Que brille por dentro

Estaba viendo una conferencia de Emilio Duró cuando llegado a cierto punto, una frase inspiró este post: “Como te cases con el guapo tonto… ¿Qué le cuentas durante 60 años?” Genial. Y es que la vida del postureo nos invita siempre a regirnos por determinados estereotipos, cánones de belleza implantados por una sociedad que entra por los ojos, que nos incita a lucir a nuestras parejas como si de trofeos se tratase.

No voy a ser un hipócrita. Claro que me gustan las chicas que cuidan su aspecto. Decir lo contrario sería faltar a la verdad. Pero, ¿y la segunda vez que nos veamos? ¿La tercera? ¿Cuándo hablemos por teléfono o nos enviemos mensajes? ¿Si necesito una conversación algo más profunda, otro punto de vista inteligente, más que el mío?

Veo cada día por ahí cómo parejas miran más a sus teléfonos que a los ojos de quien tienen delante, más pendientes de qué o quién les habrá dado al me gusta en alguna de sus publicaciones de sus redes sociales. Un día y otro, la música del coche como acompañante cuando van de camino a casa de unos amigos, al cine, a la playa… Diálogos que brillan por su ausencia. Imagina una vida así. Una vida entera así.

También nos ocurre que nos aferramos a lo conocido. A un idilio increíble que nos parece inalcanzable con otra pareja. Ése que nos pilla en el instante adecuado y que está dispuesto a compartir todas tus locuras… Hasta que deja de hacerlo, hasta que deja de ser lo que esperábamos. Y luego no queda sino vacío. Pero te encaprichas. Tratas de recuperar esos momentos a toda costa, sin darte cuenta de que precisamente son momentos lo que anhelas. Esa persona no vuelve, y pasas a desconocerla. Entonces… ¿Por qué sigues apurando hasta tu último aliento ese (deteriorado) amor? Si ya no está en tu onda, déjala ir y mantén un buen recuerdo, porque dudo que quieras pasar el resto de tu vida recordando esos pedazos que tuviste que pegar cuando todo se rompió una vez.

¿Qué nos hace ser tan estúpidos como para no ver más allá? Lo peor es que la mayoría de las veces tenemos a otra persona pendiente de nosotros. Que nos levanta el ánimo cuando estamos abajo y siempre tiene tiempo cuando la necesitamos. De esas personas no obtenemos excusas. Y es que, realmente, la falta de tiempo no existe, es un invento. Existen las prioridades. Y aunque quizás tú tengas otras (pregúntate si erróneas) para alguien tú eres su prioridad, solo que quizás no te lo diga, o no lo veas.

Siempre digo que la vida es tan sencilla como queramos hacerla. En esto, también. Y no quiero decir que dejes tus instintos de lado, tu pasión aparcada. No. Porque aconsejaría algo que yo tampoco controlo. Solo comienza de otra manera. Con alguien que te llene también la cabeza y el alma. Con quien te aporte, te haga crecer y tenga algo que enseñarte. Que sea un desafío intelectual. Con una persona buena, de esas que vienen con corazón. Que el corazón, aunque no esté a la vista y puedas lucirlo, vale más que todo eso que brilla por fuera.

Búscate a una persona que brille por dentro.

Brillo persona

 

PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

La madera

Existe una vieja historia, hindú si mal no recuerdo, que trata de explicar si lo que a uno le hace falta para una madera es un clavo o un tornillo. Buscando averiguarlo, nos invitan a clavar el clavo, y si la madera cede, rompiéndose, sabremos que lo que en realidad necesitábamos era el tornillo. El final no está mal, ya que nos va a arrojar la solución, pero se supone que la idea es trabajar la madera sin que ésta se descomponga. Haciendo un símil con lo que sería nuestra vida, descubrimos cierto paralelismo con aquello que aspiramos a no romper por miedo a destrozarlo. Un día cualquiera se nos cruza en nuestro camino un elemento externo en forma de persona, trabajo u oportunidad; y ante lo hermoso de dicha aparición, nos frenamos frente a la madera por temor a rajarla, a que se destroce y tengamos que prescindir de ella.

Dijo una vez William Shakespeare: “Nuestras dudas son traidoras. Y por ellas perdemos el bien que con frecuencia pudimos ganar, por miedo a intentarlo”. No puedo estar más de acuerdo. El miedo nos inmoviliza ante lo inesperado, por mucho que nos deslumbre, por mucho que nos atraiga, por mucho que lo anhelemos. Nos quedamos parados, no corremos riesgos. Quizás deberíamos evaluar si el quedarnos quietos nos trae algo positivo, o si, por el contrario, provocará que la oportunidad pase de largo y aquello que estaba ahí, un día desaparezca. Una persona, por ejemplo, puede ser nuestra madera. Admirados, solo la contemplamos. Nos imaginamos tallando, dándole forma, pero no vamos más allá. Una oportunidad en la vida puede ser nuestra madera. Entonces inconscientemente nos cuestionamos si en realidad la merecemos, así que la dejamos pasar. Un trabajo puede ser nuestra madera. Y en lugar de saltar al vacío, ponemos trabas con nuestra formación, experiencia o lo que sea, sin permitirnos averiguar si éramos aptos para ese puesto.

Cuando decidimos no actuar sobre la madera, parece que no estamos perdiendo, pero sí que lo hacemos. Perdemos la posibilidad de mejorar nuestra vida. Y sobre todo, perdemos tiempo. Porque mientras esperamos, el tiempo continúa, no regresa. No atiende a razones sobre si las circunstancias son propicias o no. El tiempo no funciona así. La vida es más corta de lo que desearíamos, y quizás la solución sea decidirse por el clavo o por el tornillo, aun siendo conscientes de que podemos fallar. Pero arriesgando, siendo valientes. De otro modo, nunca sabrás si esa oportunidad, ese trabajo, esa persona, estaba esperando por ti. Y nunca te sentirás un ser completo. Citando a Sartre: “El hombre no es la suma de lo que tiene, sino la totalidad de lo que todavía no tiene y podría tener”. Claro que no podremos llegar a ello dejando que el tiempo desgaste la madera, por no decidir si usar una herramienta u otra.

Para conseguir esa plenitud, crecer, alcanzar nuestros objetivos y deseos, tenemos que dar pasos. Hacerle caso de vez en cuando al instinto y jugar, ganes o pierdas. De modo que desde aquí, yo te invito, te propongo, te recomiendo  e incluso te incito a que cojas un instrumento; sea un martillo o un destornillador. Pero que trabajes la madera. Tal vez la rompas, por supuesto. Pero tal vez no.

Tal vez no…

Madera

Conversaciones pendientes

Hoy estaba pensando en las conversaciones. Las que tenemos, las que no tenemos, las que deberíamos tener. Y en la manera de tenerlas. En los formatos, por decirlo de algún modo. En cómo los mensajes de móvil sustituyen encuentros. Y en cómo estos mensajes no dicen todo lo que deseamos o en el tono en el que nos gustaría. Lo admito, yo los uso mucho. La sociedad nos ha conducido hasta el mundo de los emoticonos, sustituyendo risas de verdad, besos de verdad, sensaciones de verdad. Ocurre que tras este (no) contacto nos vamos dejando cosas por el camino del tiempo. Abrimos charlas que nunca cerramos por las prisas del día a día. Yo odio que me dejen a medias cuando estoy hablando de algo, por apurada que la otra persona esté. Aunque reconozco que también lo he hecho. Y no cuesta nada decir que en ese momento no puedes continuar de parloteo o que más tarde estarás disponible. En cualquier caso, lo realmente preocupante es dejar conversaciones pendientes. O mejor dicho, tener conversaciones pendientes.

Cuántas veces hemos retrocedido en el tiempo para volver a ese momento con alguien y decirle aquello que pensábamos, que sentíamos; todo eso que debimos dejar salir. Regresamos y creemos que de haberlo hecho, las cosas serían diferentes. Pero ya es tarde y por eso lo dejamos estar. ¿Y si aunque sea tarde, la tienes? Las que son posibles, digo. Esa conversación. Con ese familiar que estuvo allí cuando lo necesitaste. Con ese amigo con el que has perdido contacto por un malentendido que ya ni recuerdas. Con esa chica (o chico) que sabías especial pero nunca se lo hiciste saber. Yo tengo muchas conversaciones pendientes.

Habría que plantarse. Jamás podrás decirles a las personas que ya no están lo que significaron para ti. Esa gente que se ha ido, pero que dejaron tesoros en tu alma. ¿Hubiera estado bien, verdad? Pero lo que sí puedes es acabar con esas “llamadas perdidas”. Perdidas en el tiempo. Aquellas que pospones. Las que luego no haces. Nunca le manifestaste a esa profesora que fue una inspiración para ti. No has agradecido a tu gente todo lo que hicieron. Y no le cuentas a esa chica que no eres capaz de decirle lo que quieres decirle por miedo a perder también su forma actual. Vas dejando un reguero de palabras enfiladas en tu garganta que no salen nunca, provocando un atasco de sentimientos que deberían ser compartidos. Sigues teniendo conversaciones pendientes. ¿Por qué? ¿Y si llamas a ese amigo con el que un día te enfadaste para tomar un café y le dices que ya no tiene importancia? Igual es el momento de sorprender a esa persona con la que tanto intercambias mensajes con una llamada. Tal vez si cruzas unas frases con tu vecino descubras que no es un gilipollas. Incluso puede ser que tengas una conversación pendiente con personas con las que departes casi cada noche de manera infinita.

Charla con tus padres, con tu pareja si la tienes, con tus abuelos, con tus primos, con tus tíos, con tus amigos… Habla con ella, o con él de una maldita vez. Dialoga incluso con tu mascota. Te lo agradecerán, y te vas a sentir mejor. No sé si mi posición es la más acertada, pero a mi parecer deberíamos recuperar la comunicación.  Hoy lo damos todo por supuesto y nos vale. Joder, nos hemos vuelto autómatas. Y nos perdemos una de las mejores cosas de la vida. Que la vida son momentos. Y son conversaciones.

También ésas que tenemos pendientes.

amigos-conversando

PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

ME GUSTA / NO ME GUSTA

Me gusta la gente que no se conforma. Quienes tienen una vida fácil, pero aspiran a tener otra mejor.

Me gusta la gente valiente. Aquellos que desean otro trabajo o luchan por un proyecto que les realice, a pesar de poder vivir siempre de lo mismo.

Me gusta la gente que quiere y se quiere. Son los que renuncian al confort de la rutina con una pareja que aporta costumbre en busca de alguien que les haga sentirse vivos, aun cuando existe el riesgo de quedarse solos.

Me gusta la gente que se arriesga. Esos que a pesar de que les digan que es imposible su objetivo, son constantes y luchadores, son tenaces y persiguen su sueño hasta que lo alcanzan.

Me gusta la gente comprometida. Los que te dan lo que tienen sin esperar nada a cambio, que se sienten bien haciendo que otros se sientan bien.

No me gustan los acomodados. Esos que no luchan porque piensan que no va a servir de nada.

No me gustan los cobardes. Individuos que se escudan en un salario fijo, que muchas veces no se corresponde a la labor que desempeñan, pero que prefieren no protestar porque tienen miedo.

No me gusta la gente que no se valora y no valora. Eligen acostarse cada noche con alguien que no les hace sentirse vivos, que ya no les inspira, pero con los que avanzan por inercia, con ese miedo a que no haya nadie esperando detrás.

No me gustan los que se dejan intimidar. Aquellos a los que si les dicen que no son capaces, ni siquiera se molestan en averiguarlo.

No me gustan los egoístas. Solo pensando en sí mismos, que avanzan sin mirar a su alrededor, porque su mundo es solo ellos.

ME GUSTAN LAS PERSONAS. NO ME GUSTAN LOS AUTÓMATAS.

(Julio 2013)

¡WELCOME!

No sé muy bien cómo se empieza algo como esto. En realidad, ni siquiera me manejo bien con las redes. Lo que algunos habréis visto por ahí publicado con mi nombre, no ha sido generalmente subido por mí. Yo normalmente solo escribo. Haya sido para blogs deportivos (lo más habitual), periódicos digitales, RTVang.com (donde creo que está lo mejor que he hecho) o alguna otra colaboración, mi cometido real ha sido el texto; que por otra parte, para mí es la esencia.

La cuestión es que a ratos me siento delante de la pantalla y empiezo a teclear. Sin más. Dejo que salgan mis pensamientos, porque quizás sea una forma de liberarme, de evadirme, de alcanzar la paz. Y escribo siempre lo que pienso en el instante. He ido amontonando un puñado de words apilados en varias carpetas. Y todos para mí. Yo creo que cuando uno escribe, debe hacerlo para sí mismo; y ya luego, si les gusta a los demás, pues mejor. Pero si a ti no te gusta lo que haces (y generalizo porque creo que es extrapolable a cualquier campo) difícilmente puede llegarle a los demás.

Una vez expuesto lo anterior, he creído que quizás todo no deba quedármelo para mí. Alguna persona ha tenido la oportunidad de leer alguno de esos textos y el Facebook ha sido testigo de algún arrebato de palabras encadenadas, de pensamientos amontonados. Y por lo que sea, han agradado.

No me preguntéis de qué voy a hablar. No lo sé. Pero saldrá de dentro. Puede que un día una cita provoque un pensamiento, que una charla desate una emoción, o que un sentimiento me desborde las costuras y deba salir para yo poder respirar. Empezaré alternando cosas que ya tengo desde hace algún tiempo guardadas y otras más recientes, con algunas que ya en su día salieron a la luz en redes sociales y recuperaré para la causa.

No quiero ser pesado y cansaros en la primera entrada. Simplemente darles la bienvenida y que será un placer que me acompañéis en este viaje.