Discordancia

Con el tiempo que avanza las palabras se pierden mientras los silencios se prolongan. Lo que no hace tanto era luz hoy son nubes. Tengo miedo de encontrarte apurando el andar si me ves llegar por el espejo retrovisor. Y por mi parte que todo ese vendaval que despiertas se esfume por alguna rendija que queda abierta en un rincón de mi pecho.

El amor que no puedo dar me deja vacío y me ciega el deseo. Voy a contracorriente cuando el mundo me aconseja olvidarte. Y me pregunto por qué no quiero que cicatrice la herida que me provocas. Si todo me indica que debo lanzarme al agua y nadar buscando tierra en otra parte, ¿por qué mi estúpida tozudez suelta el ancla cuando apareces en mi mente?

No debería pensarte tanto.

El milagro de tu acento, con el que desafinas maravillosamente cuando cantas si la noche da lugar a lo imprevisto, me invita a ser valiente en un universo de cobardes. Parado en el tiempo si me dedicas un escrito, miro al resto del mundo, que no sabe tanto de ti. La gente no sabe de ti… De los colores, de amaneceres, de risas en la memoria, de inspiración, de la vida.

Los días se convierten en semanas y éstas en meses. Tus ausencias aumentan. Entonces invito a mis recuerdos a hacerme daño y el deseo se muere. Quería dejarte estrellas en las gavetas y cartas debajo de la almohada. Y sin embargo me siento como un loco que no quiere querer ya más y necesita del mar para curar sus heridas. No quiero seguir insomne de ti. Ni de nadie.

No debí pensarte tanto.

Aunque no lo entiendas quiero olvidarme de tu alma, acabar para siempre y no estar aquí. Doblar la esquina y partir el amor. Partir, soltar amarras y volar. Quise caminar contigo y en los pocos paseos que imaginé te quedaste atrás, entretenida con cantos de sirena y todo aquello que te llamó más la atención que yo. Mi amistad no pudo crecer y mi corazón quedó pequeño.

Seguro no me entiendes. No sabes de mis adentros, de cómo siento y de profundidades. Perdóname si vi el cielo abierto en una frase tuya una mañana, si avisté el paraíso en tu alegría, si quise que fuese para siempre una vez. Lo siento, no contaba con contar contigo y luego no supe contar sin ti. Me equivoqué. Todo esto lo quise a tu lado, pero no era tuyo. En realidad es mío, y si acaso será de alguien que sí se atreva.

No debo pensarte más.

sas

 

Aceptar lo bueno

¿Sabéis? Hay personas que no saben aceptar lo bueno. Que cuando les ocurren cosas positivas no las asimilan como debieran y eso crea barreras en ellas mismas. En ocasiones son gente que está tan acostumbrada a lidiar con lo negativo y luchar hasta darle la vuelta, que las veces en las que de manera natural llega a su vida algo favorable siempre le busca el fallo, como si se tratase de un error en el envío de un paquete. ¿Dirección equivocada? ¿Destinatario incorrecto? ¿Mercancía cruzada? Lo que sea; se empeñan en que algo no debe ser y actúan de modo erróneo inconscientemente a veces, y provocado en otras ocasiones, creando situaciones contraproducentes que pueden llegar a causar daños colaterales. Y, si por alguna razón no existe error y les llega lo bueno, piensan que no les toca, que no debería ser para ellas y/o que no se lo merecen. De modo que no lo reconocen y crean un extraño conflicto consigo que acaba agotándoles mentalmente.

¿Se imaginan un mundo así? ¿En el que sin desearlo te niegues de esa manera situaciones o elementos deseables? Pues es algo que se da. De hecho, creo que en algún momento de nuestras vidas muchos de nosotros hemos pasado por algo parecido, nos hemos comportado de aquella manera. Cuando es absolutamente innecesario.

Le sugiero algo a toda esa gente: que desde hoy se propongan cambiar la tendencia, su receptividad con respecto a lo que llega. Igual que le dan la vuelta a lo negativo para hacerlo positivo. Desde ahora, si algo es bueno, pues lo es, y no necesariamente tiene que haber gato encerrado. Yo siempre intento convencer al resto del mundo de que existe gente buena porque sí, que pueden ocurrir cosas buenas porque sí y que la vida tal vez de depare sorpresas buenas porque sí. Y es que las cosas buenas a veces pasan y solo hay que aceptarlas. Seamos agradecidos, no tontos, ¿les parece?

Sonrisa

No sé muy bien por qué he escrito esto, y por qué lo comparto. No es el típico post al uso. Tal vez porque pueda pensar que quizás en determinados momentos me suceda lo mismo. Tal vez porque igual existe algo o alguien que ha sido una de esas cosas buenas a las que puse pegas. Tal vez porque sin quererlo hice daño (colateral) en alguna ocasión con mi actitud debido a este comportamiento. O tal vez porque sí y punto, que igual no tiene que existir motivo para todo.

No hay que cuestionar tanto y sí fluir más.

Tú huyes. Yo me escondo.

Parece que ya hubiera pasado demasiado tiempo desde que la foto de aquel niño ahogado nos partiera por la mitad a todos. Poco a poco el drama de los refugiados va pasando a segundo plano en un mundo que avanza siempre con las prisas de lo inmediato, que olvida rápido y aunque aparente preocuparse, se ocupa muy poco. La noticia deja de serlo cuando lo extraño se convierte en habitual, y lo aceptamos como parte de la vida sin pararnos a cuestionarnos su lógica. Pero siguen muriendo cada día personas que solo aspiran a poder prosperar. Creyentes o no, a ninguno nos parece atractivo el infierno y corremos en busca de las puertas del cielo en la tierra, que el otro ya se verá si existe.

La huida de los refugiados debería seguir en primera línea, continuar siendo actualidad. Porque continúa ocurriendo. Todos los días. A todas horas. En cualquier lugar. Y sigue doliendo. A mí me duele. No sé a ustedes, pero a mí me duele. Muchísimo. Duele dentro, ahí donde no llegas a curarte y te asfixias.

Imagina un mundo en el que la única manera de vivir sea desertando. Dejando todo atrás, dejando tu lugar atrás. Imagina familiares que mueren: hijos, hermanos, padres, abuelos… Amigos que mueren. Imagina que no conoces otra vida, que ésa es la que existía desde que llegaste. La única. Imagina que con un poco de suerte, puedes correr, marcharte. Repito, con suerte. Porque hay quien no puede escapar. Que esa es otra… Imagina que tú, que has conseguido salir, ves como tu propia especie, tus iguales, te cierran el paso, poniendo excusas de mierda que únicamente esconden sus pocas ganas de compartir lo que tienen.

Imagina…

¿Sabéis? Nadie elige donde nace. Que tú seas español, por poner un ejemplo, es una casualidad. Cuestión de azar. Si cualquiera de nosotros pudiera decidir, no sería en Siria, ni en Irak, ni Sudán del Sur, ni en Somalia, ni en Palestina… Pero es ahí donde algunos ven la luz. Porque les toca. Y no por ello son menos. Son congéneres. Personas que habitan un mismo planeta, Personas con menos fortuna. Sin fortuna. Que, igual que el resto, buscan un futuro. Un futuro que en la tierra de sus antepasados no existe. En ese lugar el futuro es pasado.

Pero solo te ponen pegas por escapar de tu pesadilla. Y es que ni siquiera estás persiguiendo tu sueño. Solo corres.

Yo me avergüenzo y maldigo a todos los que tienen coartada, los que se exculpan alegando que las condiciones económicas no son las mejores, en que no pueden decidir por sí mismos al estar sometidos a un conjunto de naciones que deben ponerse de acuerdo en cuántos humanos se pueden salvar (¿CUÁNTOS? ¿Se trata de eso, de dar cifras, de ser un número y esperar que te toque la lotería de la salvación?), o en cualquier otra estupidez que les valga. Cualquier vida vale más que toda la burocracia mundial.

No me valen los pretextos. No me vale el «primero los de aquí»; que joder, también los de aquí. Pero es que quizás se pueda con todo. Pero eso no se mira. Solo el «primero los de casa». Ahora, que llegan además los de fuera. Porque antes, cuando te cruzabas con los de casa, mirabas a otro lado. Asco de sociedad. Asco de gobernantes. Asco de actitud.

A Syrian refugee kisses his daughter as he walks through a rainstorm towards Greece's border with Macedonia, near the Greek village of Idomeni, September 10, 2015. Most of the people flooding into Europe are refugees fleeing violence and persecution in their home countries who have a legal right to seek asylum, the United Nations said on Tuesday. REUTERS/Yannis Behrakis - RTSFW6

Tenemos un problema muy serio. Un problema de conciencia. Y afecta a toda la humanidad. A la que precisamente le falta eso, humanidad.

Estoy harto de que no hagamos nada. De que nunca hagamos nada. Estoy harto de mí mismo.

Ir a medias, no ir

Hoy me dirijo a ti, que una noche bajaste las estrellas para ella y pintaste un mundo de colores lleno de senderos por los que caminar de la mano. Invertiste tu tiempo en ganarte su corazón y conseguiste que decidiese pasar su tiempo a tu lado. Te entregó su cuerpo y su mente, su alma y sus labios. Sí, hablo contigo, la misma persona que hacía piruetas con la imaginación para contrarrestar la falta de recursos, con quien esperaba ansioso sus mensajes o llamadas. Contigo, maldita sea, ese ser humano al que se le dibujaba una sonrisa en la cara al despertar y leer sus buenos días, ese individuo que sufría sus ausencias y deseaba una próxima vez colmada de oxígeno para sobrevivir dentro de una realidad asfixiante. Te hablo a ti, que temblabas al girar la esquina de esa calle en la que habíais quedado para tomar café.

Ya no recuerdas cómo veías amanecer cuando mirabas al fondo de sus ojos, te has olvidado del miedo a encontrarla y no saber si podrías controlar las ganas de acercarte a su boca, olvidaste la magia del roce de su piel. Luego, la primera vez que se quedó dormida en tus brazos, el olor de su pelo, la camisa arrugada de andar por casa en la mañana y el calor de su rostro en tu pecho. Después, todas las noches en vela hablando de nada y de todo, arreglando una vida en común o los problemas universales. Las miradas cómplices, las canciones que hablaban de ambos y el fuego escondido bajo las sábanas.

Ya no te acuerdas de todo eso, ahora no te la ganas cada día… Ya no te vale aquello, es solo rutina y la emoción se ha diluido, de modo que dispones buscar en otro lugar. Eso sí, sin abandonar tu trinchera.

¿Por qué te has acomodado? ¿Por qué tus esfuerzos se mudan a otra parte?

Y es que de pronto deseas más, y el tiempo no da para tanto. Así que decidiste una tarde no bregar a diario. Pensaste que ya estaba hecho y te habías ganado la eternidad. Sin entender que el infinito se inventa cada día, se pelea cada día, para que se valore asimismo cada día. Mientras, jugando en otros jardines en las noches de rocío porque de pronto la rutina te ha comido la ilusión. Te ves apostando en la ruleta rusa del amor convencido de que tú sí podrás ganar a la banca. Pero no sabes que quien cree poder ganar ante ella, se engaña a sí mismo. ¿Merece la pena? ¿De verdad?

Y entretanto, ella sigue mirando por ti. Aunque por suerte, otros la miran a ella.

Tal vez un día vuelvas a despertar y desees volver a centrar tus ganas y sea tarde. Cada minuto que no le dedicaste fue un minuto en el que corrías un riesgo. Un riesgo hermoso, por otra parte, que en condiciones normales te mantiene alerta. Es el riesgo de perder. Ése que te empuja a ser diferente al resto, una mejor persona, a buscar su risa entre las sombras. Pero con un poco de suerte, alguien la habrá descubierto como en su día lo hiciste tú, aunque sin descuidarla como sí te permitiste. Y se hará justicia. Precisamente por no haber sido justo. Por no hacerle saber que te guardarías algo, que no era un todo o nada, sino un veremos. O por no confesarle tu desencanto, si se trata de eso, cuando éste llegó sin avisar.

engaño

Amigo, cuando se va, se va con todo. Y si no es así, mejor no vayas. Es mejor esperar a estar preparado que, como hacen tantos, tomar una carta de la baraja que te permita una buena partida en lo que llega la mano ganadora. A mí nunca me gustaron los que pretenden ganar con trampas.

Si vas, ve con todo. Si vas, sé honrado. Y si no, no hagas que se la jueguen contigo.

Mis primeras palabras para ti

Hola chiquitina. No me conoces, no me has advertido. Pero yo a ti sí. Hace unos días, a través de la pantalla de un pequeño monitor. Aun no estás, pero en realidad, sí que estás. Y nos veremos pronto. Yo de nuevo a ti, y tú por primera vez a mí. No creo que te enteres de nada, ni que recuerdes mi cara, pero ya me encargaré yo de que sea habitual para ti. Porque resulta que vamos a estar unidos. Por un hilo invisible e irrompible a pesar de la distancia. Y es que no viviré todo lo cerca que quizás me gustaría, pero estaré todo lo cerca que sea necesario.

¿Sabes? Tus padres se han encargado de hacerme sentir importante. Y, aunque no soy de demostrar emociones, el shock aun me dura pasados los días. Pienso en ello y no puedo evitar sentirme afortunado. Tu padre y yo no nos conocimos hasta hace unos años. La manera te va a resultar extraña, aunque seguro que reirás cuando te la cuente. No crecimos juntos, no fuimos al mismo colegio ni instituto, y tampoco compartíamos vestuario en un equipo de fútbol. Ni siquiera sabíamos de la existencia del otro. Y es que era complicado, estando separados por un pedazo de océano. Lo que quiero decir es que no soy un amigo de su infancia, ni parte de su familia (a pesar de que tengamos ambos la sospecha de que nos separaron de pequeños, otra historia que algún día habrá que explicarte), lo que hace que le dé más valor a lo que significa la amistad que mantenemos. Y a tu madre la he visto apenas un puñado de veces. Eso sí, las justas para saber de qué pasta está hecha. Por todo ello, que hayan pensado en mí para la responsabilidad que tendré contigo es motivo de orgullo por mi parte. Intentaré estar siempre a la altura.

Dicho esto… Te voy a dirigir mis primeras palabras, si me lo permites.

Fíjate en tu entorno. Ése que empieza en tus progenitores. Son el mejor ejemplo que podrás tener. Y pídeles consejo cada vez que lo necesites. No habrá nadie en este mundo que quiera más lo mejor para ti que ellos dos. Ten esto presente siempre. No existirá una persona que pueda amarte más que ellos, que sufran más por ti que ellos, que deseen verte brillar más que ellos. De modo que cada vez que dudes, que sean tu primera opción para aclarar tus pensamientos. No temas que no te entiendan, porque ya habrán pasado por cualquier edad en la que te encuentres, y han vivido lo que tú. Además, difícilmente encontrarás mentes más abiertas que las suyas, créeme.

Respétate y hazte respetar. Eres única. Irrepetible, inigualable. Que nadie te haga sentir menos de lo que seas. Márcate objetivos. Piensa en grande. Aunque no alcances tus metas, el intentar llegar lejos será una gran recompensa. Puede que esto no tenga sentido cuando lo leas, pero lo comprenderás pasado el tiempo. Te lo prometo.

Conoce gente y dales la oportunidad de que te conozcan. Ríe, vive, aprende. Cada día, aprende. De eso se trata esto. De crecer. Incluso cuando empieces a menguar, sigue creciendo. Piensa en ti, pero no olvides que convives con otros seres humanos. Sé eso, humana. Una personita, con todo. No te dejes accesorios. Sé consciente de lo que te rodea. Entiende que eres afortunada. Mantén tu esencia y que nadie te la robe. No cambies por agradar, ya que gustarle a gente por ser como eres es lo más grande que te puede ocurrir.

Diviértete. No sufras sin sentido. Y que no se te quede nada por hacer. Volver atrás y pensar que te dejaste algo produce sensaciones nada recomendables. Equivócate. Eso también es vivir. Pero edúcate con tus errores. Si algo te hace daño, no lo repitas. Si un camino es inaccesible para llegar al fin que te has propuesto, toma otro para alcanzarlo.

Da amor. Y acéptalo cuando te lo entreguen. Llena tu corazón. Sé feliz.

No quiero alargarme, ni resultarte pesado así de primeras. Tendremos tiempo para ello en el futuro. Ya lo verás. Pero antes de despedirme, una última cosa: yo siempre estaré para cuando me necesites.

Columpio

Nos vemos pronto, Tindaya.

Maldita distancia necesaria

De cuando dos se entienden y valoran, pero crece el sentimiento por una de las partes, solo por una. Una historia que se repite a menudo, aquí y allá, con diferentes protagonistas.

Una mañana él se dio cuenta. Lo que le ocurría, lo que descubría, quería contárselo, enseñárselo a ella antes que a nadie. Tratarlo, hablarlo… Siempre brotaba en su mente cuando se sorprendía con cada nueva revelación, con cada hallazgo. Desde lo trascendental a lo más sencillo. Cualquier detalle sin importancia sabía que iba a ser de su agrado, pues tenían tantas cosas en común que incluso llegó a asombrarse por ello. El deseo de compartir le reveló entonces que en sus ideas ella brillaba con luz propia y brotaba por encima de cualquier fantasía. Él no sabe por qué le sorprendió, pues todo en esa mujer apuntaba directamente a la base de sus cimientos.

El cambio propició que de pronto, motivado porque la pensaba más de la cuenta, los días acabaran pareciéndose demasiado a su reflejo. Había caído irremediablemente en sus manos y quería vivir. En solo un instante aquella muchacha dejó de ser una más, a pesar de que ella ni se inmutara. Era como si no fuera consigo, como si se tratase de algo trivial. No parecía percatarse de que el mundo se había frenado en seco. De un modo inevitable, se convertiría para él en el estribillo de sus mejores ratos y de pronto comenzó a descontar los minutos que precedían su siguiente conversación. Presentía adivinar sus gestos en la distancia y casi creía poder respirar el mismo aire que ella.

Una utopía. Ella no quería compartir su oxígeno. No con él. O, al menos, no así. A pesar de que le reservara en su mente una fracción de su tiempo cada día… Puedo llegar a asegurar sin temor al error que le consideraba su amigo, incluso tal vez, no cualquier amigo. De manera que igualmente, a ella él le dolía, solo que distinto.

Tras poner las cartas sobre la mesa, perdió claramente la partida. Boca arriba la bajara y una jugada que no admitía ni siquiera un farol. Consecuentemente, él debió alejarse. No importan las maneras, o lo adecuado del momento. Se presentaba una herida cada vez más enconada que no cerraba, y por la que se le escapaba el sentido sin querer. Correspondía huir, porque después de cada rato compartido, el vacío posterior lo volvía todo gris. Intentando salir ileso, acabó recogiendo los escombros de lo que quedaba tras el huracán de su musa. Mientras ella intentaba conservar todo lo bueno que creó aquel extraño vínculo, a él le pesaban cada una de las frases que deseaba decirle y ya no podía. De modo que a sabiendas de que le haría daño con sus palabras, las usó como lanza para atravesar su entereza, para romper su insistencia, para minar su paciencia. Y es que no, no podía flotar con ella cerca, no de ese modo, pese a que la chica se ofreciese a tender su mano si se hundía. Aquellas alas no soportaban el peso de todo lo que él aglomeró en su pecho. Tuvo que partir, sin consenso, sin conformidad. Era la única manera de que el tiempo y el espacio hicieran su trabajo y reparasen esa grieta por la que se le escapaba el alma.

Enfado. Decepción. Dolor. Rabia. Impotencia. Tristeza.

Maldita distancia necesaria.

Irse

Él ahora es mudo, sordo, ciego. Es invisible. Queriendo Sabiendo (no) estar. A una distancia prudencial. La correcta, la adecuada. La debida para no volver a mostrarle sus adentros, a diseccionar de nuevo su corazón. Aunque la justa para, si algún día a ella le duele el entendimiento o necesita de sus remedios, poder llegar a su lado en tan solo un suspiro.

Y hoy… Hoy él simplemente anhela algo que ella ya sabe. Que más adelante ojalá vuelvan a ser amigos, a hablar cada día y cada noche, a contarse y aconsejarse. Ojalá vuelvan a saber cómo hacerse sentir mejor, a alegrarse las horas y reírse de nuevo. Ojalá adivinen que vuelven a provocar la sonrisa del otro en la distancia. Ojalá todo vuelva. Él vuelva y ella vuelva. Sin saber de qué manera. Pero que vuelvan. Y sobre todo, que estén de acuerdo en el modo.

Porque él la echa de menos cada día. Y puede que, a su manera, ella a él también.

La historia de ellos. La historia de tantos…

Amor, el propio

Lo siento. Me enfadan esas actitudes. Las de no saber quererse. Las de las personas que no ven más allá e insisten en lo mismo, todo el tiempo, de cualquier manera.

Me refiero a la gente anclada a “alguien especial”. Que no es malo… Salvo que para ese alguien tú no seas más que una carta de su baraja, más bien un entretenimiento pasajero, un rato de su tiempo. Hoy pienso en el caso de una chica que una amistad común me ha comentado. Es la situación de esa persona, pero es que también ha sido alguna vez la de todos. O, al menos, la de muchos. Pero solo la advertimos desde fuera. Y yo (también) he estado en ella…

Dos veces. Dos he creído que no había alguien igual en el mundo. La primera es comprensible, pues fue mi primer amor, y todos sabemos lo que es eso: descubrir cosas nuevas, vivir sensaciones hasta entonces desconocidas, desplegar las alas que no sabías que tenías… Todos tenemos un primer amor. Ése que normalmente no sale bien. La juventud, la inexperiencia, la inseguridad… Lo bueno de esta aventura es que, una vez pasado el tiempo, solemos sonreír cuando miramos hacia atrás, por la ternura que te inspira. La otra persona, y ese joven tú.

Luego está esa persona. La que aparece cuando ya has alcanzado cierta madurez. El amor de tu vida hasta que se demuestre lo contrario. Y a pesar de que las probabilidades de éxito son mayores, tampoco tiene por que acabar en triunfo. Ahí entran determinados factores a tener en cuenta. El más importante se llama reciprocidad. Me explico, porque aquí radica todo. Habitualmente hay alguien que, por decirlo de algún modo, toma las riendas de la relación. Marca un compás y la otra mitad camina a su lado. Cuando eso ocurre, genial, pero cuando no pueden pasar dos cosas: que uno se dé cuenta de que no marcha y decida parar o que estés cegado y sigas adelante. Éste es el caso que me pone de mal humor. El de la no reciprocidad.

Justificamos cualquier cosa y siempre disculpamos actitudes que para otros (generalmente nuestras amistades y/o familia) no son correctas. Inclusive dándonos cuenta, seguimos empeñados en que ésa es la persona adecuada, la que queremos, la que nos va a hacer felices. Aunque vivamos en nuestras propias carnes desencuentros, advirtiendo que no se nos da el lugar que nos corresponde, o el valor que tenemos. Eso sí, a la otra parte le interesa tenernos ahí, por eso de jugar con red. Y nosotros nos mantenemos en nuestros trece. “Ha sido mágico”, pensamos, sin tener en cuenta el tiempo verbal que usamos. Y se extiende en el tiempo, como un chicle que se puede estirar hasta el infinito sin que se rompa, creemos que vamos a hacerles cambiar de parecer y que las cosas volverán a ser como en ese momento puntual. ¿Y sabes? No. No lo va a ser porque ya ha dejado de ser natural; no lo va a ser porque el esfuerzo de uno será el que tienen que hacer dos; no lo va a ser, y si lo va a ser, será porque otras opciones (oh, sí, otras opciones, no nos escandalicemos, porque en el 90% de los casos es así y lo sabemos aún negándolo) no le han salido como esperaba.

Una vez escribí que mientras tú estás pendiente de alguien que a su vez lo está de otra persona, existe una tercera pendiente de ti. Solo que no vamos a tener la oportunidad de descubrir si merece la pena mientras tengamos en nuestra mente a ésa a la que idealizamos constantemente. Que yo tampoco creí, en su momento, que algo pudiera ser mejor (incluso igual) con otras personas que vinieron después de aquellas dos “grandes aventuras”. Y me equivocaba. Mucho. Muchísimo. Aunque durante mucho tiempo me costó verlo.

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Solo me queda decir que toda pasión empieza por uno mismo, que el amor propio debe ser el primero, de manera que quien camine luego contigo no lo haga adaptándose a ti o modificándose. No. Que sea porque de verdad te acepta, y no tiene una lista en la que eres la tercera, segunda o, poniéndonos en lo mejor, primera opción, sino que carezca de lista, y solo haya una opción para sí, que es la tuya, que eres tú. Está en tu mano insistirle a quien no te cuidó o abrirte y hacerte visible para quienes apuesten solo a una carta contigo. Sin ases en la manga ni trucos de trilero.

 

PD: este texto está incluido (ligeramente modificado) en el libro “Cartas a Destiempo”. Disponible, aquí: https://www.amazon.es/Cartas-destiempo-Jacobo-Correa/dp/8491601228

Renacimiento

Ésta es la historia de un muchacho que había olvidado sentir, pero que se curó sanando…

Se conocieron por casualidad. Aunque realmente no es así. Supieron de la existencia del otro, que no es lo mismo. Buena sintonía propiciada por intereses comunes crearon un vínculo de amistad fuera del círculo habitual de cada uno. Conversaciones distendidas que lograban evadirlos de la realidad y les daban un enfoque de la vida que no iba a ser parcial, pues no estarían condicionadas por intereses, ni viciadas por un mundo repetido hasta el infinito. Ratitos de escape, tiempo desocupado a rellenar. Ni más, ni menos.

Hasta que de pronto, un día él la vio sangrar. Reconoció sus heridas en ese espejo y en una noche de arrebato creó en papel virtual un apósito para ella, una venda para un alma que en aquel instante amagaba teñirse de gris. Y no, no esperaba nada a cambio.

Por entonces él había dejado su esencia a un lado, cambió su forma tiempo atrás. Recubrió su corazón con cemento y, aunque seguía pensando en los demás, comenzó a existir de otro modo. Sin arriesgarse, sin grietas, sin daños. Sus entrañas ya no eran cosa de nadie; terreno vedado para quien quisiera acercarse a comprobar si conservaba el pulso tras su piel. Más tranquilo, más seguro, más confiado… Menos vulnerable. Jamás expuesto.

Pero poniendo tiritas en interior ajeno, fue sonriendo a sus propias cicatrices. A medida que ella se sentía mejor, él llenaba su espíritu; y poco a poco, su armadura alumbraba fisuras por las que el brillo de esa otra persona penetraba, debilitando una coraza algo oxidada, que si bien le había defendido del daño foráneo, negaba el paso a pasiones potencialmente peligrosas para su cordura.

Una tarde, ella intuitivamente le preguntó directamente si quería hacerle saber algo más, y su evasiva fue tan sorprendente para sí mismo como la certeza de que todo había cambiado. No quería, claro que no. Pero una cosa es querer y otra despertar. Aseguró que no, impulsado por ese ánimo de sobreprotección forjado a la fuerza día tras día. Pero pensó que sí, queriendo saltar al vacío. En ese momento entendió que aquella madrugada, tras esas líneas trazadas de remiendos, él comenzó a modificar su interior. Y en el momento actual, hubiera deseado cambiarse por ella, pasar por todo aquello con tal de mitigar el dolor que la tuvo presa. Recuperándola, ella sin pretenderlo también lo había rescatado a él, poniendo otra vez en marcha el motor de sus aspiraciones.

De repente, él volvía a respirar

Hoy las aguas han vuelto a su curso, él la observa desde la distancia por si ella precisa de su presencia. Le prometió un día que no la dejaría caer, y así será, para siempre. En el fondo, le alegra que no lo reclame, pese a que sin su figura le faltan cosas y los espacios reservados a deshoras ahora queden huecos. Porque sabe que esas alas rotas han vuelto a brotar. Y no ambicionaría otra cosa que saberla riendo, de nuevo inhalando a todo pulmón, comiéndose el mundo como siempre hizo, con actitud guerrera.

Él, por su parte, sabe que vuelve a estar preparado. Que su pasión no había desaparecido. Simplemente estaba dormida, esperando el rescate de quien de verdad valiese la pena. Y, aunque tal vez ella haya pasado, consiguió que renaciera. Es algo que él nunca olvidará. Y es que ha vuelto a la vida.

Y vivir es increíble.

Cima

Ojalá más amor incondicional

«Podemos juzgar el corazón de un hombre según trata a los animales». Inmanuel Kant.

Dos meses. Una pata rota. A su suerte en la puerta de una clínica veterinaria. Seguramente abandonado por no ser un perro de raza. Arreglar una fractura conlleva un gasto, y la persona que le dio la espalda tendría otras prioridades en ese momento. Aunque pueda no parecerlo, éste es el comienzo de una historia de amor verdadero…

Hoy ella juega con él en la cama, donde lleva retozando varias horas. Una mano traviesa se esconde debajo de las sábanas y llama la atención de ese revoltoso que cumplirá pronto nueve años, todo un señor. Mueve la cola mientras trata de adivinar el próximo movimiento, con la desventaja de no saber por dónde asomará esa presa ficticia que trata de capturar. Al fin, ella le muestra la palma, y tras recibir una suave mordida, gime fingiendo un dolor que más bien le da risa. Él suelta, y tras una breve mirada, acaricia con su lengua los dedos de su amiga. Amor. Amor de verdad. Amor incondicional.

Han pasado ya muchos inviernos. Una joven descubre que hay otro animal desamparado. No es el primero, ni será el último. Días atrás el timbre del veterinario de su pueblo había sonado, y en la entrada se encontraba él: pequeño cachorrito blanco de orejas negras y mirada auténtica. Ella planea una visita para aliviar el dolor de ambos. No soporta saber del sufrimiento animal y entiende que él agradecerá unas caricias sinceras. Flechazo. A casa juntos, su hogar definitivo. La mejor decisión de su vida. El mejor momento de la vida de ambos.

Golfillo

Un muchacho con suerte. Una chica afortunada. La historia de un amor inmortal.

Mientras, en el mismo mundo, a diario leemos noticias tristes. El pan de cada día en una sociedad enferma. Absuelto un hombre que castigaba a su mascota echándole sal en los ojos, una perrita encerrada en un coche a más de 40 grados, un cachorro lanzado desde un segundo piso, animales muriendo asfixiados en centros comerciales, en tiendas donde olvidan que ellos también beben y necesitan que el calor recibido no sea precisamente el provocado por la falta de aire, el de una nula ventilación. Estamos en verano, época favorita del año. Vacaciones en familia. Solo que algunos no entienden que ellos también son familia. Abandonos, y albergues al límite de su capacidad, desbordados, superados. Tristeza en las calles. Dolor en un asfalto caliente de día y lúgubre por las noches.

Lo siento. No entiendo a las personas que quieren a un perro de determinadas características, despreciando a aquellos que no llevan pedigrí en su ADN. Al igual que nosotros, debajo todos ellos comparten lo mismo. Asiático, caucásico, negro o albino: todos con un corazón y dos pulmones, sangre roja y un cerebro, ojos para ver, oídos para escuchar, tacto para sentir. Del mismo modo, tras esos pelos más o menos desordenados, los suyos, hay tanto cariño que no sé a ciencia cierta cómo les cabe dentro. Quien no ha tenido nunca una mascota, no conoce el amor de verdad.

Dos realidades. La historia de un can venturoso, las historias de tantos desvalidos. Yo sé cuál prefiero, cuál pretendo…

Ojalá cada día fuese como aquel de 2006. En el que aquella joven conoció a quien más alegrías le proporciona y más seguridad le trasmite. Ojalá cada ser humano pudiera sorprenderse una y otra vez, como le ocurre a ella, con ese sexto sentido animal que adivina estados de ánimos y actúa en consecuencia. Ojalá más recibimientos desbordados, más besos espontáneos, más mimos sinceros. Ojalá más personas como ella, y más fortunas como la de ese pequeño desamparado.

SeñorGolfo

Ojalá más humanidad. De esa en la que nos aventajan ellos. Ojalá más amor. Del que son unos maestros. Y menos mirar para otro lado. Ojalá más responsabilidad.

«La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados». Gandhi.

Comportamientos aprendidos

¿En el trabajo la gente hace las cosas de la manera correcta porque es la propia o porque les están supervisando? A veces se trata de lo que proyectemos a la otra persona implicada. En este caso, a un responsable, a alguien que está por encima en la empresa en cuestión. Y es que casi siempre, cuando hacemos algo, esperamos respuesta de otro implicado: aprobación, consentimiento, atención, afecto… Se trata de provocar un sentimiento, una reacción. En el trabajo y en la vida. Un niño llora porque quiere comer, más adelante por obtener algo y luego aprenden que con determinados comportamientos conseguirán lo que desean. La cuestión es hasta cuándo un ser humano puede mantener esa actitud.

Queda más o menos claro, que de un modo u otro que todo tiene relación y que la postura que alguien tenga repercute en un segundo actor. Una acción conllevará una reacción. No hay más. Así de simple. Hacer algo esperando una respuesta por parte de otro.

Partiendo de lo expuesto, creo que absolutamente todos en algún momento de nuestra vida hemos sido egoístas, poniéndonos por delante del resto para conseguir lo que hemos deseado. Es algo innato en el ser humano. Hacer lo que hay que hacer para lograr un objetivo. El asunto es que tal vez no sea un juego limpio. No cuando una forma de actuar implica condicionar la vida de otro sujeto. No cuando entramos en el terreno de la manipulación.

Algunos individuos reconocen que ciertas conductas harán que puedan lograr de otros lo que desean. Consideran que todo vale si logran su fin. No piensan en que implican a otra parte solo porque quieren algo. Yo lo llamo egoísmo social. Y engaño. Engaño propio, sí. Pero sobre todo engaño emocional. Como cuando somos pequeños, asimilamos que determinadas maniobras provocarán en el receptor una acción que es la que deseamos. Pero siendo mayores y con cosas más serias en juego… ¿Es también la que ellos desearían? Eso ni se plantea. Tampoco importa si se le roba la energía a quien sufre este trato, que poco a poco vayan minando su paciencia o que anulen su persona. ¿Para qué? Si ellos están logrando lo que deseaban…

Me canso de ver personas vinculadas a otras porque estas últimas saben lo que tienen que hacer, qué tecla tocar. Saben hasta dónde pueden tensar la cuerda, llegando siempre a un punto límite pero sin que llegue a romperse. Así no hay desapego, y una especie de nudo invisible priva de la libertad a quienes, condicionados por ciertos actos, sienten que deben mantenerse ahí, que tienen que permanecer ahí. Y casi nunca lo merecen.

Hacerlo es rastrero. Sufrirlo un sinvivir. Distinguirlo desde fuera, desasosegante. Todos hemos estado en alguna de estas situaciones. O en dos. Incluso puede que en las tres. La idea es reconocerlo lo antes posible. Te encuentres en la posición que sea. Y pararlo.

Careta

Igual la clave sea tratar de ser íntegro. Tratar de hacer lo justo. Sin pensar en el propio beneficio, sino en lo correcto. Nos iría mejor a todos. Le iría mejor a los demás.