no son noticia!

La instantánea no es primicia.

Así que empieza a quedar lejos.

¿Lejos de qué?

¿Ha dejado de ser importante?

Son ya unos 350 niños muertos.

Después de Aylan.

Repito, NIÑOS.

Y nada ha cambiado.

Joder, nada hemos cambiado.

Yo no tengo la solución.

Carezco de varita mágica.

Pero desde aquí PROTESTO.

Contra los gobiernos rastreros.

Contra quienes levantan murallas.

Contra aquel que persigue al débil.

Contra los que se justifican con miedo.

Contra esos que separan por razas.

O por condición sexual.

O por religiones.

Contra todos los cobardes.

Fronteras de mierda.

Que no se ven desde el cielo.

Ese cielo al que miramos todos.

Cuando soñamos LIBERTAD.

 

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Caídas y amnistías

Tú también lo hiciste, ¿verdad? Fuiste dando los pasos correctos, midiendo los tiempos, creándote espacio, construyendo en silencio… ¿Tú también lo hiciste? Claro que sí. Por supuesto. Porque cuando algo merece la pena tenemos paciencia, somos íntegros, mantenemos la calma y creamos de la nada. Cuando algo merece la pena cualquier hora es buena para seguir alimentando las sonrisas, regando ese jardín que esperas florezca y deslumbre algún día. Tratando de que la raíz del árbol sea firme, para que el tronco no se incline. Buscando que el tronco no se incline, para que broten los frutos. Durante ese periodo no miras el reloj, ni calculas la carga. Porque eso que quieres ver crecer merece la pena. Claro que sí.

Pero eres persona.

Tú también te equivocaste, ¿cierto? Tropezaste con un rumor, te pudo la prisa, moriste de distancia, te creíste tus propias irrealidades… ¿Tú también te equivocaste? Por supuesto. Porque eres humana o humano, porque odias ver lejos lo que quieres tan cerca. Y no sabes cuánta agua necesita el verde. Y ahogas tratando de dar vida. Las flores no se marchitan solo por carencia, puedes estropearlas por exceso. Y deambulas entre el caos, la espera eterna y el corazón contenido. Porque merece tanto la pena que te desbordas. Y lo estropeas.

Y te alejas.

Y sufres.

Porque eres persona.

Deja de depender de ti lo que un día te creó dependencia. Ya no tienes el control y eso descontrola. Vuelves a errar.

Y te alejas. Aún más.

Pero eres persona. Y deseas regresar.

Aunque depende de otro alguien. Ya no de ti.

Leí una frase en forma de pregunta estos días que rezaba lo siguiente “¿Nunca has deseado tener una segunda oportunidad para conocer a alguien por primera vez de nuevo?”

Todos, sin excepción, lo hemos querido. Con todas nuestras fuerzas. Y demostrar que podemos aprender, que no habrá más errores, que ganará la calma. No se puede cambiar lo que nunca quisiste hacer y aun así hiciste. No se puede volver en el tiempo. Lo del ‘DeLorean’ es solo fantasía. Simplemente se puede corregir para cuando llegue el futuro. El que quisiste… O el que te toque.

Todos hemos querido.

Yo soy de segundas oportunidades. Porque puede que quien haya fallado una vez quizás no vuelva a fallar. Se puede educar al instinto. No debe desaparecer, pero sí controlar. Y si existen dos caminos y un día tomas el incorrecto, hay una solución. Volver sobre tus pasos y recorrer el que sí correspondía. Aunque para eso no deben haber vallado la entrada. Soy de segundas oportunidades. Las he necesitado en cualquier ámbito de la vida. No soy perfecto. Nadie es perfecto. Las he necesitado. Las he dado.

Creo que se es grande cuando ves a otro trastabillarse y, aunque con su caída te salpique de barro, miras en su dirección por si se ha roto un hueso en lugar de fijarte en qué tan sucia ha quedado tu ropa por su culpa.

Porque en este mundo todos somos personas.

Y puede que algún día quien pierda el equilibrio y embadurnes a otro seas tú. Será entonces cuando desearás que te levanten. Y no que te miren diferente. Porque tú sabrás, pese a todo, que ese fallo no te define. Y sabrás, ante todo, que nadie más que tú lamentará ese error. Tu castigo será el hecho más que cualquier otra pena.

Sabrás si te trastabillas, y sabes aunque nunca ocurra, que hay más. Lo que eras y lo que serás. Lo que eres. Lo que quieres ser. En lo que te quieres convertir. Y lo que puedes ofrecer. Sabes que no eres, ni mucho menos, un momento de debilidad.

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Simplemente, eres persona.

Y también te gustaría que te conozcan por primera vez en una segunda ocasión.

Incoherencia

Duele.

Es como una muerte.

O peor.

Porque tienes que vivir de otro modo.

Cuando no fue la naturaleza quien te apartó.

Sino ir justo en contra de la tuya.

 

Duele.

Da igual quién tenga razón. Lo duro es la pérdida. Porque eso es lo que daña.

Nos pasamos la vida esperando un fallo del otro. Como si tú no fallaras.

Todos fallamos. Somos humanos.

 

¿Qué es lo importante?

Lo verdaderamente importante, quiero decir.

No, no es tener razón o dejar de tenerla.

No es sentirse legitimado para tomar una decisión.

Lo importante es lo que dejas de tener al decidir enfrentarte a alguien.

Culpar a alguien.

Apartar a alguien.

Lo importante es lo que tachas.

 

Como si no perdiésemos nada.

Y perdemos tanto…

 

Elegimos creer palabras de terceros y no preguntamos directamente.

Preferimos crear una estúpida película que justifique nuestros actos.

Resulta más sencillo romper por esa grieta que asoma a poner un parche sobre ella.

¿Qué demonios ocurre? ¿Acaso no había confianza?

 

¿Eso es lo que te ha importado?

¿Dónde queda lo que compartes?

Esos ratos en los que no hay nadie más y solo ustedes comprenden.

Donde desnudas tu alma, cuando hablas a pecho descubierto.

Y confiesas todo eso que no eres capaz de hablar con otra persona.

Porque ésa es la persona que entiende tu mundo interno.

 

¿Te sientes bien al perderla?

Quizás tienes miedo. Miedo a que desaparezca ese secreto tan bello.

Y cuando deja de ser un secreto, lo pierdes.

Porque la magia no se cuenta, es un susurro.

 

Y luego… Cuando las dos partes se alejan todo se llena de vacío.

Vacío al llegar a casa.

Vacío por las mañanas.

Vacío en una cabeza llena de recuerdos.

 

Y si te sientes atacado, brota el orgullo.

Dices que jamás perdonarás.

Y que al otro le toca pagar.

Las cuentas a la larga siempre son a medias.

Pero tú has decidido levantar un muro de silencio.

Y te prometes que no volverás a asomar por la mirilla.

“Ha de ser así, me ha hecho daño”.

Deja de contar todo lo que cuenta.

 

Un minuto de enojo puede acabar con un año de cimientos.

Cimientos conquistados a base de alientos y presencia.

 

Siempre uno gana y el otro pierde.

Es mentira.

Puede parecerlo al principio.

Mientras dure la incoherencia.

Pero en la mayoría de los casos, se pierde en ambos lados.

Porque se deja de tener tanto…

Solo que no te has parado a pensarlo.

Y te dedicas a correr

A darte más prisa.

Más gente.

Más ocupar el tiempo.

 

¡Qué no pare la vida!

 

“Yo aquí no me quedo.

No en mi memoria.

Tengo demasiado por hacer, demasiado por vivir.

Demasiados retos, demasiados viajes.

Demasiado.

Y no.

No era tan importante.

Tal vez jamás lo fue”.

 

Da igual que todo lo que anhelas un día se lo hayas contado a quien queda atrás.

Todos tus sueños a quien queda atrás.

 

Lejanía

 

Te voy a decir algo, en voz baja:

No da igual.

Nunca da igual.

Aunque aprendas a vivir con ello.

 

Que aprenderás.

 

Otro cantar es que valga la pena.

Pues ha dejado de valer la alegría.

 

 

 

Abrir la puerta

Han pasado muchos años. Recuerdo que era primavera. Los días eran cada vez más largos y las tardes de sol daban para mucho. Da igual de qué manera la conocí y cómo empezamos a compartir ratos. Lo pasábamos bien hablando. Nos entendíamos. Éramos un poco compinches a deshoras, cuando la vida nos daba una tregua y olvidábamos la prisa de un mundo que no para.

Una mañana un mensaje de buenos días, una tarde un “tengo ganas de verte” y una noche un beso enviado antes de dormir. Todo de repente, sin avisar. Hermoso, solo que yo no estaba, o no quería estar así. Mientras crecían sus ganas el agobio me subía y cada vez más frecuentemente yo buscaba ocupaciones que me escondieran tras la cortina queriendo que el tiempo devolviera un estado que ya no regresaría.

Por entonces yo ya sabía que nuestra complicidad le vino grande y su mirada había cambiado. Le brillaban un poco más los ojos, aunque evitara contacto visual si la descubría observándome de cerca. Incómodo, di paso a la indiferencia, que consumió su paciencia y en un acto irracional brotaron reproches y deseos que yo no podía atender y tampoco entender.

Y pensé: “ella me quiere”.

Pero no. Ella solo estaba enamorada.

Son cosas diferentes que suelen confundirse.

Para querer a alguien esa persona debe dejar que la quieran. ¿De qué vale tener amor para otro si no puede entregarse? Puedes enamorarte y tener que tragarte tus mariposas. Han de dejarte querer.

Estaba enamorada, pero no me quería. Y ése era el problema principal. Ahí nos confundimos todos, no solo yo. Claro que comenzó a hacer cosas que me incomodaron, claro que aparecieron altibajos en su mente, claro que su rabia me hizo daño. Ella no me quería. Aunque solo porque yo no la dejé hacerlo. Pero ella quería quererme, convencida. De tal forma que llegado a un punto de no retorno su fracaso cambió el decorado. Lo que para mí era azul se tiño de un gris incomprensible (no quiero ni imaginar sus colores), nubes donde siempre brillaba el sol (no quiero ni imaginar su cielo).

Sofoco en mi garganta. La di de lado. Nos alejamos.

La alejé…

Pero dicen que el karma existe, y siempre aparece.

Años más tarde, en otro escenario, me tocó interpretar el papel que no entendí antes. Al otro lado del decorado me descifré deseando darle lo mejor de mí a otra persona, aspirando a compartir más tiempo, suspirando por más buenos días y buenas noches. Mas al querer crecer solo yo, desesperación, impotencia, incomprensión. Era yo ahora el que actuaba de manera absurda. Haciendo cosas que solo podrían alejarme.

Y me di cuenta de lo que ocurría.

Estaba enamorado. Pero no me dejaban querer.

Frustración.

¿Cómo se le pide al alma que deje de sentir lo que siente? ¿De qué manera se controla lo que no es controlable? La mayoría de las veces no sabemos. Y nos volvemos seres ilógicos.

Entonces fui yo el ilógico.

Da igual.

Yo no he vuelto a saber de ella. Espero que le vaya bien. Pero si en algún momento nos volvemos a encontrar, le diré que he aprendido. Que ella no fue, pero que quizás si descubro de nuevo en otra parte las ganas que ella tuvo, abriré la puerta y dejaré entrar a quien las traiga, aunque luego no se quede… A pesar de que probablemente no se quede.

Pero abriré la puerta.

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Y es que, ¿quién sabe? Tal vez si de veras alguien está tan empeñado en hacerte feliz, puede que quizás lo consiga…

Memoria

Aquella bofetada me costó un lustro. Mi orgullo dañado levantó un muro de piedra que no dejó pasar una palabra. Él, que ya tuvo mi carácter antes mi existencia sabía a ciencia cierta que las cosas serían diferentes a partir de ese momento. Aun doliéndome del golpe, caminé escaleras arriba y arremetí contra lo primero que vi a mi paso. Una papelera inservible desde entonces, un trozo de madera convertido en dos. Pero hablamos solo de cosas materiales que poco importan a la hora de la verdad, objetos sustituibles, complementos que llenan espacios vacíos, cosas… Habíamos discutido por la que entonces era mi novia. Yo, joven, justificaba actitudes que a ojos de mi abuelo no eran correctas. Yo, centro del mundo, con un ombligo que ocupaba tanto que ocultaba a mi vista todo aquello que me rodeaba, y ella, idolatrada por la ceguera que provoca el primer amor, contra la tozudez un hombre rudo que entendía la vida desde el sacrificio y la rectitud de quien tuvo que construir con sus manos luego llenas de cicatrices un futuro para una familia en un hogar que no era el suyo. Mi ego y la suficiencia de los 20 años apartando de mi lado a quien tuvo mi sangre antes que yo.

Pasaban los años y nuestras miradas se evitaban si coincidíamos, cada uno por su lado y un saludo forzado que solo se daba cuando alguien nos veía. A solas con mi abuela las noches de tormento él confesaba sentirse culpable, y una vez lo supe en lugar de decirle que ya bastaba, hinché mi pecho para salir victorioso por la puerta de la nada y ser aplaudido por el silencio de todas aquellas personas que no sabían de una historia que nunca se contó. Así, más importante yo que las arrugas del tiempo en la piel de un hombre en el ocaso de su presencia. Notable alto en suspenso para mí si nos cruzábamos sin testigos, la cara de quien cree ganar sin saber que va perdiendo.

Llegaron los tiempos oscuros. Un señor con bata blanca anunciaba que su memoria comenzaba a fallar y que la lucidez iría menguando. Aquella roca que un día nos sostuvo a todos sentía de pronto barro en los zapatos y resbalando en cada paso decrecía su brillo. El niño altivo entonces había dejado paso a un joven arrepentido que tirita en mano buscaba aquel lugar donde se produjo la herida, perdido en una piel que ocultaba el corte pero que seguía sangrando. Caminando sin rumbo en el remordimiento. Aquella chica por la que discutieron era pasado desde hacía un tiempo y con todo nunca encontraron el momento para sanar la rotura.

Pero un día cualquiera, seguro hoy de que fue en un momento luminoso en su mente, la sonrisa le comió la cara al verme. Aquel simple gesto tiró por tierra cualquier defensa y derrumbándome devolví el gesto y nos dimos la mano. No como quienes se saludan, sino diferente. Mientras él se apagaba con el tiempo nuestros lazos se hicieron fuertes hasta que perdió su partida, una mañana de mierda después de apretarme el brazo con lo que le quedaba dentro la noche anterior. Carácter indomable, una dosis de malas pulgas que pocas veces asoma y testarudez infinita cuando me sé con la razón confirman que mucho suyo quedó dentro de mi cuerpo.

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Y hoy pido memoria, aquella que se le escapaba por la rendija del deterioro es la que anhelo para no olvidar que a quien le importas no hay que alejarlo nunca de tu vida, aunque no estés de acuerdo con su diagnóstico, a pesar de no entender sus maneras. Memoria, para saber quién discrepa contigo por tu bien, quién se aleja o acerca según el momento, y con quién no tener palabras que hieran. Memoria, para no abusar del egocentrismo, para recordar de dónde vengo y entender que en la vida los aplausos son el cheque en blanco de un presente que quizás tiña de negro un futuro y para acordarme de que tan importante es ser perdonado como saber perdonar. Memoria, para que no me fallen mis amigos por fallarles, para comprender que no siempre tengo la razón y para aceptar que cualquiera en un mal día puede hacer algo que, como aquel tremendo cachetón, no quiso, y descifrar que ello no vale más que todo lo bueno que hay detrás de una persona que te quiere.

Hoy pido memoria…

Discordancia

Con el tiempo que avanza las palabras se pierden mientras los silencios se prolongan. Lo que no hace tanto era luz hoy son nubes. Tengo miedo de encontrarte apurando el andar si me ves llegar por el espejo retrovisor. Y por mi parte que todo ese vendaval que despiertas se esfume por alguna rendija que queda abierta en un rincón de mi pecho.

El amor que no puedo dar me deja vacío y me ciega el deseo. Voy a contracorriente cuando el mundo me aconseja olvidarte. Y me pregunto por qué no quiero que cicatrice la herida que me provocas. Si todo me indica que debo lanzarme al agua y nadar buscando tierra en otra parte, ¿por qué mi estúpida tozudez suelta el ancla cuando apareces en mi mente?

No debería pensarte tanto.

El milagro de tu acento, con el que desafinas maravillosamente cuando cantas si la noche da lugar a lo imprevisto, me invita a ser valiente en un universo de cobardes. Parado en el tiempo si me dedicas un escrito, miro al resto del mundo, que no sabe tanto de ti. La gente no sabe de ti… De los colores, de amaneceres, de risas en la memoria, de inspiración, de la vida.

Los días se convierten en semanas y éstas en meses. Tus ausencias aumentan. Entonces invito a mis recuerdos a hacerme daño y el deseo se muere. Quería dejarte estrellas en las gavetas y cartas debajo de la almohada. Y sin embargo me siento como un loco que no quiere querer ya más y necesita del mar para curar sus heridas. No quiero seguir insomne de ti. Ni de nadie.

No debí pensarte tanto.

Aunque no lo entiendas quiero olvidarme de tu alma, acabar para siempre y no estar aquí. Doblar la esquina y partir el amor. Partir, soltar amarras y volar. Quise caminar contigo y en los pocos paseos que imaginé te quedaste atrás, entretenida con cantos de sirena y todo aquello que te llamó más la atención que yo. Mi amistad no pudo crecer y mi corazón quedó pequeño.

Seguro no me entiendes. No sabes de mis adentros, de cómo siento y de profundidades. Perdóname si vi el cielo abierto en una frase tuya una mañana, si avisté el paraíso en tu alegría, si quise que fuese para siempre una vez. Lo siento, no contaba con contar contigo y luego no supe contar sin ti. Me equivoqué. Todo esto lo quise a tu lado, pero no era tuyo. En realidad es mío, y si acaso será de alguien que sí se atreva.

No debo pensarte más.

sas